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Reconocen a Antonio Molina con premio JPD Comerciante
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| El comerciante de farmacia Antonio Molina (centro) recibe el reconocimiento de manos del presidente de la FDC, Ing. Iván García. |
La Federación Dominicana de Comerciantes (FDC) rindió homenaje al destacado munícipe francomacomacorisano, don Antonio Molina Romero, en reconocimiento a su labor de comerciante en la rama de Farmacia. A continuación su semblanza biográfica.
Nació el 18 de noviembre de 1937, en el paraje El Aguacate, sección Las Guázumas del Municipio de San Francisco de Macoreis, provincia Duarte, hijo de don Pedro Francisco Molina Ureña y doña María Romero Grullón.
Vinculado al comercio desde muy temprana edad (12) años, recuerda aún con emoción y orgullo, su primer trabajo como empleado de la Farmacia Santa Ana, donde le asignaron la función de lavar botellas, con un sueldo mensual de $6.00 (seis pesos).
Alternando trabajo y estudios nocturnos, bajo la tutela del profesor Eugenio Cruz Almánzar (don Genguito), la profesora Vicenta Lamur y doña Aurora Burrel viuda González, fundadora del Instituto Nacional Mercantil, por sus notas sobresalientes es llamado a trabajar en la Colecturía de Rentas Internas como auxiliar.
En poco tiempo transita la escalera jerárquica de la institución y percibe que no hay más techo para crecer: por cuanto renuncia y emigra a la ciudad de Brooklin, en el estado de New York en el año 1962.
Allí recorre restaurantes y factoreias, tiendas y supermercados, agotando largas jornadas de trabajo.
Así logra ingresar como operador de máquinas IBM para la compañía Impressión Incorporated, y pronto asume el puesto de Supervisor del Departamento Direct Mail Advertinsing (publicidad por correo directo) de dicha compañía, donde se desempeñó durante ocho años.
Luego pasa a formar parte del personal del Electronic Rent Collection del Chasse Manhattan Bank en su oficina principal del Chasse Manhattan Place, posición que ocupa durante 5 años y a la cual renuncia para dedicarse a su propio negocio de bodega.
En el ejercicio de esta actividad percibe las primeras señales de violencia e inseguridad física, que ya para esa época hacían sus asomos en la convlsa y complicada ciudad de New York, y así, en el año 1987, tremendamente abrumado por estos cambios sociales, con una enorme carga de nostalgia acumulada por la ausencia ininterrumpida de 24 años, con doña Eligia Taveras, su esposa, Amalia y Fabiola sus dos hijas de 7 y 9 años, y unos cuantos dólares en el bolsillo, decide regresar a su ciudad natal.
Allí, compra, organiza y relanza uno de los negocios más viejos de San Francisco de Macorís, la Farmacia La Altagracia.
Y así, como agotando un ciclo evolutivo que lo reubica justo en su punto de partida, se encuentra de nuevo inmerso en el mundo de las medicinas, pero esta vez, no ya, para lavar botellas, y recibir $6.00 como sueldo mensual.
Don Antonio cuenta como su mayor activo, el amor de su esposa y sus dos hijas, que hoy son exitosas profesionales del Derecho.
Ha compartido sus éxitos involucrándose en actividades sociales y de servicios a su comunidad.
Es miembro privilegiado del Club de Leones San Francisco Cenral, del cual ha sido su presidente y miembro de su junta directiva en varias oportunidades.
También es miembro de la Asociación de Dueños de Farmacias, de la Asociación de Comerciantes Francomacorisanos (ASOCOFRAMA), miembro del Centro de la Cultura, del Club Esperanza, y del club El Mayorista.
Es miembro fundador del San Diego Campo Club y ha participado en su junta directiva en varias oportunidades, miembro de la Cámara Americana de Comercio.
Entre sus logros personales podemos citar:
La operación con éxito de su propio negocio de Farmacia.
Miembro fundador y accionista del Cenro Tecnológico Computarizado Molina, S. A., de San Francisco de Macorís.
Es socio inversionista de la Unión Comercial Consolidada (UCC) de Santo Domingo.
Actualmente disfruta una pensión que le merecieron sus años de trabajo como contribuyente al sistema de la Seguridad Social de Estados Unidos.
La lectura de esta breve semblanza nos deja una reflexión:
Que sí, se puede volar sobre el pantana sin dejarse contaminar por las aguas turbulentas de la corrupción y el vicio.
Que sí, se puede lograr metas reales sin dejarnos poseer por la fiebre del inmediatismo.
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