Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 438,
Edición 1
de abril del 2006, Rep. Dom.

Los Verdaderos amigos de Jesucristo

Por Ysócrates Peña Reyes

A todos los seres humanos nos llena de mucha fortaleza lograr tener un amigo a quien podamos tener la plena confianza de que al abrirle nuestro corazón para revelarle nuestra intimidad y nuestras penas, encontramos una persona fiel quien además de alegrarse de nuestra prosperidad y felicidad, también comparte nuestro dolor en la adversidad y nos sostiene en los momentos difíciles.

El más perfecto y confortable de todos los amigos que podemos tener para lograr dicho cometido lo es Jesús, quien además de amar a todos los hombres, y considerarlos como sus amigos, los llama a formal parte de sus amigos especiales, como nos lo mostró en la relación que tuvo con los apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, así como con los tres hermanos de Betanía, Lázaro, Marta y María.

Para ser realmente felices debemos proponernos lograr entrar en el círculo de los amigos de Jesucristo, a fin de construir una mejor sociedad y lograr después de nuestra estadía en este mundo tan frágil y convulsionado, entrar al de la vida eterna, reservado para todos aquellos que tomen el camino que nuestro Mesías y Redentor nos indicó al convertirse en el cordero de la redención de nuestros pecados por medio de su crucifixión.

La mejor de la respuesta para alcanzar esta meta la encontramos en el Evangelio, en que él nos expresa: "Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando”; por tanto, si queremos ser sus amigos y formal parte de su reino, debemos cumplir con lo que él nos ha pedido: Amarnos unos a otros, como él nos ha amado; rezar y vigilar, ser mansos y humildes de corazón, santos como el Todopoderoso es santo; Así como también, aprender a cargar con el yugo que él supo soportar por cada uno de nosotros.

Por ello es que para ser amigos de Jesús no es suficiente un amor de meros sentimientos o de simples emociones, hay que amarlo con un amor de entrega, de sacrificio, de fidelidad, en fin, con un amor hecho obras que nos conduzca hacia la santidad por medio de la fecunda práctica en nuestras familias y en nuestra comunidad del amor, la misericordia, la caridad y el perdón, como factores esenciales del crecimiento y la promoción humana de todos los que compartimos el espacio terrenal.

Si bien es cierto a que todos hay que amar por Jesús y a él hay que amarlo por sí mismo, porque sólo a Cristo debemos amor total por ser es el único amigo absolutamente bueno y confiable, también estamos obligados a asimilar y enseñar a los demás, que él no quiere amigos de conveniencia, sino amigos humildes, pacíficos, de almas puras y libres de ataduras, por ser estos lo que están cerca de su divino corazón.

Debemos proponernos ser sus reales amigos acogiéndonos a la invitación que él nos hace de vivir de acuerdo con su enseñanza, siendo dignos, íntegros, humildes y piadosos, por ser esta la fuerza moral que requerimos para impregnarnos de la alegría, la confianza y la sabiduría que necesitamos para que nuestras familias y nuestras comunidades sean el motor y la fuente esencial de la edificación de una nueva sociedad nacional y mundial, a fin de que vivamos en un entorno social donde prime la paz, el amor y la confraternidad.

El autor es es Director general Consejo Regional de Desarrollo, Inc., (CRD), Agente pastoral Diócesis San Francisco de Macorís, Politólogo y Abogado.

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