Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 441,
Edición 2
de mayo del 2006, Rep. Dom.

Gracias San Francisco de Macorís… y Adiós…

Yayo Rosario Galán

Al hilvanar estas últimas líneas, ya en el ocaso biológico de mi climaterio social, político y deportivo, después de permanecer en esta acogedora, inigualable y hospitalaria ciudad, durante el 57.53% de mi vida terrenal, ya que, desembarqué en ella el 27 de junio del año 1964, cazado por el amor de una de sus prendas más preciosas que fue la ida a destiempo de mi esposa Ana Teresa Rojas de Rosario, quien con su dulzura, amor e inteligencia pudo cazar esta bestia parlante, salvaje e indomable, que con el perdón de la inmodestia o auto-bombo, tuvo la enorme responsabilidad del tutelaje de los 6 hijos socialmente procreados por ambos durante mi paso por esta ciudad y que me sitúa en la lista de los personajes, que de acuerdo a mis profundas introspecciones, cree haber cumplido fielmente con sus genes de padre, esposo y ciudadano ejemplar.

Cuando un hombre se siente seguro de su conducta social y familiar, le da un bledo que otras personas descalificadas y antisociales ignoren el sacrificio, la entrega y la responsabilidad de su trayectoria, que pretendan juzgar alegremente esa conducta por cuestiones de celos, odios y envidias que forman tres de los cuatro monstruos del alma.

Como persona que, históricamente, a veces se mete en el terreno cabalístico de la superstición, he podido hilar lo siguiente: “Cumpliré 42 años residiendo en San Francisco de Macorís, 42 kilómetros separan a San Francisco de La Vega, ruta ésta que recorrí 5000 veces durante 14 años cuando visitaba mis progenitores aún con vida, 42 kilómetros es la ruta recorrida por Tucídides –el primer maratonista de la humanidad- cuando cubrió la distancia que existe entre los Montes Olimpo y el Ágata (antigua capital de Grecia) durante la Batalla del Maratón (272 A.C.), y 42 kilómetros son también la distancia que anualmente se recorre entre La Vega y Moca, ida y vuelta, plagiando así aquella histórica carrera ganada por José Coronado para emular las Olimpíadas Mundiales durante las batallas entre griegos y persas”.

Y como esta ciudad me acogió bajo su manto declarándome primero como hijo meritorio, luego hijo meritísimo, así como hijo adoptivo de Pimentel, Villa Riva, Arenoso, quiero dar testimonio de mi gratitud imperecedera por tan altas distinciones, ya que, dediqué en cuerpo y alma todos esos 42 años de servicios en forma desinteresada a esta provincia, especialmente a los más necesitados sin nunca pasarle factura o solicitarles recompensas materiales o económicas. Y también puedo dar testimonio de que nunca jamás recibí una llamada telefónica amenazante ni mucho menos una piedra ni a mi casa ni a mi vehículo, lo que habla elocuentemente de que “parece” que merecía el respeto y la admiración de todos los estratos sociales con los cuales compartí amigable y amorosamente…

Aunque me resulta casi imposible continuar y frenar estos testimonios, sí quiero agradecer reiteradamente que San Francisco de Macorís fue mi fragua, mi nido, mi albergue y mi fuente de inspiración, con los cientos de artículos tanto deportivos, históricos, sociales y culturales que hilvané y que publiqué en los diarios nacionales, del Cibao y locales, siendo éstos últimos los que gentilmente sirvieron de apertura para esas humildes inspiraciones poéticas, en versos y en prosas, que engalanaron mis inquietudes literarias.

Al despedirme de los miles de amigos con quienes compartí, sería injusto si no aprovechara la ocasión para perdonar y olvidar a aquellos que con saña y odio inexplicables me quisieron hacer daño, y a quienes hoy perdono, porque a todos ellos en vez de hacerles daño, les hice el bien cada vez que tocaron mi corazón con grandes precariedades y a todos complací con mi innata conducta y cultura de “dador alegre”, siempre protegido por Dios que ha sido mi abogado invicto.

Pero algo que llevaré indeleblemente en mis recuerdos y en mí zurcido corazón es la indescriptible experiencia vivida, primero porque en el mostrador de mi negocio conocí a esa laboriosa abeja que cuán alquimista, que convertía el polen en miel, quien fuera mi fallecida esposa Ana Teresa Rojas de Rosario, y que en esa misma esquina de la calle El Carmen esquina Salomé Ureña puso en práctica todos los días durante cincuenta años, un mes y dieciocho días, la famosa frase de la ingente poetisa chilena Gabriela Mistral cuando expresaba que: “La diplomacia es el arte que consiste en repartir el bizcocho y hacerle creer a cada comensal que se llevó la mayor parte”. Y esa diplomacia empírica la puse en práctica cuando expresaba a mis empleados que el cliente es la persona más importante, experiencia ésta que practiqué enfrentándome todos los días a borrachos, drogadictos, ladrones, pedigüeños, enfermos, deportistas, mentirosos, gentes desesperadas con sus graves enfermedades físicas y mentales, con grandes escaseces económicas, vivencias éstas que me graduaron Suma Cum Laude en la universidad de la vida y que en mis nuevos quehaceres trataré de escribir un libro antológico sobre esa gama de experiencias vividas y que constituyen una valiosa gama del quehacer con esos 18 millones de parroquianos que durante 50 años y 4 meses penetraron el altar de las lágrimas o Partenón de Atenas de la Era Moderna…

Asimismo, quiero manifestar en esta despedida, que sería injusto y hasta falto de ética, que no manifieste mi gratitud imperecedera a todos y cada uno de los miembros de la Asociación de Dueños de Farmacias Incorporada de esta ciudad, por el fino trato y la elegante distinción que siempre y sin dobleces, le dispensaron a mi querida Ana T, como miembro distinguida del único círculo social en el que ella participaba, ya que, como todos saben, el trabajo y la familia eran los únicos himnos entonados por ella con plena satisfacción, orgullo y alegría…

En otro artículo, fuera ya de esta frontera, trataré de recordar al centenar de amigos íntimos con quienes compartí de todos los estratos sociales, especialmente con filólogos, intelectuales, periodistas, cronistas deportivos y deportistas en general; y sobre todo, la memoria imborrable de las tertulias con Pabulo, Dr. Ariza, Quico Peguero, Toñito Espinal, David Kushner, el Sr. Fernando Rodríguez (padre de los Chicos Malos) y otros amigos que enumerarlos por ahora me resulta dificultoso y casi imposible de cuantificar…

Adiós… San Francisco de Macorís, muchas gracias por tu magnífica acogida y hospitalidad. En los 228 años de tu fundación, nadie ha querido y defendido este pueblo con el ardor, arrojo, coraje, riesgo, intrepidez y entusiasmo como lo hice yo, y creo firmemente estar totalmente en lo cierto, porque conozco perfectamente mis actos y mi conducta, mi sacrificio y mi abnegación por ti mi querido San Francisco de Macorís, San Francisco histórico, San Francisco de mis amores y de mis dolores…

Gracias… muchas gracias. Mientras viva te llevaré en mi corazón y en mi espíritu aún después de mi ocaso biológico.

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