Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 442,
Edición 1
de junio del 2006, Rep. Dom.

Muere Mi Vecindario

Por Yayo Rosario Galán

Se ha dicho hasta la saciedad, que el prójimo más próximo es el vecino, y que quien vive en permanente discordia con su vecino, es sencillamente un ser irracional, torpe y antisocial.

Decimos esto, porque cuando llega un desastre o una tragedia, como un fuego voraz, un ladrón, una enfermedad súbita, una muerte inesperada o no anunciada, el primero en hacer acto de presencia es el solidario vecino, que acude raudamente a socorrer a su vecino, que no es ni remotamente familiar suyo, ni los une ningún vínculo sanguíneo.

Hacemos estas explicaciones introductivas, porque como vivimos desde hace justamente 42 años en el sector comprendido entre los cuadrantes de las calles Castillo, El Carmen, Salcedo y La Cruz, donde en las últimas décadas han fallecido verdaderas montañas de moralidad, de hombres y mujeres que han escrito en el lienzo inextrujable de la posteridad agradecida o en el bronce inoxidable de la historia, sus ejecutorias como una estela luminosa de hechos imborrables que llenan de orgullo y satisfacción este ubérrimo sector geográfico de nuestra emergente región nordestana.

Entre esos hombres y mujeres que particularmente conocí, puedo citar con orgullo inenarrable y con profunda satisfacción sin guardar ningún tipo de cronología y lleno de emociones indescriptibles, ya que, jamás había conocido un grupo tan homogéneo y heterogéneo de vecinos, que integraban: A la prominente educadora Doña Tata Polanco, al servicial Dr. Rafael Paulino, al laborioso hombre de trabajo Don Teófilo Hidalgo, a su hija Carmen Hidalgo, y su yerno Daniel Morillo, Doña Papita Vda. Yangüela, a mi inolvidable esposa, Ana Teresa Rojas de Rosario (fallecida el 22 de mayo de 2003) y quien estuvo sentada en un escritorio durante la friolera de 50 años, 1 mes y 18 días, al Dr. Jaime Viñas, a Doña Escofia Taveras, a Ramón Rodríguez (Monquique), al Dr. Oais Lajam, a Don Hamlet Pichardo de la Mota y a su querida esposa Doña Thelma Araujo, a Don Pablo Pichardo, a Don Miguel de la Cruz, a Don Elías Hache, a Doña Irene de Mena, a Doña Argentina Glas y a su madre Ana Antonia Burgos, al Sr. Domingo Paulino, a Don Gregorio Mayí, a Don Pedro Ceballos y esposa María de Ceballos, a Aurora Espejo, a Nerys Balbí Mayí, a Pedro Brache, a Manuel María Rojas Glas (Quillío) mi suegro, al Dr. Efraín Fuertes Duarte, y a otros y otras que desgraciadamente olvido en estos momentos de grandes recuerdos y aflicciones.

Al evocar esta constelación de honorables personalidades, sólo nos queda el recuerdo imborrable de su amistad sincera y de su solidaridad como dignos vecinos, quienes siempre acudían prestos, cada vez que a alguien le llegaba una desgracia o un momento de grandes tribulaciones.

Al publicar estas notas llenas de nostalgia y remembranzas, quiero dejar sentada la experiencia vivida durante el primer medio siglo pasado, cuando nuestras humildes madres, pertenecientes a las clases baja y media, intercambiaban un plato de comida al mediodía al través de las ventanas o de los patios, sin mirar jamás la calidad o cantidad de esos alimentos, momentos éstos que significaban el apoyo, la amistad y la solidaridad entre nuestros vecinos, gestos éstos que se han perdido en la lontananza del tiempo.

Loor y recuerdo con esos nobles vecinos que cultivaban las tradicionales costumbres de otros tiempos y que llenaron de orgullo y satisfacción a nuestros antepasados.

Así mueren nuestros vecindarios, inexorablemente, como una procesión sin retorno…Así mueren nuestros vecindarios, como un negro crespón, triste y quejumbroso, y sin norte como una esperanza fallida.

Melancólico todo, todo triste,
en medio de la lóbrega quietud,
partió mi corazón cuando te fuiste,
cuando te fuiste solamente tú.

Hamlet Pichardo de la Mota

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