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Elecciones, lecciones y mensajes Por Dr. Luis J. Báez del Rosario (CDP) Siendo coherentes con la realidad, podemos decir que el proceso electoral congresual y municipal de mayo pasado, estuvo marcado por justas aprensiones y escepticismo de los ciudadanos del país, tanto en su organización o montaje, como en el desenlace final de los resultados. Y no era para menos, la actual Junta Central Electoral no ofrecía ninguna credibilidad, garantía, menos a los sufragantes nacionales, por actitudes algo confusas o extrañas, declaraciones un poco desaforadas e imprudentes de algunos integrantes del organismo comicial, que los autoincriminaba y arrojaba dudas sobre la imparcialidad y transparencia del proceso, y que eran las condiciones requeridas para un balance satisfactorio para los actores políticos participantes y propios electores. Sin embargo, por encima del estado de incredulidad a que habían dado pie determinados jueces y precedentes electorales estimagtizados por el fraude, presiones e intimidaciones para arrebatar victorias limpias sin el menor ápice de escrúpulos, los ciudadanos se impusieron por conciencia el deber de votar en las recién pasadas elecciones, lo decidieron y así lo hicieron. Los dominicanos votaron mayoritariamente para establecer diferencias entre los candidatos activamente beligerantes en el proceso, por tener una más legítima y sana representación en el Congreso y los Municipios, y para castigar cívicamente con un voto militante y consciente a las manzanas podridas de la politiquería, para descalificarlas y radiarlas definitivamente de su nefasta presencia en la vida política de los pueblos y la nación como componente integrador, porque tuvieron la oportunidad de servir y bien representar a sus respectivas comunidades, y no lo hicieron, por eso tienen que rumiar en silencio sus derrotas, porque en una cosa debemos estar todos conscientes, el pueblo, el país, la sociedad, en términos globales, perdonen quizás la crudeza de los calificativos, no pueden serguir siendo víctimas de fariseos, especuladores de dignidades y conciencias, manipuladores y apóstatas, de especies mal nacidas, bastardos enganchados a políticos, abortos sociales que perecieron en el pantano del derrotismo por sus incosecuencias, inmundas debilidades y errores que no podían tener peor costo a la rendición de cuentas por sus actos. El pueblo votó, y con su participación despejó la percepción de muchos sectores de que la abstención superaría los niveles porcentuales de retroactivos certámenes, reduciéndose apenas un 40% de abstención, y demostrando además su adultez cívica y política, fe y vocación democrática por el fortalecimiento institucional y un destino signado por la modernidad del Estado Dominicano y el desarrollo de la sociedad mediante un amplio abanico de prioridades y oportunidades reales, sin privilegios sociales. De ahí la importancia y experiencia de este último proceso electoral, el cual, sin dudas, dio señales y lecciones muy explícitas sobre el comportamiento político de los electores, de los ciudadanos, ante aquellos partidos y políticos que han traicionado la confianza en una correcta representatividad y acciones públicas ante prioridades puntuales, problemas fundamentales de la sociedad dominicana que urgen soluciones pragmáticas, posibles y concretas. Deben los derrotados en esa consulta popular, generada por la espontaneidad y el deber, aceptar la derrota con dignidad y gallardía, pero también con humildad reconocer sus errores, y en vez de presentar al país querellas en contradicción con la razón, exponerse internamente a la autocrítica, revisarse a sí mismos, buscar con honestidad donde radicaron las fallas y debilidades que dieron origen al error, tratar de enmendarlos, si hay la buena intención de hacerlo, dar otro rumbo a la dirección política, y si no tienen la voluntad y capacidad rectificante, sencillamente dimitir la cúpula y dar paso democráticamente a una generación de dirigentes que sean capaces de revertir la secuela de la derrota, efectos aún frescos y traumáticos estructural u orgánicamente, a fin de evitar la profundización del deterioro crucial que produjera el descontento, como reacción natural, la inercia de unos, fuga o transferencia de muchos hacia otros litorales políticos, situación, por el momento, difícil, quizás no imposible, depende del curso de los acontecimientos, advenimiento de los grupos contrapuestos internamente y manejo prudente de las circunstancias, de lo contrario sería pólvora en garza los intentos de recomposición. De esta prueba de gladiadores en la arena política, el único vencedor, mayoritariamente, fue el Partido de la Liberación Dominicana y Aliados, principalmente el doctor Leonel Fernández Reyna, presidente del PLD y de la República, a quien el pueblo dominicano con su desbordante alud de votos dio un resuelto apoyo que se traduce en reconocimiento a su innegable y sólido liderazgo político, el cual a nuestro juicio, en honor a la percepción de la realidad, tiene el camino expedito a la continuidad en el poder. Más ocurre, y así deben asimilarlo los dirigentes del Partido de la Liberación Dominicana, cúpula, organismo medios y bases, que su victoria y derrota de las alianzas que disputaron posiciones en el Congreso y los Ayuntamientos, son enseñanzas, mensajes que comprometen la responsabilidad de hacer las cosas bien, de servir a sus comunidades y nación como instrumentos de cambios a fondo en el Estado, instituciones y la sociedad, y que esta última estará vigilante de sus actuaciones y decisiones, y que de frustrar sus expectativas, tal como hicieron los predecedores, podrían tener la misma respuesta cívica de mayo 2006, adversos resultados, por lo que es la única y mejor oportunidad que tendrán nuestros legisladores y ediles de reivindicar con hechos los errores y fracasos de los que lo hicieron mal, traicionando la fe y esperanza de los dominicanos.
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