Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 455,
Edición 2 de diciembre del 2006, Rep. Dom.

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Del Estado Anómico a la Quinta República

General (R) José Miguel Soto Jiménez
General (R) José Miguel Soto Jiménez

El general del Ejército Nacional en retiro licenciado José Miguel Soto Jiménez estuvo de visita en esta ciudad de San Francisco de Macorís para dictar una conferencia titulada Del Estado Anómico a la V República. La disertación tuvo lugar el domingo 17 de diciembre a partir de las 10 de la mañana en el hotel Las Caobas. La coordinación y promoción de esta actividad la realizó la alta dirigencia del Partido Humanista Dominicano (PHD) encabezada por su presidente licenciado Eléxido Paula. Posteriormente un reportero de EL JAYA solicitó sus impresiones acerca del público asistente a la conferencia a lo que Soto Jiménez respondió: “excelente, no sólo numeroso, sino también de calidad y representativo de sectores que podríamos llamar activos y emblemáticos de San Francisco de Macorís.

Señoras y Señores:

El pueblo dominicano, a todo lo largo de su historia, ha tenido que vencer grandes dificultades, que se repiten regularmente, como si la suerte de su existencia fuera el conflicto. Como si el hado que ha conducido sus pasos, tuviera una inclinación por los tropiezos, y las confrontaciones permanentes. Por eso, cuidadoso de exhibir una visión fatalista, aclaro que, más allá de las percepciones que desencadenen mis palabras, yo no he venido aquí, para agotar su paciencia, con la enumeración de nuestros problemas. Introduzco estas anotaciones, con una expresión de fe en los destinos nacionales, ya que la dominicanidad, caída tantas veces en la vorágine, por las agresiones de las potencias y el despropósito de algunos dominicanos, ha sabido siempre levantarse, para permanecer siendo lo que somos, venciendo la adversidad, en medio de la pobreza.

Eso quiere decir, que hemos subsistido como pueblo, en contra de las apuestas de la lógica, haciendo de “tripas corazón”, cuando se desborda nuestra tolerancia, cansados de posponer ese milagro que esperamos, sin mucho apuro, entreteniendo el hambre, y la desgracia con “cuentos de camino”. No, porque aceptamos por cultura cualquier cosa, sino porque nos actostumbramos a no estar bien, a embullarnos con disparates, a patalear con la soga al cuello. No nos gusta prevenir. Somos adictos a las sorpresas. Somos un pueblo valiente y resistente, pero somos demasiado tolerantes; el rosario de dificultades que hemos afrontado, ha arraigado en nosotros esa mala costumbre. Tenemos el “cuero duro”, por el sufrimiento secular. En el fondo, creemos en las posibilidades de nuestras miserias, nos “embullamos” con “cualquier cosita” y hemos hecho de la “casualidad, la chepa y el milagro”, una forma heroica de susbsistencia.

Por eso, la introducción, más que tónico para afrontar el tema, es invocación a nuestra voluntad, para convencernos de que nuestros problemas tienen solución. Yo no creo que la enumeración de nuestros dilemas, le haga algún favor al ejercicio político. En nada contribuye decirle a la gente, lo que está padeciendo en carne propia. Creo que el mero hecho de tratar de sacarle algún beneficio al dolor y la desesperación de la población, es un irrespeto imperdonable. Tampoco pretendemos, que se calle ante los desmanes, o se guarde silencio ante desafueros e inconductas. El deber del político, al margen del artificio de la demagogia, es ofrecerles a las grandes mayorías, opciones para solucionar sus penurias. La desgracia del actual sistema político, es que la falta de ideologías y el hedonismo creciente, lo han despojado de la posibilidad de la creación de ideas, y le han puesto precio a la actividad, a manera de mercado vergozante.

Para plantear soluciones, hay que identificar sus causas, para atacar el mal, no solo por aquello de que hay que tomar el “toro por los cuernos”, sino para hacerle honor a aquella sentencia latina, de “felices aquellos que conocen las causas de las cosas”, porque solo conociéndolas, se puede orientar y guiar, para servir, que es uno de los deberes principales de los políticos. Los “líderes” criollos, parecen seguir un especie de guión mediocre, donde solo las poses, el “foto show”, el discurso aprendido, la palabra vacía y los estereotipos, son importantes para dirigentes que no dirigen, conductores que no conducen, orientadores desorientados, timoneles timoneados por sus ambiciones. Por eso, hay ese compromiso con el disparate, esa inclinación de “dar palos a ciegas”, poniéndose a inventar “pendejadas”, para sacarle provecho al desastre.

De ahí, que quiera atreverme a exponerles a ustedes mi tesis, sobre la debilidad del Estado y sus consecuencias en el tránsito hacia lo que se cataloga como un “Estado Anómico”.

Hoy la nación vive ciertamente, una de esas crisis de las tantas que han amenazado con llevarnos al colapso. Si bien esta, es parecida a otras que hemos sufrido, guarda peligrosas peculiaridades, que exigen de nosotros, una postura decidida para enfrentarla. Porque a diferencia de otras, la crisis amenaza al elemento que hizo posible en el pasado el milagro de la nacionalidad. Porque “la Nación es un plebiscito cotidiano”, y la fuerza de cohesión que hace posible esa consulta diaria, son esas creencias comunes que nos mantienen unidos. Son precisamente, esas creencias, las que en este momento están en peligro, agredidas por las corrientes neoliberales, la parte envenenada de la mundialización, la corrupción, el narcotráfico, el hedonismo, y la debilidad del Estado en todos sus aspectos. No solo en su papel de dirección, concertación, conciliación, o arbitraje, sino en la obligatoriedad de ser un referente moral indispensable, para organizar la vida en sociedad, proporcionar seguridad a los ciudadanos, cumplir y hacer cumplir las leyes vigentes.

El problema actual es, que el Estado no cumple con su papel, por su debilidad estructural. El Estado está débil, está fallido, está “fuñido”, y ha llegado a esta situación, no de manera fortuita, sino porque ha sido llevado a esto, en la medida que se han menguado sus atributos. El Estado está sitiado, no puede defenderse, ni mucho menos defendernos. En virtud de ello, estamos observando con alarma los indicios de lo que se llama, “Estado Anómico”, en medio de una “sociedad anómica”, plagada de instituciones y organizaciones anómicas.

La situación sugiere, inestabilidad política, conflictos, pugnas de intereses, choques de sectores, altos índices de violencia y delincuencia, miseria creciente, un desacuerdo grave en la sociedad, que denuncia la anomia, que no es otra cosa que la ruptura de las normas sociales. Lo que la palabra significa, es ausencia de normas, porque el Estado débil, no las cumple ni las hace cumplir. El término alude a la ausencia de un orden normativo sólido, creíble y eficaz, que debe ser compartido por la mayoría de los miembros de la sociedad. Esta situación, nos habla de la incapacidad de la estructura social de proveer a los individuos de oportunidades razonables. En ese mismo sentido, la anomia, que es un desacuerdo fundamental de la sociedad, supone, lo que aquí está “a la orden del día”, una tremenda desorganización moral y carencia de justicia, porque no hay orden normativo, con la suficiente autoridad para sentar confianza, creando las condiciones para que el interés particular se vincule con el interés general.

Eso hace que el individuo no se sienta parte del conglomerado. Donde no hay “orden normativo”, compartido por la mayoría de los componentes de la sociedad, la anomia se expresa como “desorganización moral”. La falta de estos valores, produce la “desinstitucionalización” de los medios, lo que impide alcanzar en buena lid cualquier meta deseada. Es una lucha feroz y depredadora, una suerte de “sálvese quien pueda”, y de “todos contra todos”. Hay una disociación entre los objetivos comunes de la sociedad y el acceso de los sectores a los medios necesarios. Para explicar el desencaje moral, evidente en la sociedad, pensamos que: “Nuestra fe se ha quebrantado, la tradición ha perdido parte de su imperio, el juicio individual se ha emancipado del juicio colectivo. El particularismo, el ventajismo, la insolidaridad, han ganado la partida”.

Considero simplistas los razonamientos de los que quieren ver la crisis, sólo desde el punto de vista económico, restándole comprensión al problema. Los neoliberales quieren que lo veamos solo así, para justificar sus fórmulas, sin reparar que al orden económico, injusto para las mayorías, a la pobreza creciente, hay que sumarle la precariedad del orden institucional, el escepticismo, la polarización, la ineptitud política y una desconfianza que hace que todas las instituciones y organizaciones, estén bajo sospecha.

Hay una especie de resignación, una percepción perniciosa y arraigada, de que la sociedad está guiada por la corrupción, de que todo está perdido, de que no vale la pena ningún esfuerzo. Es típico de la anomia: el conformismo, el ritualismo, la apatía y el desencanto. De ahí, que la anomia suponga, esa crisis moral de la que hablamos. La ausencia de la regulación, codificada en las normas sociales, hace obsoleta la opción de la solidaridad institucional y de la solidaridad social.

Desaparece el orden normativo, no hay incentivos, no hay igualdad de oportunidades. El desbarajuste de las instituciones, su incapacidad demostrada, la desconfianza de la población hacia sus élites, denuncia el mal que nos arropa, donde naufraga el orden jurídico, porque los propios partidos en eterna rebatiña, contribuyen al descrédito del sistema democrático. Por ello, el discurso político no sirve, más allá de propiciar el descrédito de los gobiernos. La desconfianza, más que un síntoma de anomia, es ingrediente de la crisis moral, que la produce y la reproduce en todos los sectores de la vida nacional. El Estado no actúa como tal, carece de autoridad y eficacia para su función de ordenar la vida social. Es por eso, que tenemos un sistema de salud anómico, un sistema educativo anómico, una economía de mercado anómica, partidos anómicos y políticos anómicos.

La situación es disolutoria, porque atenta contra la cohesión nacional, porque el orden social se mantiene, mientras haya un fundamento común, un sistema de creencias compartidas por las mayorías. En la República Dominicana, esas creencias están en crisis y, por lo tanto, hay una pérdida también de identidad común. Hay un desfase, un desajuste, una profunda brecha entre el orden formal y el orden informal, que guía las prácticas cotidianas, estructurando una especie de doble moral. Lo que estoy diciendo es, que existe un orden alterno, otro camino, un atajo. La crisis de la debilidad del Estado Dominicano, que lo hace anómico, es una crisis estructural. Eso quiere decir, que el Estado, en vez de ser referente normativo eficaz, es una fuente de incertidumbre para la población.

Parte del problema radica en que, presa de una nostalgia autocrática, en la puerta del caos, algunos son capaces de añorar truculencias, y estar dispuestos a cambiar nuestra libertad por cierto grado de orden y seguridad, y esto es peligroso, aunque debemos decir que el Estado está más débil de lo que estamos dispuestos a aceptar. Que es incapaz de dar los servicios indispensables a la población, que todos tenemos cisternas, tinacos, latas y todo tipo de envases, porque no se nos da agua potable aunque la paguemos. Que tenemos plantas, inversores, lámparas, linternas, velas, jumeadoras, por la falta de energía. Que tenemos rejas, armas, serenos, guardianes, o andamos con cuatro ojos y tres resguardos, por la falta de seguridad. Que los hospitales, y las escuelas no funcionan bien. Que la Justicia no es creíble, ni el Congreso, ni la junta, ni el tránsito, ni nada de nada parece funcionar. Que antes jurábamos que éramos solo un puente del narcotráfico, y este maldito mal se ha metido de contrabando en nuestros barrios y nuestros campos. Que cada vez hay menos empleos y no existe ningún tipo de seguridad social. Los impuestos que pagamos, no se traducen en servicios. Estamos frente a un Estado incompetente, mal administrado, descreído de sí mismo, desposeído de su fuerza, para articular sus facultades. Un Estado que conspira contra sí mismo.

Un Estado subversivo, que interviene con frecuencia en la violación del orden jurídico, cuando se supone que debe ofrecer seguridad y certidumbre; proveer al ciudadano de un marco estable de reglas que sirvan para orientar y guiar en toda circunstancia. El desarrollo es imposible, sin un Estado de derecho eficaz, con autoridad, y reglas claras. Toda la actividad política gira en torno a cambiar los personajes y las figuras, para seguir en lo mismo, sin reparar “que la fiebre sí está en la sábana”, y que todos los que llegan se arropan con ella, bajo la sentencia del “quítate tú para ponerme yo”. Desesperados solo nos importa cambiar, salir del que está, salir de lisio, saltar al vacío, experimentar sin reflexionar. El ciudadano no sabe a qué atenerse, atrapado entre los poderes legítimos o los llamados poderes fácticos, cada vez más beligerantes y desafiantes.

Vivimos atrapados entre dos aguas, y como lo fáctico parece tener mayor fuerza que el Estado mismo, el orden social se está reproduciendo al margen de la legalidad. El hecho de que los gobiernos tengan que buscar fuera de sus propias instituciones, mediadores ajenos a su legitimidad, denuncia su postración. La debilidad institucional, obliga a que toda la sociedad funcione entre las dos aguas aludidas. Como decía de su país Colombia, el gran líder liberal Eleazar Gaitán, aquí existen dos países: “el país legal y el país real”, o como afirmaba el poeta Octavio Paz, refiriéndose a que en México existía una “Mentira Constitucional”. En esta situación, el estado de derecho, es una simple aspiración de las élites pensantes, y el aparato administrativo del Estado, funciona plagado de ineficiencia; esto se desborda al sector público, porque hay poco sentido de responsabilidad en los funcionarios del sector oficial, pero tampoco la hay de parte de la ciudadanía, y no se puede esperar que el orden institucional funcione, si no hay ciudadanos concientes de sus derechos y deberes.

La debilidad del Estado, se come la eficiencia y la buena intención de los gobiernos y sus Presidentes, y por lo tanto sin importar inteligencias, aciertos y carismas, la erosión de la gestión se come sus prestigios. De todas maneras, en la comprensión de la crisis, está cimentada la posibilidad de la regeneración nacional, partiendo de que existe el problema, como resultado del desmoronamiento de los vínculos tradicionales, y la carencia acentuada de creencias y aspiraciones compartidas, para hacerle frente a la agresión de las corrientes neoliberales y globalizadoras, que han creado instituciones modernas, incapaces de producir formas de vinculación orgánica compensatorias.

Se trata de que el nuevo liderazgo “emergente” de América, preconizador de la “antipolítica”, no ha podido recuperar la autoridad, no le ha dado contenido a la representación reclamada, ni ha podido establecer el orden. Lo que ha predominado en estos fenómenos, es un discurso político artificioso, cargado de música tecnocrática, atrapado entre una retórica justiciera y autoritaria, tonos de un individualismo académico, tan propio de la retórica neoliberal. El obstáculo para el cometido salvador, es la ilusión que domina el discurso político del nuevo milenio, de que la ilusión de un estado mínimo y el mercado global, bastan finalmente, como recursos de cohesión social. La anomia de hoy, tiene mucho de la frustración que produjo la ola democratizadora, después de pasada la “guerra fría”. La desconfianza, la crisis moral, está vinculada con el trauma, que se efectuó a raíz de la democratización y al hecho de que el nuevo estado de cosas, no le dio solución a los problemas de siempre.

La promesa de la democracia, ofertó un nuevo acuerdo social, que aseguraba participación, derechos civiles, repartición justa de las riquezas y legalidad. La transición, por ejemplo, en la República Dominicana, bajo esas mismas premisas, solo se concretó en un reparto de la autocracia trujillista, entre los poderes fácticos relegados y mantenidos a raya por esa recia dictadura neopatrimonialista, para pasar de un trujillismo personal, a un Trujillismo plural. Como ocurrió en toda América, el resultado es evidente: se pasó del “optimismo al desencanto”; el consenso democrático, desapareció entre el fragor de las luchas contra los déspotas y la ingerencia extranjera, y ahora ni los partidos, ni el Estado, ni las instituciones, ni la clase política tienen credibilidad, pero la ingerencia foránea sigue aquí, más dominante que nunca. Asistimos a una “desestructuralización” del sistema político, que ni aún los buenos discursos neoliberales pueden salvar, porque no satisfacen en la práctica las demandas y aspiraciones de la población. Por eso no es raro, que por la “desestructuralización” del sistema político, las élites de pensamiento, o la llamada sociedad civil, en medio de la desconfianza y el descrédito de las instituciones, traten de crear alguna clase de orden normativo alterno, como parcho o como remiendo, llámese “convicción civil, ánimo democrático, conciencia legal, participación ciudadana”, etc. Pienso, que si el Estado es un gran pacto social, en nuestro caso, ya no representa los intereses de ninguna de las partes que lo componen, por lo tanto estamos en la obligación de reformular el pacto.

La culpable de la anomia, no es la democracia, ni la va a conjurar la dictadura, ni los regímenes antipolíticos. Pero en el caso de la anomia, no hemos visto la mano que mueve la cuna. Quizás es preferible echarnos la culpa y no endilgarle por sumisión descarada al poder extranjero la responsabilidad causal de la anomia, viendo el neoliberalismo y la mundialización, como nuevos instrumentos de sus intereses hegemónicos. Desde el final de la guerra fría, como parte de la nueva política de dominación, explotación, dependencia, e ingerencia por parte del poder supra nacional, ante la imposibilidad de desmontar la figura del Estado Nación, se pusieron en jaque los estados americanos, con el fomento del llamado “nuevo orden”, la economía de mercado, las políticas de reducción de sus organismos claves, para debilitarlos. Para ello, obligaron a la reducción de sus organismos fundamentales, los cuales eran barreras para sus fines.

Las privatizaciones, en muchos casos necesarias, entregadas a la suerte de la depredación de los bienes públicos, en ocasiones adquiridos por sus multinacionales y corporaciones, a precio de “vaca muerta”, junto a los empréstitos y otros artificios, postraron los Estados económicamente, haciéndolos más pobres. La transición de la llamada “economía del postre”, a la “economía de servicios”, arruinó nuestra capacidad productiva, sin la cual ahora no podemos competir en el Tratado de Libre Comercio, que es una nueva forma de frontera. Eso nos refiere al hecho, de que el Estado fue sitiado en su principal atributo: la Soberanía Nacional, sin el cual el mismo no se explica, para quedar a expensas y a merced de sus designios, servidos por sus socios locales.

La regeneración, desde ese punto de vista, no tiene que ver con rupturas con el sistema internacional, sino con el reforzamiento de la soberanía en procura de los intereses nacionales, para poder defender nuestras riquezas, nuestros productores y nuestros consumidores, haciendo valer los legítimos derechos como Estado soberano. Reforzar nuestra soberanía, es la única compensación ante la realidad agresiva del neoliberalismo.

Durante las cuatro Repúblicas que hemos tenido, la regeneración de nuestra soberanía ha sido “ley motiv” de las mismas, y ha sido, precisamente, la pérdida de ese atributo, lo que ha provocado el colapso. En este caso, la Cuarta República, con una soberanía mediatizada, no escapa a la tragedia de esos antecedentes, por lo que debemos, antes de que toquemos fondo, dar paso a una “Quinta República”, erigida con dignidad en virtud de los grandes valores nacionales.

Debemos regenerar el Estado, fortalecerlo, no hacerlo más grande en tamaño, pero más honorable, más moral, más honesto, más legítimo en todos los sentidos. Necesitamos autoridad, austeridad, normas e ideales. Requerimos de actitudes. Necesitamos ciudadanos.

Además de poner de pie la conciencia nacional, debemos restaurar creencias comunes, reforzarlas, despertar las potencialidades que duermen en el ciudadano ordinario, rescatar el Estado de la anomia, que tiene mucho de crisis moral, de crisis de identidad y de carencia de propósitos comunes. A lo largo de nuestra historia, siempre nos hemos puesto de pie. Hagámoslo ahora otra vez, marchemos a tambor batiente para regenerar la Nación, y que sean los símbolos enhiestos del pueblo y solo del pueblo, las claves maestras que guíen el espíritu ciudadano, por la senda de la victoria, en la árdua tarea de reencausar la Nación.