Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 458,
Edición 1 de febrero del 2007, Rep. Dom.

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La Amistad y Nuestra Sociedad

Por Dr. Ysócrates Andrés Peña Reyes

En el mundo en que vivimos pese a que hemos avanzado en tantos aspectos, nos hemos olvidado de otros, no menos importantes, que necesitamos para realmente ser felices y crecer como entes sociales dentro de las familias y la sociedad en sentido general.

Nos sentimos perturbados permanentemente por los males que nos asechan, pero no nos damos cuenta que tenemos nuestra cuota de responsabilidad en las causas que han generado los mismos, al habernos cobijado en un egoísmo excesivo que dificulta el diálogo entre los humanos, de tal forma que cada vez tenemos más conocidos y menos amigos.

Esto nos llama a practicar la amistad, por ser uno de los más extraordinarios valores y uno de los dones más altos de Dios, quien se presenta como amigo de los hombres por medio de los pactos que selló con Abraham, con Moisés y con los profetas, además de enviarnos a Cristo para mostrarnos que, pese a nuestras debilidades y pecados, es nuestro mejor amigo, y que, por medio de la experiencia gratificante de este don se pueden tener amigos muy especiales.

Para lograr a plenitud esta meta, debemos lanzarnos tras ella, entendiendo que si bien es cierto que todo hombre o mujer necesita de la amistad, por ser una experiencia humana hermosa, enriquecedora y digna de los mayores elogios, resulta al mismo tiempo difícil y delicada.

Difícil, porque no es una moneda que se encuentra por la calle y hay que buscarla tan apasionadamente como un tesoro. Delicada, porque precisa de determinados ambientes para nacer, especiales cuidados para ser cultivada, minuciosas atenciones para que crezca y nunca se degrade.

Es por ello que la amistad no debe ser simple simpatía, compañerismo ó camaradería, ya que por ser una de las más altas facetas del amor, en la amistad el uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. Esto supone la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosidades, además de un doble respeto a la libertad del otro.

En fin, en una sociedad tan débil y frágil como la nuestra, la profunda práctica del valor de amistad es un factor primordial al que debemos recurrir necesariamente para fortalecer a nuestras familias, nuestras instituciones, nuestras comunidades y nuestra nación, para lograr a través de la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros los verdaderos amigos, la conquista de la renovación y transformación que requiere la sociedad dominicana.