Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 459,
Edición 2 de febrero del 2007, Rep. Dom.

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Un país sin rostro

Por Dr. Luis J. Báez del Rosario

Un país, desde mi humilde percepción, no es solo una extensión territorial de tantos kilómetros cuadrados, prevee sobre todo, y es lo más importante para otorgarle esa designación, un Estado organizado y dividido en poderes públicos, fuerzas armadas para la defensa de su territorio, Constitución y Leyes generales como legítmos instrumentos para las relaciones de convivencia y equilibrio social entre los ciudadanos que lo constituyen.

Presume también para su propia existencia de principios y valores inherentes y vitales de que deben estar investidos ciudadanos y ciudadanas para definir como entes humanos lo que es en términos individuales y reales el ser nacional, colectivamente el alma nacional; la sumatoria común de estas condiciones fundamentales configuran el rostro físico de un país, a lo inverso podría hablarse entonces de inexistencia o inviabilidad.

Somos, para sincerizarnos con la realidad, ciudadanos y ciudadanas, sin diferencias de géneros, los que apegados a esos valores y principios, a normas y reglas de carácter social y legal obligatorias, a través de nuestros propios actos, que pueden ser correctos o al margen de la legitimidad y respeto, los que preservamos interna o internacionalmente el rostro sano y gratificante del país, o lo degradamos y empañamos por comportamientos viciados e incriminatorios.

Juan Pablo Duarte con sus pensamientos, acciones, luchas y ejemplo a la conciencia de una generación de dominicanos, a la que debemos emular y dar seguimiento en el compromiso histórico las presentes y venideras generaciones, nos liberó de los grilletes de la opresión y barbarie impuestas por nuestros inmediatos vecinos, dando nacimiento a la República, una República digna, soberana e independiente, de la cual nos sentíamos orgullosos de su gentilicio.

Hoy, a distancia en el tiempo de nuestra Independencia, hemos perdido la orientación de un gentilicio privilegiado por la sangre de nuestros héroes y mártires, ser dominicano o dominicana no significa nada, no tiene importancia, o no le estamos dando la importancia que tiene, Duarte para politiqueros y malos dominicanos es un simple retrato decorativo o un pedazo de bronce, madera y yeso que ocupa, a excepción de quienes como unos “tontos desfasados” somos sus discípulos y seguimos sus enseñanzas tratando de mantener viva la conciencia patriótica para preservar incólume el rostro de la nación, una simple cosa expuesta en un espacio cualquiera, que para nosotros no es un espacio cualquiera, a los efectos del sol y la lluvia, víctima de la profanación y escarnio de ingratos ciudadanos.

Esos politiqueros de baja estoda y dominicanos desnaturalizados son los que usan el nombre de Duarte con viles despropósitos, con hipocresía para confundir a los pueblos, irrespetando el ceñero pedestal de su gloria para ocultar sus torcidos, irrelevantes y nocivos hechos, con los cuales han permeado de fango a todos los segmentos de la sociedad e instituciones.