Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 462,
Edición 1 de abril del 2007, Rep. Dom.

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Traición y Sectarismo

Por Dr. Luis J. Báez del Rosario

Ningún país del mundo es totalmente perfecto en su composición social, porque está constituído por seres humanos, y todo ser humano tiende por su misma naturaleza a ser vulnerable a flaquezas, debilidades y errores, aunque hay que admitir que aquellos que son más educados y organizados propenden relativamente a una menor proporción en los márgenes de error e imperfección.

El nuestro, debemos tener el valor y honestidad de reconocerlo, categoriza en la red de países llamados tercermundistas, educativa y culturalmente en niveles muy inferiores a otros países que por su educación, cultura y disciplina de trabajo, han adquirido un ostensible rango de progreso y desarrollo, de sociedades más compactas y unitarias, en consecuencia, estables en las relaciones humanas, sociales y laborales.

Una de nuestras debilidades pecaminosas, quizás la más grave, la que nos ha disminuído histórica y moralmente, la traición; muchas han sido las réplicas aumentadas y degradantes de Judas, espías, confidentes o soplones que han incurrido al chisme e intriga por unas cuantas papeletas, cargo o posición en gobiernos, algunos de factura totalitaria, a expensas del destino de sus víctimas.

Las víctimas en todos los casos y diferentes épocas, han sido amigos de estos repugnantes personajes de las sombras, los cuales confiaron en su amistad y revelaron ingenuamente secretos comprometedores que tuvieron por alto costo persecuciones, prisiones, torturas, desapariciones, destierro para los de mejor suerte.

La historia dominicana está saturada de actos de traición, de traidores, víctimas y mártires, empezando por nuestros originales, ancestrales héroes de la Primera República, los de la Independencia Nacional, Duarte, Sánchez, Mella, María Trinidad Sánchez, los hermanos Puello, entre otros, el traidor de traidores, padre de la traición denigrante título, Pedro Santana y familia.

Los valientes y gloriosos expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo, los del 14 y 20 de Junio de 1959, denunciados al ejército de inteligencia trujillista por los campesinos de la Cordillera Central, víctimas de la ignorancia y el terror impuesto a los dominicanos por el tirano.

A Manolo Tavárez Justo, un trabajo planificado y solapado de alta inteligencia de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), a través de posibles dirigentes del Comité Central del Partido 14 de Junio, y que presumimos, se trataba de agentes encubiertos, los cuales condicionaron y precipitaron deliberadamente el alzamiento de Manolo y compañeros de partido, los más valiosos de la juventud dominicana, sin existir las condiciones aptas para la guerrilla rural en Las Manaclas, a las acciones que se tornaron, como se esperaba, en un estéril intento e inmolación.

El levantamiento armado del 25 de Junio del año 1965 en San Francisco de Macorís, el cual agentes infiltrados que simulaban ser parte del movimiento denunciaron a los organismos de inteligencia del sector militar anticonstitucionalista desde Santo Domingo el brote de guerrilla urbana la madrugada de esa fecha, abortando con un saldo de bajas sangriento para muchos de los jóvenes que participaron, y en que los delatores estarían contando fríamente las papeletas de la traición sobre una mesa y bebiendo un trago de ron para celebrar con sarcasmo el sacrificio de sus víctimas.

Francisco Alberto Caamaño Deñó, el Coronel de Abril y la inesperada guerrilla de Caracoles contra la dinastía autoritaria del doctor Balaguer, la vía de las armas ante los procesos electorales sucesivos y maquillados del hombre que en más de una ocasión solía considearse a sí mismo un predestinado del poder, el duro, inclemente y peligroso internamiento en las montañas, acaso, como militar guerrero y experimentado, contando con un apoyo interno que nunca llegó, los sabuesos peinando las serranías hasta finalmente darle caza a él y puñado de héroes, historia repetida como una maldición, Caamaño y sus hombres traicionados por aquellos que cobarde e irresponsablemente permanecen en el anonimato por temor a la justicia del pueblo, y que un día, porque la traición deja huellas debelables, se sabrán sus nombres, y entonces el tribunal de la historia los juzgará severamente por tan malvado acto.

A merced de personajes de la traición, de los que por dinero venden sus conciencias y dignidad a los postores de la intolerancia e iniquidad, la sociedad dominicana es sectárea, una sociedad dividida por algunos especímenes políticos, ellos desde las instancias políticas han dado el mal ejemplo con sus malquerencias, rebatinnas y retaliaciones internas, y también externas mediante persecusiones a los adversarios desde una importante función pública, recurriendo a presiones, chantajes, denuestos, ataques personales a través de diferentes medios para dañar imágenes o reputaciones, muchas de ellas de inmarcesible probidad y respeto ante la sociedad.

Tal ha sido la erosión sectárea en determinados partidos de nuestro sistema político, que de ellos han escindido dirigentes notables por marginalidad en los méritos y toma de decisiones, bases que han renunciado masivamente descontentas con el espúreo manejo de sus cúpulas, desprendimientos que han dado lugar a la formación de partidos minoritarios, políticos serios e inobjetables que por respeto a su dignidad han optado por el retiro y dedicación a actividades privadas.

Los políticos, una parte de ellos, los más corruptos e indiferentes, han fracturado o dividido con su comportamiento sectáreo a la familia y sociedad dominicana, y el siniestro que hoy impávidos e impotentes contemplamos en la faz de la República cierne el índice sobre este segmento responsable del colapso nacional, de las lavas que de magnificar su curso podría consumirnos inminente e irremediablemente, por lo que debemos con el derecho que nos asiste como ciudadanos pedirles rendición de cuentas, que respeten al país, a la familia y sociedad, que el país, sobre todo, está por encima de sus indignos actos, de sus desbordados apetitios personales, de sus pasiones desenfrenadas y de sus sectáreas actitudes.