Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 462,
Edición 1 de abril del 2007, Rep. Dom.

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Fundamentos y retos para transformar la enseñanza de Lengua Española en Educación de Adultos

• Licda. Santa Lantigua Paredes

El desarrollo de servicios educativos de calidad para jóvenes y adultos tiene que entenderse, no como un servicio compensatorio remedial, sino como una instancia educativa pensada para atender las necesidades e intereses de un amplio sector de la población que por razones sociales, culturales y económicas se ve obligada a abandonar la escuela. Esta situación nos exige reflexionar sobre el sentido de la educación de adultos en un mundo tan cambiante y tecnologizado como el que vivimos actualmente. Dentro de este marco, el desarrollo del lenguaje tiene un papel fundamental por ser una de las herramientas culturales principales en la sociedad. Mediante el conocimiento y usos cada vez más especializados del lenguaje es que se puede explorar, analizar, plantear problemas y articular posibles soluciones.

La redefinición del uso de la lengua escrita como una práctica social y el reconocimiento del contexto en los procesos de aprendizaje permiten repensar qué es alfabetizar, cuál es el papel del lenguaje oral y escrito en la educación de adultos y cómo fomentar su desarrollo a través de experiencias comunicativas auténticas. Desde esta perspectiva, el gran lingüista Hiumboldt concebía la lengua como “una actividad y trabajo del espíritu siempre repitiéndose a fin de capacitar al sonido articulado para la expresión del pensamiento”. No es un producto terminado, sino un proceso, una actividad que se produce en una situación, un proceso que revela una búsqueda de expresión de lo que se quiere comunicar. Un proceso que, como toda actividad humana, deja su huella e influye en la historia.Esta discusión gira alrededor de la noción de la alfabetización, ya que ésta se considera la puerta de entrada a la educación y una de las responsabilidades más importantes del sistema educativo. Por tanto, las consideraciones teóricas conceptualizan la alfabetización como un fenómeno complejo que abarca dimensiones sociales, culturales, cognitivas y políticas. Es por ello, que la alfabetización es un proceso largo que requiere la apropiación no solo del sistema de escritura, sino también de la cultura, sus funciones comunicativas, las formas de hablar que rodean y el uso de las mismas. En tal sentido, el desarrollo del lenguaje significa aprender a hablar, escuchar, leer y escribir.

En los años sesenta, se concebía la alfabetización como un problema de adiestramiento técnico, donde la tarea principal del alumno se limitaba a aprender el código escrito. Esto llevaba a los educadores a concentrar sus esfuerzos a enseñar letras y sonidos aislados, palabras y frases artificialmente producidas para fines didácticos.

Tiempo después, varios replanteamientos teóricos resultados de la investigación en los campos de la lingüística, sociolingüística, neurolingüística, historia, psicología y antropología, contribuyeron a reorientar y expandir la noción de alfabetización.

Primero, se consideró la relación entre la lengua oral y la lengua escrita, haciendo énfasis en las características comunicativas, en lugar de limitar la lengua escrita a una técnica de transcripción, se reconoció que su uso estaba gobernado por convenciones que varían de acuerdo al contexto sociocultural. Esto a la vez permite identificar que el desarrollo y uso del lenguaje se alimenta tanto de la lengua oral como de la lengua escrita y que son las múltiples experiencias orales y escritas en el mundo social las que conforman la competencia comunicativa. Así, la construcción de significados al leer, escribir, hablar y escuchar hace uso de elementos contextuales aportados por los participantes en una situación específica. Esto significa, por ejemplo, que la lectura de un texto no solamente se entiende a partir de lo que está impreso en la página, sino que el sentido se construye a partir de otras lecturas, otras conversaciones, experiencias arraigadas en el lenguaje oral, el conocimiento del lenguaje escrito, el propósito de la lectura (por qué y para qué se lee) y el contexto de la lectura (quién determinó que se leyera, qué pasa si no se lee).

Dado todo lo anterior, una nueva fundamentación para el currículo en el área de lengua Española, tiene que partir la idea de que la alfabetización implica el aprendizaje de prácticas comunicativas individuales y colectivas insertas en el mundo social cuya complejidad recorre dimensiones sociales, culturales y políticas. Por tanto, el lenguaje es una herramienta cultural que nos sirve para describir el mundo como es y para imaginar mundos culturales posibles; es un instrumento político, porque sirve para mantener jerarquías de poder y transformar el status; es un instrumento social ya que la forma de hablar, leer y escribir son parte de nuestra identidad social: existe una marcada diferenciación entre los que tienen acceso a la lengua escrita y los que no, entre los que son “letrados” y los que no lo son; por eso, el desarrollo del lenguaje es simultáneamente un proceso social y un proceso cognitivo; se da entre las personas y en la mente del aprendiz. Es decir, lo que es conocimiento individual primero ocurre en el espacio social.

El lenguaje tiene la característica particular de funcionar en dos sentidos. Primero, el actor lo utiliza para actuar en el mundo y transformarlo, y segundo, el lenguaje actúa en el actor, transformándolo a él.

El reto de una innovación curricular no se reduce a la selección y articulación de contenidos, sino a la inserción de estos contenidos en una serie de actividades compartidas entre los educandos y el educador con un fin definido para los participantes, cuyas acciones cobran significado en el contexto específico de su realización e intencionalidad.

La autora imparte docencia en la Escuela de Educación Básica de Adultos Hermanas Mirabal.

Tiene Maestría en lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español.