Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 463,
Edición 1 de abril del 2007, Rep. Dom.

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Trabajar para no ser carga de los demás

Un capítulo de la Biblia dice: “hermanos, apártense de cualquier hermano que no quiera trabajar, pues nosotros no hemos vivido entre ustedes sin trabajar, ni hemos comido el pan de nadie sin pagarlo”.

Hay que trabajar para no ser carga de nadie en nuestra familia.

Los padres deben enseñar a sus hijos, desde que son pequeños a aprender a trabajar aunque sea ayudando en los quehaceres del hogar, la oficina o en el negocio.

Dios no condenó al hombre a trabajar, lo condenó a vivir concediéndole el trabajo como circunstancia atenuante.

Hoy, códigos y leyes sancionan el que se emplee menores en cualquier tipo de trabajo, pero tales disposiciones resultan a veces contradictorias puesto que desde temprano es que se debe enseñar a los hijos a aprender un oficio, para que luego de adultos tengan hábito de trabajar. Claro, esto no debe impedirle ir a la escuela o a la auniversidad y prepararse para una profesión.

Los padres tenemos el derecho de pedir a nuestros hijos que nos ayuden a trabajar para darles ejemplo a seguir.

Una Ley de Roma dice que el que no trabaja que tampoco coma. Pero sabemos que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.

Podemos decir que el trabajo tiene dos tipos de relaciones: Una de orden Natural y otra de orden Social.

La de orden Natural porque el trabajo fortifica el cuerpo, mantiene la salud, prolonga la vida y hace que el tiempo parezca corto.

La de orden Social porque existe una relación entre el trabajo y el capital, y es la siguiente: El trabajo sitúa al capital en un pie de igualdad bajo el mismo común denominador, pues ambos son presentados como factores de producción.

Después de la salud, trabajar es la felicida de la vida, Poco importa lo que se haga, con tal que se trabaje.

El trabajo es la tabla de salvación en los momentos críticos de la existencia humana.

El trabajo dignifica al hombre, es el único capital no sujeto a quiebra, y el que no se pueden llevar los ladrones.