Residencial Argenis

Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 466,
Edición 1ra. de junio del 2007, Rep. Dom.

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Iglesia Abierta

La Virgen María:
Madre en la tierra, madre en el cielo

P. Isaac García de la Cruz

De principio tenemos que decir que mucho se habla de María en la Biblia. Ya en el Antiguo Testamento se hacía referencia a ella veladamente (Is 7,14); en Nuevo Testamento, según el designio de Dios, se hace presente en medio de su pueblo como realidad (Lc 1,26) y como profecía (Ap 12,1). Ella misma reconoce que Dios es quien actúa en su persona (Lc 1,49) y sabe que su obra no pasará desapercibida en las siguientes generaciones, que alabarán su disponibilidad para con Dios (Lc 1,48). En este artículo que escribo para ustedes y para mí mismo, antes que hacer un tratado de Mariología, me propongo hablar desde mi corazón y desde el corazón del pueblo humilde que ha sabido interpretar lo que dice el Evangelio.

Por eso, quiero fijarme sólo en cuatro elementos de esta humilde jovencita de Nazaret que (¿a penas?) tuvo la grandeza de saber ser un incomparable instrumento de Dios para su pueblo y en cuya decisión, de su “Fiat”, de su “Sí”, pendió la salvación del mundo.

1. María, mujer de fe.
Mucho se habla de que Abrahán es el Padre de la fe. Sería muy justo decir que María es la Madre de nuestra fe. Una joven de apenas 15 años se atrevió a confiar ciegamente en Dios sin importar las consecuencias. Dios había hecho Alianza con Abrahán y por su medio con el pueblo elegido. Ahora el Dios de Abrahán renueva esa Alianza con María y desde ella con el nuevo pueblo que se fundaría en su Hijo. De estas dos figuras señeras del proceso de salvación Abrahán y María, surgen dos pueblos. El pueblo de Israel y el pueblo cristiano que somos todos nosotros: la Iglesia, es decir, los que creemos en Cristo.

La fe de María divide la historia. Divide la historia de la Salvación. Ella es punto de llegada hacia el que tiende el Antiguo Testamento y punto de partida del Nuevo Testamento que se prolonga en la Iglesia hasta el día de hoy, y que encuentra su punto culminante cuando Jesús la entrega al Discípulo amado en el pie de la cruz. (Jn 19,27).

Pero ¿llegó la fe a María por arte de magia? No. María como todos los israelitas esperaban al Mesías. María era una joven normal. Ella no sabía que era una persona excepcional, en quien Dios había “puesto sus ojos” desde la eternidad (Lc 1,48). A ella, igual que a nosotros, igual que todas las jovencitas de su tiempo, le costaba hacer las cosas. Se cansaba, limpiaba, cocinaba, barría, buscaba agua, vestía igual que todas y, sin embargo, hacia todas las cosas ordinarias de manera extraordinaria. En eso consistía su gracia. ¿Por qué ella trataba, entonces, de hacer todas las cosas bien? Porque ella también había aprendido de sus Padres, Joaquín y Ana, que el Mesías debía venir. María tenía mucha fe, lo estaba esperando, pero lo que no sabía era que Dios la había escogido a ella para ser la Madre del Mesías. Al llegar a ser una jovencita, como todo israelita de corazón, tomó la decisión de servir a Dios, dedicarse por completo a Él.

María pudo dar su sí por su obediencia a la fe. Durante toda su vida, su fe no vaciló, incluso en el momento más difícil de su vida cuando pudo haberse negado a decirle que Sí al Señor, (Lc 1,29.34). Nunca dejó de creer. Ella es un ejemplo de fe para nosotros.

De esta manera encontramos que, por su fe, le fue enviado el Ángel (Lc 1,26); por su fe, superó la duda de una visita tan inesperada: san Lucas nos dice que ella “se turbó” al oír el saludo del Ángel (Lc 1,29). Por su fe, dijo que sí (1,38); por su fe, sirvió a su Prima Isabel durante tres meses (1,39); por su fe, conservó todas las cosas en su corazón (2,51); por su fe y compromiso ante Dios buscó su Hijo afanada en el Templo (2,41); por su fe, fue solidaria y estuvo atenta con los necesitados de vino en las Bodas de Caná e introduce a Jesús en su misión (Jn 2,1ss); por su fe, acompañó a Jesús, su Hijo, durante toda su vida (Mc 3,31); por su fe, subió con él al Gólgota y esperó hasta el último momento al pie de la cruz (19,25); por su fe, mantuvo la calma esperando durante su Hijo estuvo muerto; por su fe, creyó en la resurrección; por su fe, recibió el Espíritu Santo junto a los Apóstoles (Hech 1,14); por su fe, acompañó la Iglesia naciente y por esa misma fe, Dios “al término de su vida terrena... fue llevada a los cielos en cuerpo y alma...”; así definió el Papa Pío XII en el 1950 el Dogma de la Asunción de la Virgen.

Continuará...