Residencial Sofia El Tejar

Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 470,
Edición 1ra. de agosto del 2007, Rep. Dom.

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Iglesia Abierta

 La Virgen María:
Madre en la tierra. Madre en el cielo.
(Tercera Parte)

Por Padre Isaac García

En ediciones anteriores hemos venido presentando la persona de la Virgen María en dos de sus dimensiones: la fe y haber sido llamada por Dios y su consiguiente la respuesta a la invitación divina. Ahora demos un paso más conociendo la insondable personalidad de la “Madre de mi Señor”, al decir de Isabel (Lc 1,43). ¿Què implicó para María haber respondido a Dios que sí acepta hacer “su voluntad” (Lc 1,38)? Le esperó la misión.

María, Misionera.
Podría resultar extraño decir que María es misionera. Sin embargo, es uno de los títulos que más identifica a la Virgen de Nazaret.

Hemos hablado de la vocación de María y nuestra. Pero ¿para qué Dios llama si no es para una Misión? La misión de María es ser parte, junto a su Hijo, en la obra de la salvación. Cuando menos se lo esperaba María, Dios la invita a la misión más insospechada por persona alguna. María debía llevar en su corazón y en su vientre al Salvador. Y es tanta la alegría que provoca en ella tal designación que no puede resistir y sale apresurada a llevar tan excelsa noticia a su prima Isabel (Lc 1,39). La misión para ella no es sólo llevar en su vientre al Hijo de Dios, sino darlo a conocer y servir humildemente. “María se quedó con Isabel unos tres meses y luego se volvió a su casa” nos dice Lucas 1,56. María es la primera cristiana. La primera en creer en el Hijo de Dios que también era su Hijo, y a la vez, es la primera discípula, la primer misionera de Cristo.

Preguntamos ahora, a ejemplo de María, ¿qué buen cristiano, despuès de haber tenido un encuentro personal con Cristo, puede permanecer en su casa sin salir a llevarlo a sus hermanos? Encontrarse con Cristo, hace que nos encontremos con nosotros mismos y con nuestros hermanos. La Virgen es para cada hombre o mujer, el modelo más acabado de amor a Jesucristo, de dedicación a su servicio, de colaboración con su obra redentora. Y nuestra misión no es diferente. Es preciso tener la docilidad y entrega total de Ella para aceptar y vivir con todas sus consecuencias la misión para la que Jesucristo nos ha llamado.

La indiferencia no es una actitud cristiana. Como nos dice el decreto conciliar del Vaticano II “Ad Gentes”, sobre la misión: “En las tierras ya cristianas, los laicos cooperan a la obra de evangelización, fomentando en sí mismos y en los otros el conocimiento y el amor a las misiones, suscitando las vocaciones en la propia familia...” (AG 41)

 Y si hay un continente que sabe hablar de María en su calidad de misionera es América Latina. María está a la base de este pueblo. Y más cercano a nosotros, República Dominicana, bajo la protección y el patronazgo de Nuestra Señora de la Altagracia y la Virgen de las Mercedes. Porque María siempre será, modelo de la Iglesia que es esencialmente misionera y modelo de Evangelización. (Documento de Santo Domingo 229)

¿Por qué si Jesucristo es el misionero por excelencia, el misionero del Padre, si María nos da ejemplo de misión y la Iglesia es misionera por naturaleza (AG 2), por qué no hacemos de nuestras parroquias y nuestros fieles, lugares y entes de misión? Misión en nuestras familias. Misión en nuestros laicos. Somos una Iglesia misionera por mandato divino. “Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".....” (Mt. 28, 19) Produce una gran alegría entre nosotros el reciente documento de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y sus conclusiones de Aparecida, Brasil, (DA) cuya verdadera conclusión es el compromiso misionero de Amèrica Latina. Así nos lo expresan los Obispos reunidos: “Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo” (DA 362)

Necesitamos una Iglesia que se forma bajo el cobijo de Maria misionera, porque “la virgen de Nazaret tuvo la misión única en la historia de la Salvacion, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta el sacrificio definitivo... (DA 267) María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra Amèrica” (DA 269), proclaman nuestros Obispos. 

Continuará....