Residencial Sofia El Tejar

Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 470,
Edición 1ra. de agosto del 2007, Rep. Dom.

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Describe la ciudad de San Francisco de Macorís como una selva urbana

Vista del caos que se genera en el transito francomacorisano en las horas pico. Calle Bienvenido Fuertes Duarte Esq. Frank Grullón.

Vista del caos que se genera en el transito francomacorisano en las horas pico. Calle Bienvenido Fuertes Duarte Esq. Frank Grullón.

• Ricardo Rojas Espejo

Modernismo. San Francisco de Macorís está inmerso en un acelerado proceso de moderización en diferentes aspectos en el que la educación vial y el respeto a las leyes de tránsito son materias pendientes de recibir por los ciudadanos.

En una vorágine ruidosa, angustiosa, contaminante y enloquecedora se ha transformado el tránsito por calles y avenidas que enlazan los cuatro puntos cardinales de esta ciudad creciendo contínuamente y dejando un rastro lúgubre que a su vez se ha convertido en una costumbre sangrienta con el rostro de la herida y de la muerte.

Esta desconcertante presencia de la anarquía se inicia al unísono con el alba, entre el cantío altisonante de los gallos, somnolientos ladridos de perros y el regreso de adormilados “serenos”; con la salida de los primeros moto-conchistas y de los minibuses de las diferentes rutas inter-urbanas.

Un incesante, estridente y molestoso rugir de motocicletas espantan el sueño, los sudores por una larga y desesperante noche sin electricidad; las dentelladas suaves del sol lamen el rocío y luego de las acostumbradas tareas cotidianas (enjuagarse la cara, bañarse, cambiarse, el desayuno, y los primeros desacuerdos conyugales); enfrentarse a una vida sobre el asfalto que muchas veces es asistir a la convocatoria inesperada -como siempre- de la muerte.

Ya a las ocho de la mañana todas las direcciones lucen congestionadas, cualquier espacio se logra en una fiera lucha por llegar primero; es respondiendo a una bestial y desagradable muestra de lo irracional, y se pierden los hijos delgados y roídos de lo racional.

Los escolares con sus uniformes azules y amarillos en una fresca y cautivante constumbre van por las aceras, con los ojos muy abiertos y atentos para cruzar al otro lado; porque en un pestañear puede suceder lo insólito y puede llegar el horrible impacto; y se puede pasar en breves segundos de la búsqueda del futuro a la triste sorpresa de lo peor.

Y en todos vive una desquiciante decisión de llegar primero, y se deben traspasar rutas huérfanas de semáforos y los que existen lucen como cajas metálicas amarillas con tres bombillas (roja, verde y amarilla) apagadas por la ausencia de electricidad, y no se sorprenda si se encuentran funcionando y un desgarbado motociclista “se come” la carmesí, y después escuchemos el sangriento estruendo, porque a quién pertenecía el derecho de cruzar lo hizo.

Los responsables de mantener la fluidez vehícular de manera ordenada, la Autoridad Metropolitana del Transporte (AMET) sólo se ocupa de los alrededores del parque Duarte y uno que otro punto del centro comercial; y la fiereza inicial que mostraban contra los violadores de las normas para circular o estacionarse, destella por su ausencia.

Y los minibuses que “conchan”, destartalados, sucios, y contaminantes; son conducidos por choferes que se les importa detenerse donde se les ocurra; llenan esos armatrostes como si fueran latas de sardinas, sus asientos descosidos, pegajosos y polvorientos, y ocasionando entaponamientos constantemente son la nota discordante.

Para ellos no hay reglamentaciones algunas, suben los precios unilateralmente, abusan de los espacios, sus radios casi estallan por los volúmenes abusivos, y cuando no viajan contando las vueltas de sus alisados neumáticos, lo hacen como si concurrieran a un tormentoso desafío que pone en peligro a los pasajeros.

Y los passoleros, cuídese usted de ellos, parece como si fueran “almas que lleva el diablo”, zigzagueantes, levantando sus livianos y veloces medios en medio de congestionadas vías; y rebasan inesperadamente; y sobre sus rostros se les pinta un goce turbulento, porque los pocos años que tienen no les permiten poseer la dosis de raciocinio que exige la prudencia.

Y el parque Duarte, su entorno se ha convertido en una hilera de bases de taxis, y en una perenne demostración del doble parqueo, y la famosa grúa de la AMET ya no es la pesada muestra de terror para los que se estacionan violentando las más sencillas normas del respeto.

Cuídese de los camiones “caras sucias” con sus materiales de construcción al descubierto, una minúscula piedrecilla puede romperle el cristal delantero, y se cansará después de visitar el “seguro” si acaso lo tiene, y los nauseabundos olores de los malogrados compactadores municipales y los volteos (chatarras rodantes) recogiendo y esparciendo desperdicios sólidos en las horas “calientes”, y los tapones, y su vehículo con el medidor de combustible recordándole que anda en reserva; es para encolerizarse.

Y esas correas asfálticas sin señales verticales ni horizontales que les anuncien en qué sentido usted debe trasladarse, y las existentes han sido colocadas sin seguir un riguroso estudio sobre origen y destino de cargas y pasajeros; puestas así, como si fuera adivinando o al término del giro de dados marcadas sus caras con “si” y “no”.

Y ese caos obliga a escuchar como la unidad rojiza de los Bomberos Civiles (911) se desplaza rugiente y veloz a la búsqueda de accidentados; porque los conductores por la misma crisis económica, el exceso de dióxido de carbono en el ambiente, las altas temperaturas, el gritar de los políticos, y la envolvente depresión colectiva, no pueden -muchas veces- interpretar los símbolos de la realidad, y viene el impacto, los gritos, y la sala de emergencia; cuando no es la anónima morgue del San Vicente de Paúl.

Todo es un desorden, una pesadilla permanente, y sin embargo hay que ser paciente, con el motorista suicida, con el “desconocido”, usted discute y puede no escuchar el estampido, el balazo que le descerraja la frente; maneje a la defensiva y soporte; porque San Francisco de Macorís es...una selva urbana.