Residencial Sofia El Tejar

Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 471,
Edición 2da. de agosto del 2007, R.D.

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Ven el mercado público se convierte en desgarrante pocilga

• Ricardo Rojas Espejo

En la medida que usted se acerca al mercado tiene que taparse las narices por el vaho que sale de allí debido a los vegetales y otros productos podridos.  En el mismo mercado hay un vertedero de basura donde clínicas cercanas lanzan todos sus desperdicios contaminantes. Fotos Adriano Cruz Marte

En la medida que usted se acerca al mercado tiene que taparse las narices por el vaho que sale de allí debido a los vegetales y otros productos podridos.
En el mismo mercado hay un vertedero de basura donde clínicas cercanas lanzan todos sus desperdicios contaminantes. Fotos Adriano Cruz Marte.

En una inmensa, malolienta y desgarrante pocilga se ha convertido el Centro Comercial más grande de todo el Nordeste y donde afluyen diariamente miles de personas a realizar operaciones de compra y venta de rubros agrícolas y una extensa variedad de artículos que van dedse la artesanía hasta los utilizados en ritos “magníficos”.

Situado en le perímetro comprendido entre las calles Castillo (norte), Salomé Ureña (sur), Libertad (suroeste), y Sánchez, fue inaugurado en el año 1962, luego que el primero fuera incendiado durante la lucha contra los remanentes de la tiranía de Rafael Trujillo Molina; ubicado en la calle San Francisco y que fue edificado en el 1903.

El mercado recoge un hereogéneo valladar de ofertantes de productos que van desde hortalizas, frutos, legumbres, carnes, laterías, víveres, lácteos, utensilios de hojalatería, muestras de arcilla horneada, bisutería, y tejidos, y calzados, y los más diversos platos de la cocina tradicional dominicana (sancocho, cocido, freiduría, mondongo -el más famoso-, entre otros).

Su vida activa se inicia en medio de la madrugada, cuando se apersonan los primeros clientes, aquellos propietarios de ventorrillos, pulperías y puestos de frutas; que llegan a aprovisionarse de esa menudencia que siempre está sobre la mesa al mediodía.

Un trajinar incesante, voces que se desgranan, ruidos secos de motocicletas, los regateos altisonantes, y los silbidos alternando con los bocinazos que hieren ya los primeros haces luminosos de un sol que apenas se siente con su paternal tibiesa.

Y el hedor trasciende como si fuera una nube brotando de una superficie marcada por un rastro mortificante, que es una alfombra de resíduos putrefactos, y que a su vez promueve plagas de insectos (moscas, mosquitos, cucarachas, sabandijas...) y ratas que ya forman como nauseabundas criaturas ese paisaje donde centenares de personas entre árduas jornadas logran la subsistencia.

El mercado es abastecido por proveedores de Constanza, San José de Ocoa, Jarabacoa, Santo Domingo, Santiago y otras ciudades, los días martes, jueves y domingos (días de feria) donde se aglomeran camiones repletos de plátanos, berenjenas, tomates, repollos, cebolla, ajo, pepinos, vainitas, remolachas, ajíes, entre otros; volviendo un caos el tránsito por las vías aledañas, y que no han podido impedir ni ordenanzas municipales ni la presencia de agentes policiales.

Compradores de Pimentel, Castillo, Las Guáranas, Villa Riva, Hostos, Arenoso, Nagua, Sánchez, Samaná y de las comunidades rurales circundantes se abastecen en este lugar que es un permanente jolgorio.

Las autoridades edilicias invierten cuantiosos recursos humanos y mecánicos para una lucha que no tiene término, la de su limpieza; disponiendo de brigadas de hombres, camiones, y palas mecánicas que no pueden pausar en ese batallas constante.

El regidor licenciado Francis Rodríguez ha propuesto un reglamento de reforma administrativa que tiene como propósito eficientizar la reglas de su funcionamiento.

“Modificar y establecer un sistema de administración donde involucre la sindicatura, comerciantes, proveedores, juntas de vecinos, Salud Pública, Medio Ambiente y otros sectores que incidan de una manera u otra en la vida del mercado”, explica el concejal.

Además que la población dirija su mirada hacia ese entorno que de una manera u otra juega un papel vertebral en la cotidianidad francomacorisana.

Sumergirse en ese submundo, es asistir a una amalgama de quehaceres donde se encuentran oficios tradicionales y en desuso como afilar machetes, vender espuelas de gallos, tabaco de andullo, santería, venta de flores, y hasta la presencia de bateas, lámparas humeadoers, ollas de barro, anafes, esterillas, aparejos, y cuerdas de cabuya.

A veces se siente que se vive en regreso al pasado, y objetos que marcaron la infancia de pronto, uno los ve colgando o tirados sobre una mesa y entre los artículos que marcaron el pasado y eran partes del ambiente hogareño (tinajas, calabazos, poncheras, higüeras, tira-piedras).

Se ha planteado sistemáticamente su cierre por las condiciones deplorables que exhibe, pero el costo político y el papel que juega hace reconsiderar esas posibilidades; y porque no hay soluciones a corto plazo que puedan llenar su vacío en caso de su cierre.

Hay quienes han propuesto la creación de mercados satélites barriales, pero la falta de espacio ha hecho que las mismas se descinflen, y otras que en el mismo lugar se construya otro con una concepción moderna, de varios niveles y que se ajuste a la densidad poblacional de San Francisco de Macorís.

No obstante, el hacinamiento, la suciedad, y el ambiente degradante que se respira es un llamado permanente de que se establezcan medidas para higienizarlo, y que a la vez, como provento ofrezca recursos sincerados con la realidad que sirvan al ayuntamiento para reinvertilos en ese escenario donde las operaciones de compra y venta se desarrollen en un ambiente más aceptable y respirable.

  Entre las reiteradas promesas políticas de campañas electorales la “construcción de un nuevo mercado” siempre es promovida, y después de alcanzar lo soñado, los tejedores de esos sueños, sencillamente olvidan..