Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 480,
Edición 1ra. de enero del 2008, R.D.

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Dios, el Hombre y la Naturaleza

• Luis Báez del Rosario

Dios, por su misma naturaleza divina, tiene absoluto poder sobre los cielos, mares y tierras.

Dios creó al hombre como la especie superior sobre las demás especies que habitan el planeta Tierra, otorgándole el privilegiado don de la inteligencia, capacidad de discernimiento, y en su entorno o hábitat plantas y animales como bienes usufructuantes para satisfacer sus propias necesidades.

El hombre ha llegado a creerse y colocarse por encima de Dios, se ha olvidado de que Dios es el centro del Universo, de sus leyes divinas, y en vez de amar y respetar la naturaleza, de aprender a convivir sana e inteligentemente con ella, la ha irrespetado, desafiado, abusado y atentado contra las leyes por las que esta se rige: su Ecosistema.

Ciudadanos conspiran contra la naturaleza, cometen crímenes contra ella, empleando como armas de destrucción sierras, hachas y machetes en la tala de árboles, depredando los bosques indiscriminadamente e ilimitadamente, en otros casos con máquinas excavadoras en la extracción de materiales de los ríos, y en estos crímenes contra el ecosistema intervienen dos factores causantes y devastadores: ignorancia y ambición de quienes actúan al margen de las consecuencias.

Dos fenómenos naturales casi consecutivos uno de otro, las tormentas Noel y Olga, revelan dantescamente por sus proporciones y efectos lo expresado anteriormente.

Con anticipación a la catástrofe provocada por ambos eventos, grupos ecologistas de San Cristóbal, Baní y otros pueblos del sur nacional, protestaron por las granceras que removían y comercializaban los materiales de los ríos de esas comunidades, y que pudieron servir de advertencia a lo que más tarde sobrevendría dejando su sello apocalíptico, por lo que la indiferencia de las autoridades de Medio Ambiente complicitó con los mortales y desgarradores efectos, los daños,-doloroso admitirlo- pudieron ser menores, la situación más controlable.

Cómo no reconocer ahora, después de ambos fenómenos, del aterrador drama vivido primero en el Sur, Bonao, con la tormenta Noel, por vía de sucesión y reducido intervalo la tormenta Olga, y siniestra zona de estragos, Santiago, Mao, Montecristi y otros pueblos de la línea noroeste; Bajo Yuna, con antecedentes críticos en el nordeste por las impetuosas,  incontrolables y devastadoras ríadas; la traumática experiencia, que la nturaleza se rige por sus propias leyes, que esta se sintió herida de muerte por la mano implacable y destructiva del hombre, en peligro su equilibrio ecológico, rompiendo el orden y manifestándose con furia.

Las tormentas Noel y Olga, concubinato poco común o extraño post temporada ciclónica, alteraron la vida del pueblo dominicano, unos perdieron en fracciones de minutos la inversión de su esfuerzo y  trabajo productivo, fincas, arruinados económicamewnte, otros perdieron lo poco y único que tenían por haber, sus rústicas casuchas y humildes ajuares, otros, lo que no supera ningún capital u otra riqueza material, lo más importante que ha dado Dios al ser humano: la vida. Sin embargo, luego de la tempestad surge la calma, la calma necesaria para hacer tiempo y trabajar por la reconstrucción, por recomponer todo lo perdido, otros pueblos del mundo, en circunstancias quizás peores, con voluntad y disciplina de trabajo se han levantado y fortalecido de la desgracia de la guerra o fenómenos naturales, los dominicanos por nuestra misma naturaleza tenemos el valor, la consistencia y decisión para hacerlo.

El fenómeno también, -téngalo por seguro-, deja lecturas dolorosas que deben servirnos de experiencias y reflexiones, entre otras, de que la pobreza no sea pretexto para ocupar desaprensivamente áreas reservadas por la misma naturaleza a los ríos, arroyos y cañadas, y que por la ignorancia y desafío a la naturaleza pueden convertirse en improvisadas morgues; una política preventiva de desastres más coherente y sistematizada, cobertura económica y equipamiento a los organismos de rescate para eficientizar su capacidad logística y operacional; a algunos políticos abstenerse de los artificios de la demagogia y politiquería para jugar irónicamente con la tragedia humana en casos de desastres, para sacar capital político con fines electoreros; y finalmente, a dominicanos y dominicanas, hacer conciencia de la magnitud de los daños provocados por los fenómenos naturales, que pueden ser mínimos si tomamos oportunas previsiones de seguridad; ser más humanos, sensibles y solidarios con la desgracia ajena, tender la mano amiga para mitigar los apremios y sufrimientos de las víctimas, de los afectados, así habremos cumplido con un deber humanitario, por amor a Dios y a nuestro prójimo.

El autor es locutor, periodista y abogado.