Voz escrita de San Francisco y el Nordeste,
Viernes 04, de julio del 2008

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EDITORIAL
¡No lo dejemos desaparecer!

El libro es el más noble de los objetos comunes de este mundo.

Es un vehículo de enseñanza e ilustración que nos da acceso a incontables gozos.

En parte materia y en parte espíritu; en parte  objeto y en parte pensamiento.

Comoquiera que se le considere será muy difícil de definir eso que llamamos libro.

Su forma exterior, esencialmente la misma desde hace más de 2000 años, es tan funcional como la del lápiz o la del guante, por ejemplo; no se le puede mejorar.

El libro es el producto final de una conjunción única de esfuerzos realizados de forma independiente y simultáneamente en muchos y distintos rincones del planeta.

En otras palabras es como si toda la humanidad hubiera concurrido a crearlo.

Los chinos nos dieron el papel.

Los fenicios inventaron nuestro alfabeto.

El formato definitivo del libro se introdujo en Roma y el arte de imprimir con tipos móviles se debe a Alemania, mientras que Estados Unidos e Inglaterra perfeccionaron la producción de libros.

Los pensamientos y los sueños del hombre, sus conocimientos y aspiraciones se hallan ‘almacendos’ en los libros: constituyen un tesoro a disposición de todo el que desee gozarlo.

Ya lo dijo Rubén Darío: “El libro es fuerza, es valor, es poder, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial del amor”.

Aunque el libro ha disfrutado de un privilegio que no se ha concedido a ninguna de las otras creaciones de la inteligencia humana, hoy existe el temor de que el internet y demás medios electrónicos de comunicación podrían provocar la desaparición del libro.

Hasta ahora el libro ha sido inmortal como el espíritu, indestructible como el pensamiento, perdurando intacto a través de las épocas, gracias a la facultad que tiene de reproducirse en multitud de ejemplares y de morir para volver  a  surgir como el sol y como las estrellas que desaparecen del cielo para resucitar al siguiente  día, en un milagro tan antiguo como la propia naturaleza.

Otro de los privilegios del libro es el que le otorga su condición de faro de la verdad y de lengua de la historia: con más eficacia que la piedra, más fidelidad que el bronce, el libro guarda en sus páginas la memoria de lo pasado y la perpetúa entera en el muro de las edades.

Sin embargo, el avance de los medios electrónicos de comunicación reducen el mundo a un vecindario y, la humanidad, como si estuviese bajo secuestro cada vez percibe más imágenes visuales y sonoras, mientras se incrementa el número de seres humanos que se priva de disfrutar del anestesiante placer  de la lectura.

Por eso hoy EL JAYA da el grito de guerra contra la   alegada conspiración que pueda existir contra el libro: convirtamos a abril en el punto de partida para realizar una amplia e intensa cruzada en defensa del señorío que debe preservar el libro como fuente de deleite del espíritu del ser humano.