Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, Ed. 494
Viernes 09, de enero del 2009

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Cosas de mi tierra

• Ángel Rosa

El niño que repentinamente sufre algún trastorno extraño de salud, de inmediato se sospecha de algún mal de ojo. Ese muchacho está ojeado- o si tiene un pie más corto que otro o un ojo más chiquito, se acrecienta la sospecha y el temor de que es víctima del mal de ojo. Enseguida se procede a buscar a alguien experto para procurarle un ensalmo consistente en unas oraciones que nunca sabemos lo que dicen porque es rezado en voz baja y solo vemos el movimiento de las comisuras de los labios de la persona que practica el santíguo.

Para procurar casamiento alguna joven que está por echarle llave al escritorio, trata de buscar el jabón con que se aseó una recién casada la primera noche de boda. Otra esperanza que abrigaba una joven que espera matrimonio y le está cogiendo lo tarde, era atrapar ilusamente, el buquet de flores que era lanzado por la recién casada después de concluída la ceremonia nupcial. El temor a quedarse para vestir santos o jamona, empujaban a las muchachas a los más disímiles recursos, incluso hasta colocar de cabeza la imagen de San Antonio. Cuando se trataba de un varón, que veía que se alejaban todo tipo de esperanza, se recurría donde un brujo, para que este le preparara un trabajito y echárselo a la pretendida, para lograr un influjo que dominara su cuerpo y su mente y solo pensara en él. Por esta razón ninguna muchacha aceptaba ninguna prenda íntima o regalo sospechoso por temor a quedar encantada o atrapada con algo que pudiese estar embrujado.

Antes era común y corriente escuchar leyendas de personas que hacían pactos con el diablo, con el propósito de obtener dinero, salud, amor, larga vida, poder, etc., y que la fortuna le sonriera. Procurar hacer daño a alguien, acto de venganza, siempre era motivo para recurrir a la magia negra, donde se encontraba una larga lista de recetas macabras para dañar a enemigos, quitar maridos o novios, regresar a los perdidos, entre otros.

En los libros de magia negra se encontraba una serie de recomendaciones para diversos motivos: Para ganar el amor de una mujer y ser querido y que solo tuviera pensamiento para uno. Para conseguir dinero en abundancia; incluso hasta para hacerse invisible y penetrar a los lugares y robar sin ser visto. Los lugares recomendados para la práctica de estas manifestaciones diabólicas eran: media noche, proximidades al río, los cementerios, debajo de determinados árboles, etc. Los nombres característicos del enemigo malo en aquella época eran: Luzbel-Belcebú, el diablo, el demonio, etc. Las botijas eran una especie de recipiente de barro similar a una tinaja de mediano tamaño, conteniendo una indeterminada cantidad de onza de oro, nunca se ha llegado a explicar en qué consistían las famosas onzas. Por lo regular las botijas eran obsequiadas a alguien, que se hacía acompañar de otra persona -no más de dos- para que sacaran de pena a un alma que no podía descansar, ambos se distribuían el trabajo de la siguiente manera: uno se encargaba de la excavación y otro cuya responsabilidad consistía en pronunciar algunas oraciones y sostener una vela para con ella iluminar el macabro trabajo.

Se cuenta que mientras se realizaba esta lúgubre actividad de descubrimiento de la botija, permanecía por los alrededores el difunto que emitía quejumbrosos lamentos, conforme avanzaba el trabajo y que según la leyenda, arreciaba dramáticamente en la medida en que casi estaban a punto de desenterrar el preciado tesoro.

Por lo regular a quienes se le conocían abundantes bienes económicos y mejoría repentina de la noche a la mañana, se murmuraba con discreción: “fulano parece que se ‘jalló’ o sacó una botija”.