Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 445,
Edición 2
de julio del 2006, Rep. Dom.
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Delincuencia, Estado y Policía

La delincuencia se adueña de las calles.

Cada día la gente acumula más angustia y temor de ser la próxima víctima.

El temor e inquietud de la ciudadanía a esta espiral aterrorizante es mayor cuando se informa que agentes policiales son protagonistas también de múltiples acciones delictivas.

Un dato numérico aterrador es el que acaba de aportar el Dr. Vincho Castillo quien afirma que el 90 porciento de las bandas de malhechores están vinculadas a policías y militares.

Subrayamos este dato porque a la luz de la realidad que oprime al grueso de la población, saberse desprotegida y pagarle sueldos al enemigo que campea por sus respetos con uniforme y arma en manos, es para resumir el tétrico cuadro social que vivimos en esta paradoja: Eramos mucho y parió la abuela.

Esta situación se remonta a los tiempos en que, a raíz del ajusticiamiento de Trujillo, fue disuelta una banda de malhechos que dirigía un tal Balá.

Las autoridades de entonces al disolver esa asociación de vagamundos dicidieron enganchar a una parte de esos bandidos a la institución policial.

Como el ‘habito no hace al monge’ aquellos delincuentes no se regeneraron por el hecho de vestir el uniforme de policía.

Desde entonces, la complicidad de agentes policiales con ladrones e individuos de mal vivir se comprueba constantemente.

Que policías de diferentes rangos se repartían el botín con los ladrones era cosa común.

Ahora es frecuente ver que miembros de la institución participan personalmente en atracos, robos y asaltos.

Hay que reconocer que la policía nutre sus filas de miembros con personas que provienen de los sectores sociales más pobres y con la más baja escolaridad de la población dominicana.

Como empleados públicos los agentes policiales no tienen vacaciones, residen en barrios marginados donde conviven con delincuentes a quienes no pueden perseguir ni apresar por temor a la venganza; por su baja o ninguna preparación sus ingresos por sueldos no les alcanza para cubrir sus necesidades perentorias.

En otras palabras, los policías son empleados públicos socialmente marginados con enormes carencias económicas y no pueden organizarse en gremios ni en sindicatos.

Por no poder organizarse los agentes policiales nunca han sido incluídos en los planes sociales de ninguno de los gobiernos que ha administrado al Estado Dominicano.

Mientras las enfermeras, agrónomos y profesores -por ejemplo- se organizan y luchan por sus reivindicaciones hasta conseguir seguros médicos, apartamentos y mejoras salariales, el Estado Dominicano históricamente ha usado a la policía sólo para agredir y desbaratar sus marchas por la consecución de sus objetivos sindicales y gremiales.

Enumeradas estas cuestiones alrededor de la policía y sus agentes, se hace evidente la necesidad de que aparezca un teórico y asesor con influencias en el Estado como Monseñor Agripino Núñez Collado, para que ayude a trazar el perfil moderno y actualizado del policía que requiere el país para ahora y en los próximos 25 años.

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