Los otros inventos
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- Publicado el Sábado, 12 Enero 2013 13:10
- Escrito por Sergio Forcadell
Hay que reconocer que debido a los descubrimientos, el mundo ha dado enormes saltos de progreso. Gracias a la inteligencia, la creatividad, la dedicación, y la ambición, de personas calvas, con lentes gruesos, o con greñas desgreñadas, que han pasado gran parte de su vida con las narices pegadas en los microscopios, la humanidad goza de avances impresionantes.
Algunos de esos inventores se les conoce por su propio nombre, y debido a la importancia y la popularidad de sus descubrimientos, les han levantando, en justo pago, estatuas, o puesto sus nombres instituciones o avenidas. Son los casos de Henry Ford por el automóvil, Graham Bell por el teléfono, el doctor Alexander Fleming, por la penicilina, el doctor Jonas Salk por la vacuna contra la poliomielitis, o Louis Pasteur a quien se le debe el proceso de la pasteurización.
Pero hay otros inventores mucho menos conocidos como Peter Enhilen que hizo el primer reloj de bolsillo, evitando que tuviéramos que cargar a cuestas con un complicado mostrócolo lleno ruedecillas y manijas, acabando así con muchos de los retrasos y excusas tontas en las citas o en los trabajos.
También existen importantes logros ignorados para las grandes mayorías, como el impresionante holograma 3D de rotación 360º creado por la Universidad del Sur de California.
Pero, además, hay muchos otros inventos que podríamos calificar de "menores" que merecen una mayor reivindicación por cuanto su aparición ha sido trascendental para el desarrollo, o por lo menos, la convivencia, entre los hombres. Ahí está el resignado papel higiénico, que hace a diario trabajos sucios para las personas.
Se le acredita el primer intento a un señor llamado Gayetti quien en 1879 trató de comercializar unas hojas tipo manilas, sin blanquear, pero fue un fracaso.
Algunos años después el señor Walter Alcock en 1879 lo probó con grandes rollos de papel, pero el producto volvió a fallar.
Fueron los hermanos Scott, los de la reconocida marca a nivel mundial, quienes lograron a popularizar los rollos debido al que estos eran más pequeños y funcionales. Otra conquista, aún más importante para nosotros que llegar a planeta Marte, fue la pasta de dientes que ¡aleluya! hizo la conversación más próxima y duradera entre las personas y, sobre todo, posibilitó el beso más extenso y profundo entre hombre y mujer, incrementándose en consecuencia y hasta de manera alarmante, la población mundial.
En nuestras calurosas latitudes, deberíamos levantar miles de bustos en honor al inventor del desodorante, esa maravilla del aseo, ese salvador de axilas en pie de guerra, más notado por su ausencia que por su presencia, el cual apareció a finales del siglo XIX, en Filadelfia, con una mezcla de sulfato de potasio y aluminio y que, después de la segunda guerra mundial, fue comercializado con gran éxito por la firma Odorono ¿Se imaginan en la época colonial con esos vestidos tan largos, cerrados de pies a barbilla, con más capas de tela que un hojaldre relleno de suspiro, con unos sombreros calados hasta las patillas y por si fuera poco con la costumbre de pasar sin apenas saludar a la ducha o la bañera ? Hay miles de inventos menores más, desde el dedal de coser de nuestras abuelas, el pincho de pelo, pasando por el cortaúñas, los abanicos de mano, los zapatos sin cordones, hasta llegar al flaco y torneado palillo de los bares, cuya mención no caben en unas cortas líneas.
Las sociedades deberían reconocer con mayor notoriedad a los creadores de estos utilísimos productos. Después de todo, no se tiene que ir a la luna a diario, pero día tras día nos esperan los labios apasionados de las nuestras novias o esposas… o tenemos que levantar el brazo para bajar un archivo o parar un taxi. Y podemos hacerlo sin causar víctimas.

