Jue30102014

Actualizado a las: Jue, 30 Oct 2014 3pm

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Los pobres y sufridos peatones

Hay un dicho andaluz que reza "No hay peor desgracia que nacer ciego en Granada" en alusión a las bellezas de esta pintoresca ciudad, y refiriéndose de manera más específica a la Alambra, el Generalife, y tantas otras joyas arquitectónicas del arte árabe. De manera paralela, y en nuestro querido patio, podríamos parafrasear a la contra "No hay mayor desgracia que ser peatón en la ciudad de Santo Domingo" haciendo alusión a las dificultades que debe pasar un pedáneo que se atreve a caminar por las calles y aceras de la capital.

Señores míos ¿se han preguntado todo lo que uno debe afrontar si sale por el mundo a pelo, sin la protección blindada de un vehículo? En primer lugar, hay que reconocer que a la inmensa mayoría de los dominicanos no nos gusta ir en el carrito de San Fernando, ese de unos ratos a pie y otros andando, salvo los que van a los parques y lo practican como un ejercicio para bajar de peso o estar saludable. Y es que son muchas las circunstancias que dificultan el ser peatón en nuestro querido país.

En primer lugar está el clima, con un verano perenne de calores tropicales, si nos atrevemos a ir al trabajo o de compras a pie, a los diez o quince minutos estamos tan sudados como hubiésemos estando abriendo una zanja, y eso desdice mucho de la higiene personal de la que, en justicia, podemos presumir tanto. Dice otro dicho popular muy simpático, que somos el país de María Santísima, dónde a la casualidad le llaman chepa, al peso tolete, y el día más claro llueve.

No sabemos bien si la primera o la segunda parte de la sentencia son verídicas, pro la última, lo que el día más claro llueve, esa es verdad total. Uno sale con un sol brillante y con eso del cambio climático, en un dos por tres ¡zas! le cae un chaparrón sin avisar que le pone más aguado que una sopa de hospital.

La segunda razón de por qué no somos peatones, se centra en el peligro que significa el tráfico anárquico y vandálico que nos gastamos. Un peatón capitalino debe estar más alerta que los radares antimisiles de los Estados Unidos, pues debe cuidarse del automóvil que se sube a la acera para parquear donde no debe, o al cruzar un paso de cebras, con o sin semáforo, que es donde los conductores pisan con más gusto el acelerador, de la voladora que va echando carreras con otro competidor a la caza de pasajeros, del motor que circula temerariamente en contra dirección, y de tantas otras barbaridades del manejo temerario a nivel nacional.

La tercera, es el estado de las aceras, tan deplorables, tan llenas de hoyos, tan deterioradas y tan sucias que perecen concebidas expresamente para que nadie salga a pasear. Y ni se diga si usted trata de llevar un niño pequeño a dar un vuelta en un cochecito de bebés, tiene que sortear más dificultades que un rally Paris-Dakar, si lo duda, inténtelo con su hijo o su nieto a ver si tenemos o no razón. La cuarta deficiencia es la delincuencia, como está el malandro al pecho y el criminal al acecho, andar sólo por la ciudad es comprar unos cuantos números en la lotería delincuencial para jugarse la cartera, el celular y hasta el pellejo.

La quinta razón el la presión social, si usted va a pie por el mundo está expuesto a que le suceden cosas como esta: ¿Oye, viste a Fulano? ¡iba a pie por la calle! ¿Cómo? ¡a pie! ¿Se quedó sin carro? ¿Lo habrá tenido que vender? Eso es que Fulano está en malas, no podemos hacer aquel negocio que nos propuso… y es que aquí, donde la yipetocracia de lujo funciona como símbolo de poder y de éxito, no podemos asimilar que alguien vaya caminando por el sólo gusto de caminar. De ahí que cuando se conjugan todas estas circunstancias en contra, el placer de andar, de ver la ciudad sin prisas, de mirar escaparates, y hasta de saludar con cortesía a la gente que se nos cruza, es algo casi imposible de lograr. Qué lástima.