De controversial, puede ser catalogado éste tema, pues aparte de ponernos la piel de gallina, nos intriga, y ¿porque no?…¡Nos apasiona!
Las generaciones anteriores crecimos bajo la fuerza del dogma; las afirmaciones de los mayores tenían que ser aceptadas sin refutar, dudar o criticar especialmente si de religión se trataba; y así fuimos creciendo, recogiendo informaciones incompletas, oídas al pasar y los más atrevidos (yo por ejemplo) conseguimos libros que deborávamos, ávidos de conocimientos.
¿Qué nos impulsaba a ir más allá? Muchas veces notamos que “nuestros predicadores de moral no ajustaban su conducta a su palabra”, y se apoderaba de nosotros un vacío inmenso.
La falta de comunicación unida a la carencia de conocimientos, creó la brecha generacional. ¡Nuestros mayores no tenían respuestas!, pues estaba catalogado de pecado, salir de los temas establecidos.
¡Ah, eso sí!, todos o casi todos poseían un amuleto para evitar el mal de ojos y mala suerte, y las casas protegidas con cruces de azúl añil, para que las brujas chupadoras de niños inocentes no se acercaran.
Se hablaba en voz baja sobre maldiciones que familias habían heredado porque uno de sus antepasados había hecho un pacto con la fuerza del mal. Personas idas a destiempo se aparecían en los caminos dando lugar a innumerables narraciones de muertos y ‘asomos’.
Estaban a la orden del día los apodos y bautizaban con el nombre que señalaba el almanaque “Bristol” (todavía existente) y te llamaban con el sobrenombre establecido, para que si alguien quería hacerte daño (o brujería) no pudiera conocer tu verdadero nombre jamás.
El sentido espiritual verdadero no es expresaba libremente y se convertía en superstición callada. Cada sábado la casa se limpiaba minuciosamente y la quema de inciensos en una latita agujereada que alguien blandía por toda la casa, pasando el humo hasta debajo de la cama.
Los baules llenos de ropa blanca con sus ramitas de pachulí para la suerte y el amor. Se hablaba de budú, vacá y no faltaba un personaje encargado de erradicar enfermedades, pues era conocedor de misteriosas y poderosas oraciones conocidas con el nombre de “Ensalmos”. En estos rituales se usaban plantas, huevos y hasta animales vivos, siendo los más usados el sapo y la hicotea.
Novenas, cuarentenas, revocaciones y una mezcla de influencia africana y religión tradicional envolvía a muchas atormentadas cabezas, en su ‘fanatismo’ desesperante. Resguardos tomados protegían a nuestros mayores, que a la hora de morir pasaban largas agonías por no tener conocimiento para afrontar el momento de la transición.
Ha pasado el tiempo y la libertad de culto y expresiones nos dejan transmitir conocimientos y por éste medio en mi sección de Historias Espirituales iré desglosando estos temas que gracias a Dios han dejado de ser tabúes.










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