Estamos en la época donde cualquier cosa se hace viral. En el contexto histórico en el que ciertas realidades sin fundamento, pero sí llamativas e interesantes para el entretenimiento de las personas, pueden adquirir fama en fracciones de segundos y ser vistas por millones de personas, simplemente porque fue compartida por otros que, aunque a lo mejor no aporte nada a la sociedad ni mucho menos al mundo, provoca risa y morbo, y ya eso es suficiente para que muchos lo compartan con los demás.
La gente quiere darse a conocer. Desea salir del anonimato, volverse figura pública, aunque no llegue a ser cantante, actor, actriz o algún personaje querido en la comunidad nacional e internacional. Por eso hoy contamos con canales de YouTube y TikTok, opciones para subir fotos y videos en Facebook, de igual manera en Instagram. La idea es que otras personas sepan quién soy, qué hago, cuáles son mis gustos, y presentar mi figura personal en diferentes ambientes, para obtener comentarios, felicitaciones y sobre todo un me “gusta” de parte de los demás, que traducido en palabras llana, el me “gusta” sería un gesto de cariño, aprobación, aceptación, etc.
Las personas son creativas a la hora de subir alguna historia personal en las redes sociales, en colocar algo llamativo y bonito; en cuidar los detalles de las fotos y presentaciones, porque como tienen necesidad de aprobación, al tener autoestima baja y carecer de identidad, hacen de todo para que los demás los premien. Es como si para ser feliz, necesitaran de la opinión y valoración de quienes les rodean. De aquí que no es de extrañar que, para llamar a la atención, algunas mujeres y también hombres, tengan que acudir a la práctica de subir fotos semidesnudas, volverse niños haciendo todo tipo de musarañas para que la gente los aprecie y lo acepte.
Las redes han hecho que nos mudemos de lugar. Ya no vivimos en la realidad, nos mudamos para el mundo virtual. Queremos fama, estar a la moda. Sentir que tenemos audiencia, personas que leen y miran nuestro contenido. En otras palabras, hacemos de todo para sentirnos importantes, admirados y reconocidos. Es decir, creemos que fuera del mundo cibernético, no existimos. Incluso, nuestra mente poco a poco nos está diciendo que lo real y único es estar delante de una computadora, fijo en una table o sentado utilizando un celular.
En definitiva, estamos siguiendo la manada. Encaminados hacia el hombre-masa del filósofo español Ortega y Gasset, que en su libro: “La rebelión de las masas”, describe justamente a un ser humano que como no sabe lo que quiere, opta por seguir a los demás, porque ha perdido su identidad, no tiene dirección. Ya lo dice el refrán: “¿A dónde va Vicente? A donde va la gente”. Por consiguiente, se está vendiendo la idea que solo existimos en el internet, y a lo mejor nos lo estamos creyendo, porque una gran cantidad de nuestras horas nos la pasamos sumergidos en las redes. Ahora bien, que no se nos olvide, la tendencia pasa, pero la realidad queda…











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