Corría el año 1979 cuando llegué a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UASD. En el ambiente político del país, aún quedaban algunas tensiones de la época de los doce años, pero los ánimos estaban más distendidos. Venía del Curne-SFM, del Colegio Universitario y no estaba seguro de la decisión tomada de estudiar derecho, pues mi intención había sido estudiar ingeniería, hasta que la boleta del test de aptitudes del Departamento de Orientación cambió mi rumbo.
Mi papá que ha sido siempre un hombre enjundioso, con un pensamiento preclaro que ve más allá de sus narices, cuando vio el volante con el resultado de mi evaluación, me miro, aun sosteniendo el papel en su mano derecha y solo atinó a decirme «…pero los abogados pican bien». Esa expresión de madurez y enjundia que como premio de consolación buscaba aplacar mi desazón, tampoco me convenció.
Llegue a la Capital en un carro público de los que todavía viajaban y llevaban la gente a domicilio, mi destino era la casa de mi tía Rosa. Allí desmonte una vieja maleta que contenía mis pertenencias y mis aprensiones por todo lo que estaba sucediendo. No estudiaría lo que me gustaba, me alejaba del hogar materno, de mi entorno, dejaba atrás la cacería, los ríos, la pesca y amigos entrañables, pero sobre todo, esa forma de vida de hombre libre que me había dado, saltando charcos y levantando el polvo de la carretera en mi Honda XL100. Tierra en los ojos, lluvia en la cabeza y escasas preocupaciones.
El viejo edificio Calazans en el suroeste del campus universitario, se mostraba imponente a mis ojos a pesar de un descuido que ya se notaba. Mi primer encuentro con la carrera fue “introducción al derecho”, con el profesor José Joaquín Bidó Medina, que llegó puntual como siempre. Era un hombre alto, impresionante, amable y siempre sonriente, su conversación distendía pues se dirigía a nosotros como “mis queridos alumnos”, frase que regularmente pronunciaba. Bidó Medina tenía dos jornadas con nosotros en la semana, de dos horas cada una y eran verdaderas conferencias, donde ponía de manifiesto su inteligencia, su capacidad para manejar todo aquel entorno y, por supuesto, su erudición. Era lo que se dice un jurista de los pies a la cabeza.
Comenzó su cátedra hablándonos del derecho antiguo, camino por la historia de los caldeos y asirios, para detenerse en Roma y todo lo que significó la magnífica historia jurídica del imperio más grande del mundo antiguo. Cicerón fue tocado con total fruición y deleite por sus extraordinarias condiciones de orador del foro romano. Los once discursos contra Catilina conocidos como “Las Catilinarias” y sus discursos contra el Rey Filipo que se conocen como “Las Filípicas” fueron desmenuzados con la maestría que caracterizaba a José Joaquín Bidó Medina. Era un verdadero banquete de historia antigua, filosofía y derecho que aquel hombre amable y empático con nuestra ignorancia, nos brindaba dos veces a la semana.
Aquel grupo abigarrado de estudiantes, que venían de diversas partes del país, con la ilusión de estudiar una carrera, que para la época era bien valorada en el ambiente profesional de la nación. Cuando concluyó la clase con aquel grupo, se puso de pie y con un amable “buenas tardes” se despidió de nosotros. Lo miré perderse en el pasillo de la tercera planta de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UASD y me convencí, en ese preciso momento, que esa era la carrera que quería estudiar.
Las siguientes cátedras que nos impartió reafirmaron mi convencimiento de su estirpe jurídica, erudición y proverbial don de gente. Era placentero escucharle pues se movía en el derecho como “pez en el agua”. Las siguientes intervenciones del maestro fueron proverbiales. Nos paseo por las opiniones de Hegel, Comte, Kant, Spinoza y se detuvo a explicar los planteamientos de Kirchmam, cuando le negaba el carácter científico al derecho: “Las flores crecen y los pájaros cantan desde los tiempos de Plinio, pero una decisión del legislador, convierte en basura bibliotecas entera”. En algún momento le escuché explicar la importancia de la filosofía y su estrecha relación con el derecho. En fin, haber estado en un aula universitaria con este hombre como profesor, era todo un privilegio que a muchos nos correspondió.
Haber recibido la infausta noticia de su fallecimiento es un golpe que deja apesadumbrado y triste, no solamente a su familia, sino también a sus amigos, su organización política y sus alumnos, sobre todo a los que como yo, supimos apreciar toda esa sapiencia que fluía de su bien amoblado cerebro.
Este pasado domingo 28 de mayo abandonó el mundo terrenal José Joaquín Bidó Medina, a la edad de 91 año, era un hombre amable y solidario, íntegro, honorable que dio sus mejores años a la formación, a la política y al servicio público, que no se manchó con el oro corruptor y estuvo alejado de las tentaciones y ofrecimientos que ocurren cuando se está ligado a la fuente primigenia del poder político. Con una honradez a toda prueba, José Joaquín Bido Medina dignificaba la carrera del derecho y la función pública y que en su vida privada, estuvo alejado de escándalos y acciones vergonzantes.
Como todo ser humano cometió errores, pero los que pudo haber cometido nunca fueron significativos, ni opacaron su don de gente. En una ocasión, en un acto público en la Capital, mientras me desempeñaba en el Ministerio Público, me encontré con el querido profesor y le comenté que él era el responsable de que yo fuera abogado, se rió de buena gana y me hizo contarle la historia.
Hay personas a tu alrededor que marcan, con su impronta, tus decisiones y tu vida futura, a veces sin imaginárselo, Bido Medina para mi, fue una de esas personas. La historia ha reservado un espacio a quien, sin lugar a duda, fue uno de los más excelsos catedráticos de las ciencias jurídicas del país, y hombre comprometido social y políticamente con sus ideales que perdurará por siempre. Muy pocos como él, se van de este mundo con un “simple maletín de manos” y sin proveerse de la moneda para Caronte.
Paz a su alma.











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