¡Hasta el agua engorda!
Solía decir Gregorio Paulino en sus años mozos, respecto de vivir en los Estados Unidos. La ropa huele diferente a la de aquí, seguía diciendo con vehemencia el muchacho.
En aquellos tiempos en los años 80, la magia de vivir en Nueva York, convertía en mito a esa ciudad. Y no era para menos, ya que todo viajero se empeñaba en dar la percepción de que así fuera, de que hasta el agua engorda.
Hoy a cuatro años de haber migrado a la capital del mundo, conscientes de que todo lo dicho por los jóvenes de entonces eran mitos, puedo contactar que ni el agua engorda, ni la ropa nueva huele, y mucho menos se recogen los dólares que se solía pensar que las gentes tiraba a la calle.
Cuatros años han sido más que suficientes para haber perdido la mitad del cabello, el cien por ciento de la capacidad de las conquistas amorosas, la pérdida progresiva de mi masa muscular, y para colmo, asisto al médico por primera vez a un chequeo rutinario, y me diagnostican sesenta y dos años de edad.
Fin

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