La inauguración del Hospital Regional Universitario Dr. Ángel María Gatón en San Francisco de Macorís debe ser vista, ante todo, como una inversión pública de considerable envergadura de más de 10 años de espera.
Más allá del justificado entusiasmo que una obra de esta magnitud genera, es imperativo analizar desde la óptica de la prudencia fiscal y la responsabilidad administrativa. El Estado ha destinado más de 9 mil quinientos millones de pesos en la primera etapa, y su éxito no debe medirse por la ceremonia de inauguración, sino por su capacidad para operar de manera eficiente y sostenible en el tiempo.
En este sentido, el anuncio de un cronograma de apertura escalonado es una señal de sensatez. Es preferible un inicio gradual y controlado, que comenzará a finales de 2025, a una apertura apresurada que ponga en riesgo la calidad del servicio y la integridad de la inversión. Este plan, que culminará en marzo de 2026, será el primer examen riguroso para la capacidad de gestión del Servicio Nacional de Salud.
La creación de un voluntariado compuesto por miembros respetados de la comunidad es, quizás, la decisión más acertada para salvaguardar el futuro del hospital. Este organismo representa una oportunidad para ejercer una necesaria vigilancia ciudadana sobre la administración de los fondos y la calidad de la atención. Su rol no debe ser meramente protocolar; debe ser una entidad fiscalizadora, activa y comprometida con la transparencia y la rendición de cuentas.
Finalmente, es menester recordar que la responsabilidad sobre este bien público es compartida. Desde el personal médico y administrativo, que tiene el deber de ofrecer un servicio de excelencia, hasta los propios ciudadanos, que deben asumir el cuidado de las instalaciones como propias, todos tienen un papel que desempeñar.
El Hospital Dr. Ángel María Gatón tiene el potencial de ser un modelo de lo que la inversión pública bien dirigida puede lograr. Pero para que esa promesa se cumpla, se requiere más que discursos y ceremonias. Se necesita una cultura de gestión austera, un compromiso inquebrantable con el mantenimiento y un profundo sentido del deber por parte de todos los involucrados. El verdadero legado de esta obra no será su tamaño, sino su capacidad para perdurar como un pilar de salud eficiente y bien administrado para la región.











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