El amor por sus hijos y el deseo de emprender forjaron a un hombre apasionado por los negocios. Con apenas nueve años, observaba cómo los adultos se ganaban algunos centavos vendiendo tortas y decidió hacer lo mismo. Mientras otros pasaban días enteros en una finca por cinco centavos, él lograba ese dinero en pocas horas. “Desde pequeño quise ganarme lo mío”, explicó don José, con una mirada cargada de orgullo y satisfacción.
Don José Antonio Díaz Díaz nació en Quiringo, Villa Riva, y llegó a San Francisco de Macorís cuando apenas tenía dos años, traído por su familia. Sus padres, ambos oriundos de Puñal, Santiago, echaron raíces en esta ciudad, donde él creció y se formó a fuerza de trabajo. Tuvo una hermana mayor, quien falleció.
Su educación formal llegó hasta quinto grado de primaria, pero su escuela real fue la calle, el mercado y los talleres. Desde niño evitó depender de nadie. Según relató, prefería ganarse el dinero para comprar su ropa y pagar sus cosas. “A mí me da vergüenza que me regalen”, dijo, dejando claro que su independencia fue un principio.
Con los años aprendió un oficio. A los 12 entró a un taller de banistería y a los 15 ya trabajaba como banista. En esa etapa se propuso aprender “hasta de madrugada” si hacía falta. Esa disciplina lo llevó a dar un paso fuera del país: vivió un tiempo en Estados Unidos, donde acumuló herramientas con la idea de instalar un taller en San Francisco de Macorís. Sin embargo, se desencantó por la delincuencia que percibió en esa época y regresó para emprender aquí.
En busca de nuevas alternativas, también decidió iniciar la venta de yun yun, conocido popularmente como (frío frío), una apuesta que generó un impacto sorprendente en la zona, impulsada por la alta demanda de estudiantes de colegios y centros educativos cercanos.
Antes de levantar el negocio que con el tiempo lo haría conocido, don José se dedicó a la ebanistería y actualmente es propietario de la librería El Niño, un establecimiento que supo reinventar al combinarlo con la venta de yun yun (frío frío), integrando ambos servicios en un mismo espacio. Sin embargo, a inicios de la década de los años 80, los cambios en la economía transformaron por completo su realidad.
Según explicó, la devaluación del dinero y el alza acelerada de los precios afectaron gravemente el negocio: artículos que antes vendía a 110 pesos tuvo que ofrecerlos en 600, mientras los ingresos de la población permanecían estancados. Ante ese panorama, tomó una decisión determinante: cerrar la mueblería y emprender un nuevo rumbo.
Así nació el emprendimiento que sostuvo su hogar: los “yun yun” (frío frío), un negocio que instaló y mantuvo en la calle Salcedo, esquina San Francisco, donde aún opera. La idea se conectó con lo que ya conocía: vio máquinas similares en negocios cercanos y aprendió sobre sabores gracias a personas que lo orientaron en el camino. Con ayuda de su cuñado, que era electricista, armó su primera máquina a partir de piezas de otras. Arrancó, y el resultado lo sorprendió.
El negocio se convirtió en punto de encuentro.
Don José recordó jornadas que se extendieron hasta la madrugada por la cantidad de clientes. La cercanía de varios centros educativos con varias tandas empujó la demanda. En medio del esfuerzo, él sostuvo una meta fija: su familia.
En su historia, los hijos ocuparon el centro. Tuvo tres hijos, pero uno falleció. Le quedaron dos. También formó una descendencia que mencionó con precisión: cuatro nietos (tres varones y una hembra) y un bisnieto. Para él, esa fue la mayor riqueza. Y lo resumió con una frase que definió su vida:
“Y luchar para seguir progresando, educar a mi muchacho y avanzar en la economía.”
Ese propósito lo empujó a soportar obstáculos que pocos ven desde afuera. Señaló épocas en que en la zona no había agua, y él tuvo que buscarla en una Vespa con un carretón por comunidades cercanas. También enfrentó problemas para conseguir hielo, en tiempos de poca luz y limitada producción. Se levantaba antes del amanecer y pagaba más para asegurar bloques en mejores condiciones. “Esa es la vida. Nada es fácil”, concluyó, al recordar ese tramo.
Hoy, José acumula 45 años en el negocio de los yun yun, desde 1980, una constancia que, en su caso, se midió en sacrificio, horarios duros y decisiones rápidas cuando el contexto lo exigió.
Al hablar de su identidad, se definió con una palabra: “un luchador”. Y cuando le tocó dejar un mensaje a los jóvenes que sueñan con emprender, no adorno el consejo: pidió que se alejaran de la droga y los vicios, que apostaran por la educación y el trabajo. Dijo que el comercio atravesó momentos difíciles y que “no hay dinero en la calle”, por lo que el enfoque y la disciplina marcaron la diferencia.
La historia de don José no giró solo en torno a un producto frío. Giró en torno a una decisión caliente: trabajar por sus hijos y convertir una idea en sustento. Quedó también el testimonio de un hombre que convirtió su frase en ruta: educar progresar, y avanzar.












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