El pasado sábado 3 de enero el imperio estadounidense agregó a su oscuro historial una nueva página de sangre y agresiones en el continente americano, que hacen 200 años se autoproclamaron ser su dueño. El criminal bombardeo a instalaciones militares y civiles venezolanas dejaron como consecuencia más de medio centenar de muertes y varias decenas de heridos. Asimismo, destruyeron numerosas edificaciones.
Los norteamericanos actuaron con precisión milimétrica, exactamente como lo han hecho en toda su historia: fabricar, mercadear y comercializar mentiras; desinformar; manipular y utilizar el miedo como instrumento (que es una respuesta psicológica natural de todo ser humano ante un eminente peligro) para entonces proceder a su experimentada diplomacia coercitiva, haciendo uso de la amenaza, el chantaje, el aislamiento político y la sanción económica; el bloqueo comercial, financiero, tecnológico y naval y finalmente la fuerza militar cuando en cualquier país un gobierno no responda a sus espurios intereses y junto a su pueblo no esté en la disposición de arrodillársele.
Violaron con todo descaro leyes, tratados y convenios internacionales que protegen los derechos humanos y la autodeterminación de los pueblos y naciones de construir su futuro sin injerencia foránea. Tienen muy bien ganada la medalla y el honor de ser los máximos exponentes y primeros en practicar de los que ellos acusan a otros. ¡Revisen la historia!
Igualmente, el presidente dominicano está violando protocolos y leyes nacionales cuando presta nuestro territorio para que, quienes nos invadieron en 1916 y 1965 bloqueando la reinstalación del gobierno constitucional de Juan Bosch, agreda pueblos hermanos. ¡Qué vergüenza, qué asco da comportamiento tan servil y humillante, carente de dignidad!
Las sistemáticas agresiones que el imperio estadounidense está desarrollando en diferentes puntos y regiones del planeta, que incluye su propia población, es un fiel reflejo de la crisis en que está envuelto; una manifestación de debilidad y desesperación que lamentablemente se expresa con el uso de violencia y más violencia. Ahí está el gran peligro que actualmente corre Latinoamérica y el mundo frente a una fiera herida y hambrienta.
Desde que el presidente norteamericano James Monroe proclamara en 1823 la frase “América para los americanos”, hoy conocida como la doctrina Monroe, se constituyó en la plataforma de la política exterior estadounidense que evidentemente tenía y sigue teniendo fines claramente expansionistas y de control, tanto en el continente americano como fuera de él.
Los ocultos y malsanos propósitos de esa doctrina rápidamente quedaron al descubierto en menos de 3 años cuando el libertador Simón Bolívar convocó en Panamá, 1826, al Primer Congreso Panamericano, cuyo fin era reunir a todas las naciones del continente en procura de lograr avances comunes a través de la unidad. ¿Pero, ustedes saben que pasó? La delegación estadounidense al percibir el peligro que para sus planes expansionistas significaba la integración hispanoamericana, rápidamente decidió retirarse.
Como pueden apreciar, a los Estados Unidos de Norteamérica NUNCA le ha interesado, ni le conviene la unidad o integración latinoamericana con su propia agenda de desarrollo. De ahí que, no es extraño que hoy su cabeza visible, el mitómano Donald Trump, declare con toda desfachatez que el petróleo y otras riquezas venezolanas le pertenecen. ¡Se han creído que serán por siempre los dueños y señores del planeta!
Ante un peligroso ladrón, el pueblo venezolano y todos los pueblos latinoamericanos tienen por delante un nuevo desafío en la defensa de su independencia y recursos naturales. La UNIDAD es la llave maestra para impedir que el lobo continue su camino de sangre y agresiones en nuestra región, la que no puede seguir siendo su sirvienta o patio trasero.











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