Desde su espacio dedicado a la infancia, el Núcleo de Escritores de la Región Nordeste se complace en presentar un nuevo cuento del joven autor Daniel Sánchez, titulado El descubrimiento de un escritor.
El descubrimiento de un escritor
Había una vez un niño al que su hermano llamaba Millas. Era el más querido de la casa, no porque fuera perfecto, sino porque siempre andaba con una sonrisa y un lápiz en la mano.
A Millas le gustaba escribir. Tomaba hojas sueltas y en ellas inventaba cuentos: unos hablaban de animales que conversaban, otros de niños valientes, y algunos parecían pedacitos de su propia vida. Para él, escribir era un juego, como correr o saltar.
Un día, sus padres recibieron una visita. Mientras los adultos conversaban, Millas se acercó con timidez y dijo:
—¿Quieren escuchar un cuento?
La joven que visitaba la casa aceptó con gusto. El niño comenzó a leer. Primero leyó un cuento, luego otro, y al final una pequeña autobiografía que había hecho para la escuela. Cuando terminó, la joven lo miró sorprendida y le dijo:
—Sigue escribiendo. Algún día vas a publicar tus historias. Tienes una imaginación muy bonita.
Aquellas palabras se quedaron en el corazón de Millas.
Desde entonces, escribió más. Escribía en cualquier momento: en la mañana, en la tarde, y hasta cuando todos dormían. Su madre, al verlo tan concentrado, le preguntaba:
—¿Qué haces tanto en mi escritorio?
Y él, sin levantar mucho la cabeza, respondía:
—Ya casi termino… solo escribo.
Un día lo llevaron a un periódico de su comunidad. Allí le mostraron cómo se hacían las noticias y los cuentos. Le preguntaron si le gustaría ver algo suyo publicado. Millas no dijo nada, pero movió la cabeza con entusiasmo. Sus ojos brillaban.
Con el tiempo, sus historias crecieron con él. Le gustaba escribir cuentos que enseñaran algo bueno: el respeto, la amistad, la honestidad. Sentía que, a través de sus palabras, podía ayudar a otros niños.
Cuando cumplió doce años, se hizo una pregunta:
—¿Dejaré de escribir ahora?
Pensó un momento… y sonrió.
—Creo que no.
Ya no estaba solo. Tenía un compañero fiel: su imaginación. Con ella elegía títulos, dibujaba personajes y llenaba cada espacio libre de ideas. Su aula de clases se convirtió en un lugar perfecto para observar, pensar y crear.
Entonces descubrió algo importante: sus dedos podían decir lo que a veces sus labios no lograban expresar. Con ellos podía contar lo que sentía, lo que soñaba y lo que imaginaba.
Entendió que sus dedos eran mágicos. Y también comprendió que no hay mejor amigo que un lápiz y un papel, porque en ellos caben historias, alegrías y sueños.
Así comenzó la historia de un joven escritor.
Un escritor que solo necesitaba dos cosas: un lápiz y un papel.
Ese escritor se llama Daniel Sánchez Muñoz.
Y su historia… todavía no termina, porque aún quedan muchas líneas en blanco esperando ser escritas.











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