La vida a veces te juega malas pasadas. Mientras me encontraba de viaje y recién llegado a mi destino, recibí la infausta noticia: “el Don murió”, el mensaje, a pesar de lo corto, era explicito. Se refería a mi papá: Ramon Marcelino García Hilario, quien, aunque no me dio el ser, me enseñó a vivir, y se había marchado al “otro barrio”. El refrán popular lo dice muy claro: “padre no es el que engendra, sino el que cría” y por supuesto la mayoría de las veces, el que engendra tiene la doble calidad, lo cual no fue así en mi caso.
Papamón, como le llamábamos familiarmente, casó con una hermana de mi mamá, quien, por su temple y carácter fuerte y decidido, se convirtió en la “matriarca” de la familia nuestra, yo paso a ser desde muy tierna edad, el hijo que no tuvieron entre ellos, aunque el ya tenía un primogénito, a quien desde siempre he llamado hermano. Así las cosas, pasé a ser criado por ellos.
Mi papá fue un hombre iletrado, pero con una formación de hogar que lo convirtieron en un hombre amable, respetuoso, honrado y trabajador, quien con su esfuerzo y el de su compañera, formaron un pequeño imperio financiero que aún hoy se mantiene. Los valores que nos enseñaron han marcado mi existencia, si hoy quienes me conocen tienen una palabra de elogio para mi o reconocen alguna prenda moral, es el resultado de lo que ese hombre, que baja al cadalso llevando un sencillo “maletín de mano”, me enseñó en su momento.
Nunca le conocí enemigos, acusación de ningún tipo y que recuerde, la justicia para él fue un sistema que nunca conoció, porque nunca dio motivo para ello. No fue un padre de discursos ni peroratas, el camino que nos mostró, lo hizo con el ejemplo, con el devenir de su propia historia.
Trabajador y visionario, inicio tipos de negocios que eran desconocidos para la sociedad de entonces, y tenía un don único para ellos, era una especie de “rey Midas” todo lo que tocaba lo hacía oro. Siempre contaba su historia: tuvo que abandonar la escuela pues la situación de la familia era precaria y había que trabajar para coadyubar con el sustento de los demás.
Comenzó en Güiza vendiendo leche en un caballo y trabajando la tierra como obrero del campo, hasta que se dio cuenta que eso lo convertiría en un campesino más, sin futuro y sin posibilidad de lograr fortuna. Emigró a la ciudad y trabajo en muchas cosas y tuvo varios negocios. Comenzó como proyeccionista en el “Teatro Juanita” ubicado en la calle San Francisco y allí aprendió a colocar los rollos en los proyectores, unos enormes carretes de película de celuloide, que el técnico colocaba indistintamente en uno u otro proyector para mantener la secuencia del filme.
Trabajó en el “Bar la Cervecera” de la calle El Carmen y contaba que aprendió a tomar whisky, bebida que nunca cambió, allí conoció a mucha gente importante de la ciudad incluyendo a su amigo Edgar N. Acra, quien unos años después, siendo propietario de un bar-cafetería en la Calle San Francisco esquina Salomé Ureña, le aconsejo: “Ramoncito, aprende a firmar y haz una cuenta de banco, eso da prestigio comercial”, así lo hizo y hasta la hora de su muerte, fue cliente del Banco Popular Dominicano.
A finales de la década del 60 viajó a Puerto Rico la primera vez y conoció un área de negocio no explotada, consistentes en alojamientos individuales tipo “bungalow” y así nació el “Hotel San Ramón” que quedaba exactamente a un kilómetro de la ciudad en las afueras–posteriormente el progreso se encargaría de integrarlo a ella–ese proyecto lo replicó en la carretera a Las Guáranas con el “Motel Honduras”. tuvo un par de bares, el más popular fue “el Manguito” a la altura del puente sobre la “Cañada Grande” en la salida a Nagua.
Unas negociaciones lo hicieron propietario de “Almacenes Duarte”, empresa ferretera fundada por Don Octavio Torres, la cual regenteó por unos veinte años. Cuando me recibí de abogado me hizo un agasajo donde acudieron mis compañeros de estudio, recuerdo que me dijo:
“–Mire yo voy a coger 20 mil pesos, le doy diez a usted para que instale su oficina y yo cojo los otros y los pongo a negociar, ¡en cinco años vemos quien está mejor–mi respuesta fue instantánea–oh! Usted”.
Me estaba diciendo: cuelga ese título y dedícate a lo que realmente produce fortuna. Al cabo de unos días le pregunte por los 10 mil y su respuesta fue rápida: “¡Que pasa papo, era jugando!” Era un hombre inteligente, de una lógica formal muy desarrollada, muchas de las cosas que construyó la dirigió él; era metódico y disciplinado, desayunaba a la misma hora, almorzaba por igual cada día al mediodía y hacia siesta como buen seguidor de la tradición española. Desarrolló una costumbre de tomar un solo trago de whisky con hielo antes de almorzar y antes de la cena, pero solo uno en cada caso. Después me enteré que esta práctica es una especie de digestivo y una estimulación gástrica.
Esa inteligencia y su desarrollada lógica formal lo condujo a buscar soluciones a problemas del diario vivir. En la década del 70’s compro un terreno en la Bienvenido Fuertes Duarte, que le bordeaba la quebrada grande, muchos pensaron que lo habían estafado, pues allí no hay futuro decían, pero se inventó un muro de contención construido con viejos chasis de camiones como estructura de acero y concreto armado, a partir de ese momento la “quebrá” no se ha movido una pulgada. Ese era su ingenio, su visión del mundo circundante, un carácter y un deseo de progreso tallado con delectación de artista, crearon la figura de uno de los hombres que más admiro en mi vida.
Si aquellos que me estiman y valoran, reconocen prendas en mí, son hechura de Ramón Marcelino García.
(*)Amado José Rosa es periodista y abogado.











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