Hay personas que viven ofendidas, resentidas y amargadas porque han aprendido a interpretar cada acción de los demás como algo personal.
Si alguien no llama, sienten que no les importa.
Si alguien cambia de actitud, piensan que hicieron algo mal.
Si alguien los critica, sienten que deben defenderse.
Si alguien se aleja, buscan inmediatamente un culpable.
Y así, sin darse cuenta, terminan entregando su paz emocional a las decisiones de otras personas.
Una frase que utilizo con frecuencia en mis talleres dice:
“Las personas no te hacen cosas; las personas hacen cosas. Y tú decides si te afectan o no.”
Esto no significa permitir que otros nos maltraten, ni negar lo que sentimos. Significa aprender a diferenciar lo que pertenece al otro de lo que nos pertenece a nosotros.
Las decisiones, palabras, actitudes y comportamientos de los demás pertenecen a su mundo. Nuestra respuesta, nuestros límites y la manera en que decidimos procesarlos pertenecen al nuestro.
Cuando dejamos de apropiarnos de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, dejamos también de vivir buscando culpables.
Y aparece algo maravilloso: la libertad de no cargar con lo que no nos corresponde.
Quizás muchas veces no necesitamos cambiar lo que los demás hacen.
Necesitamos dejar de convertirlo todo en algo personal.
Porque no todo lo que alguien hace habla de ti. Muchas veces habla de quien lo hace.
Y comprenderlo puede ser el comienzo de una vida mucho más ligera.
Carmen Guillermina De Jesús, Psicóloga Clínica M.A.











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