¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol». Con estas palabras inmortales, el Eclesiastés disuelve la arrogancia de la modernidad mercantilizada. Nos recuerda que la supuesta originalidad absoluta sobre la que descansan los imperios corporativos de la propiedad intelectual es, en realidad, una ilusión. Cuando un inventor, un laboratorio o una multinacional reclama el monopolio perpetuo o temporal sobre una tecnología, una medicina o un alimento, olvida que su obra no surge de la generación espontánea de una mente aislada, sino que se nutre inevitablemente del inmenso océano de la sabiduría acumulada por la humanidad a lo largo de los siglos.
La falacia de la novedad absoluta y el acervo común
En el ejercicio del derecho y en la reflexión profunda sobre la justicia social, resulta evidente que ningún ser humano crea en el vacío. Cada avance científico, cada fórmula farmacéutica y cada innovación de ingeniería se edifica sobre los hombros de innumerables generaciones precedentes que descubrieron, ensayaron y transmitieron el conocimiento de manera libre. Pretender que un individuo o una corporación se adueñe con exclusividad comercial de los frutos de ese patrimonio colectivo —convirtiendo la salud, la alimentación y el bienestar social en bienes de lujo sujetos a patentes prohibitivas— constituye una desnaturalización del propósito ético del derecho.
El Predicador se pregunta con acierto: «¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?». Si el trabajo humano y el ingenio intelectual se encauzan únicamente hacia la acumulación desmedida de riqueza a costa de encarecer lo que beneficia a la sociedad, el resultado es una fatiga estéril. Las generaciones van y vienen, los ríos marchan al mar sin llenarlo jamás, y el esfuerzo humano se consume en una carrera vana si se erigen barreras económicas que apartan los medicamentos salvavidas o las tecnologías vitales de las manos de quienes más lo necesitan.
Hacia un modelo de compensación justa y desmercantilizada
Oponerse tajantemente a la mercantilización de la ciencia no significa desestimar el esfuerzo de quienes dedican su vida a la investigación y al desarrollo tecnológico. Todo esfuerzo humano digno merece un reconocimiento y una retribución justa. Sin embargo, existe un abismo infranqueable entre garantizar una vida digna a los creadores y permitir que se enriquezcan obscenamente monopolizando necesidades humanas elementales. La vía adecuada, desde una perspectiva de estricta justicia distributiva, radica en la asunción estatal de la compensación.
El Estado, como garante del bien común, debería articular un sistema de pensiones vitalicias y fondos de recompensa pública para aquellos científicos, ingenieros y pensadores que descubran herramientas útiles para la humanidad. Al desvincular el costo de la innovación del precio final de comercialización, se logra un doble objetivo ético y práctico: se incentiva la creatividad y la investigación mediante la seguridad material del creador, al tiempo que se garantiza el acceso universal, libre y desinhibido de la sociedad a los frutos del progreso.
Conclusión: La vanidad de privatizar el viento y el saber
Como bien señala el texto bíblico, «no hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después». Los imperios construidos sobre patentes leoninas y derechos de autor abusivos son tan efímeros como el ciclo del viento que gira al sur y al norte, o como las aguas que retornan siempre al mismo mar. Lo único que verdaderamente trasciende es el bienestar de la comunidad y la preservación de la dignidad humana.
Renunciar a la lógica de la patente especulativa para abrazar un sistema de retribución justa y pública no es un acto de ingenuidad económica, sino de madurez civilizatoria. Es comprender que el conocimiento es un río común que pertenece a todos, y que pretender cercarlo para enriquecer a unos pocos bajo el sol es, en última instancia, pura vanidad.
El humanismo en el intelecto es lo que nos puede diferenciar de las bestias.











Discussion about this post