Estamos inmersos en un tiempo histórico donde la vida se está viviendo muy aprisa. Donde la
expresión “no tengo tiempo”, se ha convertido, por decirlo así, en la justificación asumida por
muchos para no enfrentar los propios vacíos existenciales encontrados con la experiencia en el
día a día. Es decir, el ser humano se está escondiendo de sí mismo, ignora sus dificultades y
realidades internas. Tapa con actividades y entretenimientos sus más complejos problemas, para
no verse confrontado con sus miedos y dudas humanas.
Todo esto a lo mejor, será porque vivir en este siglo, donde la globalización, la tecnología, el
auge de la ideología de géneroy la promulgación de una vida sin Dios, ha creado la plataforma
para que el hombre sienta que nada tiene sentido. Por razón, el hombre de hoy piensa que es
inútil sumergirse en la preocupación por realidades que impliquen el pensamiento y el análisis de
las preguntas fundamentales de la vida, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué sentido tiene
mi vida?
Sin embargo, cuando se permite que este pensamiento relativista y materialista se adueñe de la
mentalidad de las acciones del hombre, ya no le interesa la moral, los principios humanos ni
mucho menos, el respeto ajeno. Es justamente ahí entonces, cuando la persona se ha convierte en
un ser individualista, pretendiendo ser el centro del universo.
El hombre se ha escondido de Dios. Ha optado por ocultar sus vergüenzas y asumir una vida
según los criterios de los demás. Ha preferido vivir para el mundo, en vez de agradar a Dios.
Eligiendo de este modo una actitud pequeña, porque su opción se ha decidido por lo terreno y no
por lo eterno. Cambió la felicidad por momentos alegres. Su corazón se dejó envolver por
circunstancias temporales que jamás van a satisfacerlos deseos últimos del hombre, sino que lo
dejarán siempre en una eterna búsqueda de sí mismo, porque fue creado para lo trascendental, no
para lo pasajero…
Por eso, para que el hombre se encuentre realmente con su yo real y pueda encaminarse a su
plenitud, tiene que colocarse donde Dios lo vea. Mostrarse tal y como es ante su creador, con sus
fortalezas y debilidades, sus triunfos y sus derrotas. Porque Dios conoce lo más profundo del
interior de cada persona. Nadie puede esconderse de la mirada de Dios, porque llevamos su
marca en la piel.
En la vida hay que pasar de la oscuridad hacia la luz, de la desilusión a la esperanza. Es bueno
dejar a un lado nuestros miedos y temores más ocultos, y permitir que Dios observe lo que
somos, sin maquillajes, para que logremos sanar y libertar nuestra humanidad. Para que podamos
de este modo, caminar sin necesidad de vivir con una actitud de derrota, con una mentalidad
pesimista ni andar por la existencia como si Dios no nos amara. Por tanto, si Dios nos ve,
desaparecerán nuestras más íntimas carencias y seremos lo que Dios siempre soñó, seres felices.
P. Luis Alberto De León Alcántara











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