San Francisco de Macorís ha crecido y continúa creciendo. El aumento de la población, del parque vehicular, de las motocicletas, del transporte público y de la actividad comercial ha transformado significativamente la dinámica de la ciudad. Este crecimiento también nos plantea una pregunta que no podemos seguir posponiendo: ¿ha crecido nuestra infraestructura vial al mismo ritmo que las necesidades de la ciudad?
Basta recorrer algunas de nuestras principales calles y avenidas para comprobar que todavía tenemos importantes deficiencias en la regulación del tránsito. Hay intersecciones donde la ausencia de semáforos convierte la circulación en una especie de competencia entre conductores, motociclistas y peatones, en la que cada quien intenta encontrar el momento adecuado para avanzar.
El problema no es solamente la incomodidad que provocan los tapones. Tampoco se reduce al tiempo que perdemos diariamente desplazándonos de un lugar a otro. El problema fundamental es la seguridad de las personas.
Un semáforo no es un lujo ni un elemento decorativo de la ciudad. Es una herramienta básica de organización del tránsito y, cuando está correctamente instalado y administrado, constituye también un instrumento de prevención de accidentes.
Cuando una intersección no cuenta con una regulación adecuada, aumentan los puntos de conflicto entre vehículos que circulan en diferentes direcciones, motocicletas que intentan avanzar entre los automóviles y peatones que necesitan cruzar una vía cada vez más transitada. El resultado puede ser congestión, imprudencia, discusiones y, en los casos más graves, accidentes que pueden terminar costando vidas.
Por eso, hablar de semáforos es hablar de seguridad vial, movilidad urbana y calidad de vida.
Además, no estamos ante una preocupación puramente subjetiva de los ciudadanos. El propio diagnóstico municipal ha identificado puntos críticos de circulación y ha señalado entre las causas de los problemas de tránsito el elevado flujo vehicular, la falta de señalización adecuada, el estacionamiento desordenado y las dificultades que se presentan en algunas de las principales avenidas de la ciudad.
Esto debería llevarnos a una conclusión sencilla: necesitamos pasar de las soluciones improvisadas a una planificación integral de la movilidad urbana.
No se trata simplemente de colocar semáforos en aquellas esquinas donde los ciudadanos reclaman su instalación. Debemos realizar un levantamiento técnico de las principales intersecciones de la ciudad y clasificarlas de acuerdo con su nivel de riesgo, volumen de tránsito y necesidad de regulación. A partir de ese diagnóstico, habría que establecer prioridades.
Las intersecciones de mayor riesgo deberían ser las primeras en ser intervenidas. Pero la solución tampoco puede limitarse al semáforo. Una intersección segura necesita señalización vertical y horizontal, pasos peatonales claramente identificados, iluminación adecuada y condiciones que permitan tanto al conductor como al peatón comprender qué debe hacer.
También necesitamos pensar en la sincronización de los semáforos, no solamente en una dirección. Pues, no tiene mucho sentido instalar dispositivos aislados si no conseguimos que los principales corredores de circulación funcionen de manera coordinada. En efecto, una ciudad moderna necesita gestionar el tránsito como un sistema, buscando reducir las paradas innecesarias, mejorar los tiempos de desplazamiento y hacer más fluida la circulación.
Pero existe otro aspecto que merece especial atención: el mantenimiento. De hecho, instalar un semáforo es solamente el comienzo. Tan importante como colocar el equipo es garantizar que permanezca funcionando correctamente. Un semáforo averiado durante días o semanas deja de ser una solución y puede convertirse en un nuevo factor de riesgo.
Por eso, cada inversión en semaforización debería estar acompañada de un programa permanente de mantenimiento preventivo, supervisión y reparación. Debe estar claramente establecido quién tiene la responsabilidad de responder cuando un equipo presenta una avería y cuánto tiempo puede permanecer fuera de servicio.
De igual manera, necesitamos evaluar los resultados de las intervenciones. Después de instalar un sistema semafórico en una determinada intersección, debemos preguntarnos si realmente disminuyeron los accidentes, si mejoró la circulación, si se redujeron los tiempos de espera y si aumentó la seguridad de los peatones.
Es justo reconocer que en los últimos tiempos se han realizado esfuerzos para mejorar la red semafórica de San Francisco de Macorís. La instalación de nuevos equipos y la modernización de algunos puntos constituyen pasos positivos. Precisamente por eso debemos insistir en que estos esfuerzos no sean acciones aisladas, sino parte de una política permanente de movilidad urbana.
Aquí no se trata de buscar culpables. Se trata de asumir responsabilidades. El Ayuntamiento, el INTRANT, DIGESETT y las demás instituciones vinculadas al tránsito tienen responsabilidades específicas que deben ser articuladas. Pero también los ciudadanos tenemos una responsabilidad fundamental.
De nada serviría contar con una moderna red semafórica si continuamos pasando en rojo, estacionándonos en cualquier espacio o en doble parking, bloqueando las intersecciones, invadiendo los pasos peatonales o conduciendo de manera imprudente.
Las normas de tránsito no son obstáculos que debemos superar para llegar más rápido a nuestro destino. Son mecanismos creados para que podamos llegar seguros.
Y debemos mirar el problema también desde la perspectiva del peatón. Una ciudad no puede organizarse pensando únicamente en los vehículos. En nuestras calles también caminan niños, estudiantes, envejecientes, personas con discapacidad, trabajadores y ciudadanos que utilizan el transporte público.
Una ciudad verdaderamente moderna es aquella que consigue que todos puedan desplazarse con seguridad.
Por eso, considero necesario que San Francisco de Macorís se plantee un Plan Integral de Semaforización y Seguridad en las Intersecciones, con diagnóstico técnico, identificación de puntos críticos, establecimiento de prioridades, presupuesto, cronograma de ejecución, mantenimiento permanente y evaluación de resultados.
No deberíamos esperar a que ocurra un accidente grave para descubrir que una intersección necesitaba ser intervenida. La planificación debe adelantarse al problema.
San Francisco de Macorís necesita seguir creciendo, pero crecer no significa solamente construir más edificios, abrir nuevos establecimientos comerciales o incorporar más vehículos a nuestras calles. Crecer también significa aprender a organizar mejor la ciudad que tenemos. Por eso, invertir en semáforos no significa simplemente comprar e instalar equipos. Significa invertir en seguridad; invertir en tiempo; invertir en orden; invertir en una mejor calidad de vida; y, sobre todo, invertir en vidas humanas.
San Francisco de Macorís merece una infraestructura vial a la altura de la ciudad que somos y de la ciudad que queremos construir. Una red semafórica moderna, bien planificada, sincronizada y mantenida no resolverá por sí sola todos nuestros problemas de tránsito, pero constituye una pieza indispensable para comenzar a enfrentarlos con seriedad.
Porque, al final, un semáforo hace algo aparentemente sencillo: nos indica cuándo detenernos y cuándo avanzar. Pero detrás de esa luz roja, amarilla o verde hay una idea mucho más profunda: en una ciudad organizada, detenerse también puede ser una manera de proteger la vida; y avanzar, una manera de hacerlo juntos y con seguridad.
P. Angel Díaz Gil
Con ayuda de IA











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