Un estudiante dominicano que participa en PISA ya tiene alrededor de quince años; esto
significa que ha pasado gran parte de su vida dentro de la escuela: miles de horas de
clases, tareas, exámenes, calificaciones y promociones de grado. Después de semejante
recorrido, resulta inevitable preguntarnos qué debería ser capaz de hacer con todo
aquello que supuestamente ha aprendido.
La pregunta anterior debe llevarnos a otra más fundamental: ¿para qué existe la escuela?
No simplemente para mantener niños y adolescentes ocupados durante determinadas
horas, entregar certificaciones o promover estudiantes de un grado a otro. La escuela
existe para introducir a las nuevas generaciones en el conocimiento construido por la
humanidad, enseñarles a pensar, desarrollar capacidades para comprender la realidad,
aprender a convivir y proporcionarles herramientas para construir autónoma y
responsablemente su propia vida. En definitiva, no podemos olvidar aquello que le
confiere identidad a la escuela como institución educativa: hacer posible el aprendizaje.
Conviene reconocer, además, que la prueba PISA tampoco mide toda la educación, pues
ninguna prueba puede cuantificar plenamente la sensibilidad, la solidaridad, la
formación ética, la espiritualidad o todas las dimensiones que hacen integralmente
educada a una persona. Pero sería igualmente irresponsable utilizar esas limitaciones
para ignorar aquello que sí revela. PISA 2025, centrada especialmente en Ciencias,
evalúa también Lectura y Matemáticas e incorpora el aprendizaje y la resolución de
problemas en entornos digitales. Los resultados dominicanos de 2025 muestran algunos
avances cuando se observa la trayectoria de la última década, pero también confirman
que persisten profundas dificultades para alcanzar niveles básicos de competencia.
Y precisamente ahí adquiere sentido el conocimiento: aprendemos para comprender la
realidad, resolver problemas, tomar decisiones y desenvolvernos con creciente
autonomía frente a la vida. Un estudiante puede memorizar una fórmula, pero otra cosa
es reconocer cuándo necesita utilizarla; se puede repetir una definición, pero otra muy
distinta es servirse de ella para interpretar una realidad que nunca había visto.
Tal vez uno de nuestros mayores desafíos ya no sea solamente conseguir que los
estudiantes entren y permanezcan en la escuela, sino garantizar que esa permanencia
signifique realmente aprender. Asistir a la escuela no equivale necesariamente a
aprender; aprobar un curso no equivale a comprender; completar contenidos en el
cuaderno tampoco significa desarrollar competencias. En este sentido, corremos el
riesgo de conseguir escolarización sin garantizar educación y promoción sin asegurar
aprendizaje.
Esta realidad exige responsabilidades compartidas, aunque no idénticas. Al Estado
corresponde la responsabilidad estructural de garantizar escuelas dignas, docentes
preparados y acompañados, recursos pertinentes, tiempo efectivo de clase, liderazgo
escolar, evaluación útil y políticas capaces de trascender los cambios de funcionarios.
La inversión educativa no puede medirse solamente por cuánto se entrega, sino por
cuánto de lo invertido termina convertido en oportunidades reales de aprendizaje.
El docente también debe mirarse en este espejo; su profesión no puede agotarse en
cumplir horarios, planificaciones, registros y contenidos. Todo eso forma parte de sus
responsabilidades, pero enseñar significa comprometerse con aquello que el estudiante
consigue comprender y hacer con lo aprendido. No basta con haber enseñado ni con
exponer un contenido con admirable sapiencia; necesitamos preguntarnos qué consiguió
aprender el otro.
La familia tampoco puede inscribir a sus hijos y desaparecer. La escuela puede
acompañar y compensar desigualdades, pero difícilmente puede sustituir
permanentemente al hogar. Demasiados niños y adolescentes, aun teniendo padres,
experimentan cierta orfandad educativa: faltan hábitos, acompañamiento, límites,
conversación y valoración del estudio. Y, progresivamente, el estudiante debe
comprender que nadie puede aprender en su lugar: el Estado garantiza condiciones, la
familia acompaña y el maestro enseña, pero aprender exige también esfuerzo, disciplina,
curiosidad y responsabilidad personal.
Lo cierto es que PISA debería preocuparnos menos como ranking y más como espejo.
No necesitamos obsesionarnos con alcanzar a Singapur; necesitamos conseguir que cada
año adicional dentro de una escuela dominicana represente nuevas capacidades para
nuestros estudiantes. El derecho a la educación no es solamente el derecho a estar en la
escuela, es también el derecho a aprender en ella.
Entonces, ¿para qué vamos a la escuela? Vamos para apropiarnos de aquello que otros
descubrieron antes que nosotros, desarrollar nuestra inteligencia, aprender a convivir,
ampliar nuestra libertad y adquirir herramientas para enfrentarnos a problemas que
todavía no conocemos. Vamos para salir de ella siendo más capaces de comprender y
transformar responsablemente el mundo que encontramos.
PISA volverá a evaluarnos y discutiremos otra vez puntuaciones y posiciones; pero el
verdadero examen ocurre cada día, cuando un estudiante sale del aula y debe enfrentarse
a una realidad que no viene organizada por asignaturas ni acompañada de cuatro
opciones de respuesta.
Aprender es, en definitiva, adquirir las herramientas necesarias para saber qué hacer
cuando la vida plantea la pregunta.











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