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    Madelyn Rodríguez y Melvin Marcelino atletas del año, Elwin Peña y Ezequiel Sosa, cronistas más destacados

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Entre carreras, maternidad y proyectos: el cáncer de mama en la mujer joven

Cuando el diagnóstico aparece en plena construcción de una vida, tratar el tumor es solo una parte de la historia.

Alcestis Salazar Polanco por Alcestis Salazar Polanco
29 septiembre, 2026
en Opiniones
Dra. Alcestis Salazar Polanco

Dra. Alcestis Salazar Polanco

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Hay edades en las que una mujer piensa que tiene toda la vida por delante.
Piensa en terminar una carrera, crecer profesionalmente, viajar, enamorarse, casarse —o no—, tener hijos —o quizás todavía no saber si los quiere—, comprar su primera casa, emprender un proyecto, cuidar de su familia y cumplir esa interminable lista de planes que solemos guardar para “después”.

Lo que difícilmente imagina es escuchar, en medio de todo aquello, dos palabras capaces de detener el tiempo por unos segundos: “Es cáncer”.

Cuando el cáncer de mama aparece en una mujer joven, el diagnóstico no llega solo. Entra acompañado de preguntas que van mucho más allá del tumor.

¿Voy a perder mi seno? ¿Se me caerá el cabello? ¿Podré tener hijos? ¿Qué pasará con mi trabajo? ¿Volveré a sentirme igual? ¿Mi pareja seguirá viéndome de la misma manera? ¿Voy a morir? Son preguntas que he escuchado de diferentes formas en consulta. Algunas se dicen inmediatamente. Otras aparecen cuando la puerta está a punto de cerrarse. Y hay algunas que nunca se pronuncian, pero se pueden leer perfectamente en el rostro de quien está sentada frente a nosotros. Porque tratar a una mujer joven con cáncer de mama significa entender que no estamos tratando únicamente una enfermedad.

“Estamos tratando a una mujer cuya vida estaba ocurriendo.”

CUANDO SENTIRSE JOVEN PUEDE CONVERTIRSE EN UNA FALSA TRANQUILIDAD
Existe todavía una idea muy arraigada de que el cáncer de mama es una enfermedad exclusiva de mujeres mayores. Es cierto que el riesgo aumenta con la edad y que la mayoría de los diagnósticos ocurren en mujeres de mayor edad. Pero ser joven no significa estar exenta.

Y existe una particularidad que merece ser conocida: aunque el cáncer de mama es menos frecuente en mujeres jóvenes, cuando aparece puede presentar características biológicas más agresivas. Algunos subtipos de comportamiento más complejo, como determinados tumores HER2 positivos o triple negativos, tienen una representación importante dentro de este grupo.

Esto no significa que “cáncer de mama en una mujer joven” sea sinónimo de mal pronóstico. Significa que debemos conocer exactamente qué enfermedad tenemos delante.Porque hoy no tratamos todos los cánceres de mama de la misma manera. Importan el tamaño del tumor, los ganglios, el estadio, el grado histológico, los receptores hormonales, HER2, la biología tumoral, determinadas características genéticas cuando está indicado estudiarlas y, por supuesto, las condiciones particulares de cada paciente. La edad forma parte de la conversación, pero la edad por sí sola no decide el tratamiento.

EN UNA MUJER JOVEN, TRATAR EL CÁNCER TAMBIÉN SIGNIFICA PENSAR EN SU FUTURO
Aquí aparece uno de los grandes retos. Una mujer de 30 o 35 años puede necesitar cirugía, quimioterapia, terapia dirigida, tratamiento hormonal, inmunoterapia, radioterapia o diferentes combinaciones de estas estrategias, dependiendo de las características de su enfermedad. Pero al momento de decidir cómo tratarla existen preguntas que quizá tengan un peso diferente al que tendrían en otras etapas de la vida. ¿Desea tener hijos en el futuro? ¿Ha sido madre? ¿Existe alguna posibilidad de preservar su fertilidad antes de iniciar determinados tratamientos? ¿Qué impacto tendrá el tratamiento hormonal prolongado sobre sus planes reproductivos? ¿Necesita asesoramiento genético por su edad, antecedentes familiares o características del tumor? ¿Cómo afectarán la cirugía y los tratamientos su imagen corporal, sexualidad, relación de pareja, trabajo y salud emocional?

Son conversaciones que deberían ocurrir desde el inicio y no cuando el tratamiento ya ha terminado.
Porque el mejor tratamiento oncológico no debería construirse mirando solamente el tumor. También debe mirar a la mujer que tendrá que continuar viviendo después de él.

DETECCIÓN TEMPRANA: SER JOVEN NO SIGNIFICA IGNORAR UNA SEÑAL
Existe otra dificultad particular en las mujeres jóvenes: muchas todavía no se encuentran dentro de la edad habitual de los programas poblacionales de mamografía. Por eso es fundamental diferenciar dos conceptos.
Una cosa es el tamizaje o screening, realizado en mujeres sin síntomas según su edad y nivel de riesgo, y otra muy diferente es estudiar una alteración que ya apareció. Una mujer joven que presenta un cambio sospechoso en la mama no debe esperar a tener “edad para hacerse una mamografía” para consultar.
Tampoco se trata de vivir con miedo ni de examinar obsesivamente cada centímetro del cuerpo.
Se trata de conocer qué es normal para cada una y reconocer cuándo algo ha cambiado.

Una masa nueva o persistente en la mama o la axila, cambios recientes en la forma o tamaño de un seno, retracción del pezón, secreción sanguinolenta o inusual, alteraciones persistentes de la piel, engrosamiento, edema o una modificación que no desaparece merecen valoración médica.

En mujeres jóvenes, además, el tejido mamario suele ser más denso, por lo que la evaluación por imágenes debe individualizarse. Dependiendo de la edad, los síntomas, el examen físico y el nivel de riesgo, el médico decidirá cuáles estudios son los más apropiados.

Y cuando existe un riesgo aumentado —por antecedentes familiares importantes, ciertas mutaciones hereditarias u otros factores—, las estrategias de vigilancia pueden comenzar antes y ser diferentes a las utilizadas en la población de riesgo promedio.

Por eso, quizá el mensaje más importante para una mujer joven no sea simplemente “hazte estudios”, sino algo más inteligente: Conoce tu riesgo. Conoce tus mamas. Y si algo cambia, consulta.

EL DIAGNÓSTICO NO DEBERÍA BORRAR A LA MUJER DETRÁS DE LA PACIENTE
Quizás este sea uno de los aspectos que más me hacen reflexionar como oncóloga. Desde el momento del diagnóstico, una mujer puede comenzar a ser llamada por muchas palabras nuevas: paciente, estadio, receptores hormonales, HER2, quimioterapia, cirugía, radioterapia. De repente, su vida empieza a organizarse alrededor de biopsias, estudios, laboratorios y citas médicas. Pero ella continúa siendo mucho más que su diagnóstico. Sigue siendo la mujer que estaba terminando una especialidad. La madre que lleva a sus hijos al colegio. La que estaba intentando quedar embarazada. La recién casada. La emprendedora. La hija que cuida de sus padres. La mujer que acaba de comenzar una relación. La que tenía un viaje pendiente. La que estaba ahorrando para comprar su casa.

Por eso, cuando tratamos cáncer de mama en mujeres jóvenes, hablar de supervivencia ya no es suficiente.
Tenemos que hablar también de fertilidad, sexualidad, imagen corporal, maternidad, salud emocional, relaciones de pareja, vida profesional y calidad de vida después del cáncer. Porque curar importa. Pero cómo continúa esa mujer después de curarse también importa.

UNA RADIOTERAPIA DIFERENTE A LA QUE MUCHAS IMAGINAN
Cuando una paciente llega por primera vez a mi consulta de radioterapia, muchas veces llega con miedo.
Algunas todavía imaginan la radioterapia como un tratamiento agresivo, impreciso y difícil de tolerar. Otras llegan cargando historias de familiares tratados hace veinte o treinta años. Y una parte importante de mi trabajo consiste precisamente en explicarles que la radioterapia también ha cambiado. Hoy podemos planificar los tratamientos con una precisión que permite adaptar la dosis a la anatomía de cada paciente, proteger estructuras sanas y, en casos seleccionados, completar tratamientos en períodos considerablemente más cortos que los utilizados tradicionalmente. En cáncer de mama izquierdo, por ejemplo, existen técnicas destinadas a disminuir la exposición del corazón durante la irradiación.

La planificación moderna permite evaluar cuidadosamente pulmones, corazón y otros tejidos cercanos.
Y esto adquiere una relevancia especial en una mujer joven: cuando esperamos muchas décadas de vida después del tratamiento, pensar en los posibles efectos a largo plazo también forma parte de tratar bien el cáncer de hoy. No irradiamos simplemente “una mama”.
Tratamos a una persona, con una anatomía particular, una enfermedad particular y una vida particular.
Y esa diferencia importa.

DESPUÉS DEL CÁNCER TODAVÍA EXISTE UN “DESPUÉS”
Hay algo que quisiera que cada mujer joven que atraviesa este diagnóstico pudiera escuchar desde el principio: Su vida no necesariamente termina donde comienza el cáncer. Puede cambiar. Puede detenerse durante un tiempo. Puede obligarla a reorganizar prioridades que creía perfectamente establecidas. Pero todavía hay vida después. Hay mujeres que vuelven a trabajar. Mujeres que regresan al gimnasio. Mujeres que vuelven a ponerse un traje de baño. Mujeres que reconstruyen su seno y otras que deciden no hacerlo. Mujeres que vuelven a enamorarse. Mujeres que, cuando las circunstancias clínicas lo permiten, logran ser madres después del tratamiento. Mujeres que terminan aquella carrera que tuvieron que detener. Y mujeres que descubren una versión diferente de sí mismas. No porque el cáncer tenga que convertirse obligatoriamente en una “lección” —a veces una enfermedad es simplemente una experiencia dura que nadie pidió vivir—, sino porque nuestra responsabilidad como equipo médico es intentar que el tratamiento ocupe el menor espacio posible dentro de todo lo que todavía queda por vivir.

ESTE OCTUBRE QUISIERA QUE HABLÁRAMOS DE ALGO MÁS
Cada octubre nuestras ciudades vuelven a llenarse de rosa.
Vemos lazos, campañas, caminatas y mensajes sobre prevención. Todo eso tiene valor.
Pero este año quisiera que el rosa nos sirviera también para iniciar conversaciones diferentes.
Que hablemos con nuestras madres, pero también con nuestras hijas. Que una mujer joven no piense que consultar por una alteración en su mama es “exagerar”. Que entendamos que detectar temprano no significa únicamente repetir el mensaje de hacerse una mamografía, sino también conocer el riesgo individual y prestar atención a los cambios del propio cuerpo. Que preguntar por fertilidad antes de determinados tratamientos no sea considerado secundario.

Que podamos hablar de sexualidad e imagen corporal sin vergüenza. Que expliquemos mejor nuestros tratamientos. Que dejemos espacio para las preguntas difíciles. Y, sobre todo, que nunca permitamos que detrás de una historia clínica desaparezca la historia personal de quien tenemos delante. Porque algunas mujeres recibirán este diagnóstico mientras están criando hijos. Otras mientras intentan tenerlos. Algunas estarán construyendo una carrera. Otras comenzando de nuevo.

Estarán enamorándose, emprendiendo, estudiando, viajando, pagando una hipoteca, haciendo planes para el próximo año o simplemente tratando de descubrir qué quieren hacer con sus vidas. Entre carreras, maternidad y proyectos puede aparecer un cáncer de mama. Pero entre consultas, cirugía, medicamentos y radioterapia también debe continuar existiendo espacio para los sueños, los planes y el futuro.
Porque una mujer con cáncer de mama nunca debería reducirse al diagnóstico que aparece escrito en su expediente. Antes que paciente, sigue siendo mujer. Y después del cáncer, todavía queda vida por escribir.

OCTUBRE ROSA • CONOCE TU RIESGO. CONOCE TUS MAMAS. Y SI ALGO CAMBIA, CONSULTA.

Hay edades en las que una mujer piensa que tiene toda la vida por delante.
Piensa en terminar una carrera, crecer profesionalmente, viajar, enamorarse, casarse —o no—, tener hijos —o quizás todavía no saber si los quiere—, comprar su primera casa, emprender un proyecto, cuidar de su familia y cumplir esa interminable lista de planes que solemos guardar para “después”.

Lo que difícilmente imagina es escuchar, en medio de todo aquello, dos palabras capaces de detener el tiempo por unos segundos: “Es cáncer”.

Cuando el cáncer de mama aparece en una mujer joven, el diagnóstico no llega solo. Entra acompañado de preguntas que van mucho más allá del tumor.

¿Voy a perder mi seno? ¿Se me caerá el cabello? ¿Podré tener hijos? ¿Qué pasará con mi trabajo? ¿Volveré a sentirme igual? ¿Mi pareja seguirá viéndome de la misma manera? ¿Voy a morir?

Son preguntas que he escuchado de diferentes formas en consulta. Algunas se dicen inmediatamente. Otras aparecen cuando la puerta está a punto de cerrarse. Y hay algunas que nunca se pronuncian, pero se pueden leer perfectamente en el rostro de quien está sentada frente a nosotros.

Porque tratar a una mujer joven con cáncer de mama significa entender que no estamos tratando únicamente una enfermedad.

“Estamos tratando a una mujer cuya vida estaba ocurriendo.”

CUANDO SENTIRSE JOVEN PUEDE CONVERTIRSE EN UNA FALSA TRANQUILIDAD
Existe todavía una idea muy arraigada de que el cáncer de mama es una enfermedad exclusiva de mujeres mayores. Es cierto que el riesgo aumenta con la edad y que la mayoría de los diagnósticos ocurren en mujeres de mayor edad. Pero ser joven no significa estar exenta.

Y existe una particularidad que merece ser conocida: aunque el cáncer de mama es menos frecuente en mujeres jóvenes, cuando aparece puede presentar características biológicas más agresivas. Algunos subtipos de comportamiento más complejo, como determinados tumores HER2 positivos o triple negativos, tienen una representación importante dentro de este grupo.

Esto no significa que “cáncer de mama en una mujer joven” sea sinónimo de mal pronóstico. Significa que debemos conocer exactamente qué enfermedad tenemos delante.

Porque hoy no tratamos todos los cánceres de mama de la misma manera.

Importan el tamaño del tumor, los ganglios, el estadio, el grado histológico, los receptores hormonales, HER2, la biología tumoral, determinadas características genéticas cuando está indicado estudiarlas y, por supuesto,

las condiciones particulares de cada paciente. La edad forma parte de la conversación, pero la edad por sí sola no decide el tratamiento.

EN UNA MUJER JOVEN, TRATAR EL CÁNCER TAMBIÉN SIGNIFICA PENSAR EN SU FUTURO
Aquí aparece uno de los grandes retos. Una mujer de 30 o 35 años puede necesitar cirugía, quimioterapia, terapia dirigida, tratamiento hormonal, inmunoterapia, radioterapia o diferentes combinaciones de estas estrategias, dependiendo de las características de su enfermedad. Pero al momento de decidir cómo tratarla existen preguntas que quizá tengan un peso diferente al que tendrían en otras etapas de la vida.
¿Desea tener hijos en el futuro?
¿Ha sido madre?
¿Existe alguna posibilidad de preservar su fertilidad antes de iniciar determinados tratamientos?
¿Qué impacto tendrá el tratamiento hormonal prolongado sobre sus planes reproductivos?
¿Necesita asesoramiento genético por su edad, antecedentes familiares o características del tumor?
¿Cómo afectarán la cirugía y los tratamientos su imagen corporal, sexualidad, relación de pareja, trabajo y salud emocional?

Son conversaciones que deberían ocurrir desde el inicio y no cuando el tratamiento ya ha terminado. Porque el mejor tratamiento oncológico no debería construirse mirando solamente el tumor. También debe mirar a la mujer que tendrá que continuar viviendo después de él.

DETECCIÓN TEMPRANA: SER JOVEN NO SIGNIFICA IGNORAR UNA SEÑAL
Existe otra dificultad particular en las mujeres jóvenes: muchas todavía no se encuentran dentro de la edad habitual de los programas poblacionales de mamografía. Por eso es fundamental diferenciar dos conceptos.
Una cosa es el tamizaje o screening, realizado en mujeres sin síntomas según su edad y nivel de riesgo, y otra muy diferente es estudiar una alteración que ya apareció. Una mujer joven que presenta un cambio sospechoso en la mama no debe esperar a tener “edad para hacerse una mamografía” para consultar.
Tampoco se trata de vivir con miedo ni de examinar obsesivamente cada centímetro del cuerpo.

Se trata de conocer qué es normal para cada una y reconocer cuándo algo ha cambiado.
Una masa nueva o persistente en la mama o la axila, cambios recientes en la forma o tamaño de un seno, retracción del pezón, secreción sanguinolenta o inusual, alteraciones persistentes de la piel, engrosamiento, edema o una modificación que no desaparece merecen valoración médica.

En mujeres jóvenes, además, el tejido mamario suele ser más denso, por lo que la evaluación por imágenes debe individualizarse. Dependiendo de la edad, los síntomas, el examen físico y el nivel de riesgo, el médico decidirá cuáles estudios son los más apropiados.

Y cuando existe un riesgo aumentado —por antecedentes familiares importantes, ciertas mutaciones hereditarias u otros factores—, las estrategias de vigilancia pueden comenzar antes y ser diferentes a las utilizadas en la población de riesgo promedio.

Por eso, quizá el mensaje más importante para una mujer joven no sea simplemente “hazte estudios”, sino algo más inteligente: Conoce tu riesgo. Conoce tus mamas. Y si algo cambia, consulta.

EL DIAGNÓSTICO NO DEBERÍA BORRAR A LA MUJER DETRÁS DE LA PACIENTE
Quizás este sea uno de los aspectos que más me hacen reflexionar como oncóloga.
Desde el momento del diagnóstico, una mujer puede comenzar a ser llamada por muchas palabras nuevas: paciente, estadio, receptores hormonales, HER2, quimioterapia, cirugía, radioterapia.
De repente, su vida empieza a organizarse alrededor de biopsias, estudios, laboratorios y citas médicas.

Pero ella continúa siendo mucho más que su diagnóstico.
Sigue siendo la mujer que estaba terminando una especialidad. La madre que lleva a sus hijos al colegio. La que estaba intentando quedar embarazada. La recién casada. La emprendedora. La hija que cuida de sus padres. La mujer que acaba de comenzar una relación. La que tenía un viaje pendiente. La que estaba ahorrando para comprar su casa.

Por eso, cuando tratamos cáncer de mama en mujeres jóvenes, hablar de supervivencia ya no es suficiente.
Tenemos que hablar también de fertilidad, sexualidad, imagen corporal, maternidad, salud emocional, relaciones de pareja, vida profesional y calidad de vida después del cáncer.
Porque curar importa. Pero cómo continúa esa mujer después de curarse también importa.

UNA RADIOTERAPIA DIFERENTE A LA QUE MUCHAS IMAGINAN
Cuando una paciente llega por primera vez a mi consulta de radioterapia, muchas veces llega con miedo.
Algunas todavía imaginan la radioterapia como un tratamiento agresivo, impreciso y difícil de tolerar. Otras llegan cargando historias de familiares tratados hace veinte o treinta años.
Y una parte importante de mi trabajo consiste precisamente en explicarles que la radioterapia también ha cambiado.

Hoy podemos planificar los tratamientos con una precisión que permite adaptar la dosis a la anatomía de cada paciente, proteger estructuras sanas y, en casos seleccionados, completar tratamientos en períodos considerablemente más cortos que los utilizados tradicionalmente.

En cáncer de mama izquierdo, por ejemplo, existen técnicas destinadas a disminuir la exposición del corazón durante la irradiación. La planificación moderna permite evaluar cuidadosamente pulmones, corazón y otros tejidos cercanos.

Y esto adquiere una relevancia especial en una mujer joven: cuando esperamos muchas décadas de vida después del tratamiento, pensar en los posibles efectos a largo plazo también forma parte de tratar bien el cáncer de hoy.

No irradiamos simplemente “una mama”.
Tratamos a una persona, con una anatomía particular, una enfermedad particular y una vida particular. Y esa diferencia importa.

DESPUÉS DEL CÁNCER TODAVÍA EXISTE UN “DESPUÉS”
Hay algo que quisiera que cada mujer joven que atraviesa este diagnóstico pudiera escuchar desde el principio: Su vida no necesariamente termina donde comienza el cáncer.
Puede cambiar. Puede detenerse durante un tiempo. Puede obligarla a reorganizar prioridades que creía perfectamente establecidas. Pero todavía hay vida después. Hay mujeres que vuelven a trabajar. Mujeres que regresan al gimnasio. Mujeres que vuelven a ponerse un traje de baño. Mujeres que reconstruyen su seno y otras que deciden no hacerlo. Mujeres que vuelven a enamorarse. Mujeres que, cuando las circunstancias clínicas lo permiten, logran ser madres después del tratamiento. Mujeres que terminan aquella carrera que tuvieron que detener. Y mujeres que descubren una versión diferente de sí mismas.

No porque el cáncer tenga que convertirse obligatoriamente en una “lección” —a veces una enfermedad es simplemente una experiencia dura que nadie pidió vivir—, sino porque nuestra responsabilidad como equipo médico es intentar que el tratamiento ocupe el menor espacio posible dentro de todo lo que todavía queda por vivir.

ESTE OCTUBRE QUISIERA QUE HABLÁRAMOS DE ALGO MÁS
Cada octubre nuestras ciudades vuelven a llenarse de rosa. Vemos lazos, campañas, caminatas y mensajes sobre prevención. Todo eso tiene valor. Pero este año quisiera que el rosa nos sirviera también para iniciar conversaciones diferentes. Que hablemos con nuestras madres, pero también con nuestras hijas. Que una mujer joven no piense que consultar por una alteración en su mama es “exagerar”.

Que entendamos que detectar temprano no significa únicamente repetir el mensaje de hacerse una mamografía, sino también conocer el riesgo individual y prestar atención a los cambios del propio cuerpo.

Que preguntar por fertilidad antes de determinados tratamientos no sea considerado secundario.

Que podamos hablar de sexualidad e imagen corporal sin vergüenza.

Que expliquemos mejor nuestros tratamientos.

Que dejemos espacio para las preguntas difíciles.

Y, sobre todo, que nunca permitamos que detrás de una historia clínica desaparezca la historia personal de quien tenemos delante.

Porque algunas mujeres recibirán este diagnóstico mientras están criando hijos. Otras mientras intentan tenerlos. Algunas estarán construyendo una carrera. Otras comenzando de nuevo. Estarán enamorándose, emprendiendo, estudiando, viajando, pagando una hipoteca, haciendo planes para el próximo año o simplemente tratando de descubrir qué quieren hacer con sus vidas.

Entre carreras, maternidad y proyectos puede aparecer un cáncer de mama.
Pero entre consultas, cirugía, medicamentos y radioterapia también debe continuar existiendo espacio para los sueños, los planes y el futuro. Porque una mujer con cáncer de mama nunca debería reducirse al diagnóstico que aparece escrito en su expediente. Antes que paciente, sigue siendo mujer. Y después del cáncer, todavía queda vida por escribir.

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Alcestis Salazar Polanco

Alcestis Salazar Polanco

La autora es Especialista en Oncología Radioterápica, egresada de la Universidad Católica Nordestana (UCNE) y del Instituto de Oncología Dr. Heriberto Pieter. Cuenta con formación internacional en técnicas avanzadas de radioterapia e hipofraccionamiento en Argentina, así como en radioterapia pediátrica en Costa Rica. Francomacorisana, comprometida con ofrecer a la comunidad nordestana un tratamiento oncológico de calidad, aplicando radioterapia cuando está indicada, con precisión y calidez humana.

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