Ha muerto un amigo de mi infancia: una persona que vivió noblemente, practicando siempre los ideales de la afabilidad y la confraternidad. Era como el árbol del nogal: alto, delgado y resistente.
Le gustaba regalar libros a sus amigos. Según decía, lo hacía para incentivar la lectura y propiciar después conversaciones amenas sobre las obras obsequiadas. El viejo Ateneo Amantes de la Luz, de Santiago de los Caballeros, ubicado en la calle 30 de Marzo esquina 16 de Agosto, fue el lugar escogido para sus tertulias literarias.
Daba gusto escucharlo hablar sobre su vocación literaria. La tuvo, la cultivó y la compartió sinceramente con sus amigos. No era como aquellos necios que desprecian la sabiduría y el conocimiento.
Como ya he dicho, obsequiaba libros de contenido interesante. Siempre acudía a una frase de Carlos Ruiz Zafón, autor de «La sombra del viento»:
«Cada libro, cada volumen que ves aquí, tiene un alma. El alma de la persona que lo escribió y de aquellos que lo leyeron, vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien baja sus ojos a las páginas, su espíritu crece y se fortalece».
Recuerdo que, en una ocasión, durante uno de sus viajes a la ciudad capital, regresó con un libro debajo del brazo: La Odisea, de Homero, un clásico de la literatura. Se lo regaló a uno de sus amigos, cuyo nombre he olvidado bajo el impulso de esa fuerte brisa que golpea los años.
Al entregarle el libro, y mientras yo me encontraba de pie en el vestíbulo del viejo Ateneo Amantes de la Luz, le hizo esta observación:
Para que sepas que «La Odisea» no comenzó con la salida de Troya, sino cuando Odiseo llega a Ítaca y empieza a rememorar y relatar a distintas personas las hazañas que ha vivido».
Antonio Aracena fue, en vida, una persona extremadamente cortés con todos los que conoció. De ese trato podrían hablar extensamente los periodistas Luis Godofredo Pichardo y Humberto Oliviera, sus más entrañables camaradas.
Al enterarme de su muerte, sentí el ímpetu de una brisa que movió las ramas de mis esencias, haciendo caer los frutos de mi alegría, envueltos en desconsuelo. Mis palabras, instantes antes rebosantes de vida, enmudecieron.
Observé el rostro entristecido del amigo que me informó sobre el fallecimiento de Antonio Aracena, ocurrido en la ciudad de Santo Domingo. Su extraña palidez parecía revelar que el recuerdo y la noticia de la muerte habían consternado profundamente su alma.
Mientras contemplaba a mi amigo, retraído en su dolor, recobré el aliento y dirigí la mirada hacia la tierra, que parecía secarse ante mis ojos. En medio de aquella escena desoladora provocada por la muerte de Antonio Aracena, pensé en un poema de Dionisio López Cabral, titulado Sin alas:
«Donde el signo nada explica,
va un pájaro sin alas,
dormido en oscuro vuelo,
sin saber del horizonte.
Oh, pájaro sin alas,
Qué enigma ciñe tu vuelo?
Eres el pájaro luz,
sin tumba ni mortaja,
que ha cantado a las aves maltratadas».
La muerte de un amigo tan apreciado como Aracena deja el alma rota. Cuando retrocedemos en el tiempo y volvemos al ayer para confrontarlo con el mundo contemporáneo, nos encontramos con un ambiente de adversidades, en el que la amistad parece, muchas veces, una ilusión fugaz.
La muerte de Antonio Aracena me ha llevado también a recordar estos versos sobre la amistad:
«Una amistad como la nuestra
fue un regalo especial.
Disfrutamos tantas cosas similares
y compartimos momentos maravillosos
y divertidos de nuestra juventud».
Alguien dijo que los amigos son ángeles que nos dan alas cuando las nuestras están cansadas de tanto volar. La muerte de Antonio Aracena es uno de esos momentos dolorosos que nos recuerdan el valor de la amistad y la importancia de las personas que dejan huellas profundas en nuestra vida.
Aunque su partida provoca tristeza y vacío, su recuerdo permanece vivo en cada gesto de cariño, en cada enseñanza y en todos los momentos compartidos. Antonio no se ha ido completamente; vive en la memoria de quienes lo conocieron, en sus palabras, en sus acciones y en el amor que sembró a su alrededor. Porque cuando alguien ha sido verdaderamente importante, la muerte no borra su presencia: la transforma en recuerdo, gratitud y eterno cariño.











Discussion about this post