Hay realidades que ocurren mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos, pero de las que apenas se habla. El abuso sexual es una de ellas. Se susurra, se oculta, se evita mencionar y, en demasiadas ocasiones, se guarda como un secreto que puede acompañar a una persona durante toda su vida.
Cuando hablamos de abuso sexual infantil, no hablamos solamente de una agresión física. Hablamos de una experiencia que puede alterar profundamente la percepción de seguridad, confianza y afecto de un niño o una niña que todavía está aprendiendo a comprender el mundo.
Una de las realidades más dolorosas es que el agresor no siempre es un desconocido. En muchos casos es alguien cercano: un familiar, un vecino, un amigo de la familia o una persona que forma parte del entorno cotidiano del menor. Alguien a quien se le ha otorgado confianza y que utiliza esa cercanía para vulnerar su integridad.
¿Por qué tantos niños no hablan?
Porque tienen miedo. Porque reciben amenazas. Porque no comprenden lo que está sucediendo. Porque el agresor puede manipularlos haciéndoles creer que son responsables de lo ocurrido o que algo malo sucederá si cuentan lo que pasó. Y porque, en ocasiones, no encuentran en su entorno un espacio donde sentirse seguros para hablar.
Algunas personas comienzan a cargar con esa experiencia desde los tres, cuatro o cinco años y pueden transcurrir décadas antes de que encuentren la fuerza o las condiciones necesarias para contarla.
El silencio no significa ausencia de dolor.
Tampoco significa consentimiento, olvido o aceptación. Muchas veces es la única manera que encontró aquella niña o aquel niño para sobrevivir emocionalmente a una experiencia que no tenía recursos para comprender ni enfrentar.
Por eso necesitamos aprender a escuchar. A no cuestionar, a no culpabilizar y, sobre todo, a no minimizar expresiones como: Eso ocurrió hace mucho tiempo, ¿Por qué no lo dijiste antes?o Quizás lo entendiste mal.
Quien ha vivido una experiencia de abuso necesita comprensión, protección y acompañamiento, no interrogatorios ni juicios.
También necesitamos entender que hablar de esta realidad no es destruir familias, crear escándalos ni señalar sin responsabilidad. Es reconocer que la integridad y la seguridad de nuestros niños deben estar por encima de cualquier vínculo, apellido o consideración familiar.
Y si eres una persona adulta que vivió una experiencia de abuso durante su infancia y nunca ha podido hablar de ello, quiero decirte algo: no tienes que sentir vergüenza por lo que ocurrió. No fuiste responsable de las acciones de quien vulneró tu confianza.
Buscar ayuda psicológica puede ser un primer paso para comprender lo vivido, reconocer sus consecuencias y comenzar a recuperar espacios de seguridad y bienestar.
El silencio pudo haber sido una forma de protegerte cuando eras pequeño. Pero no tienes que permanecer solo con esa historia para siempre.
Necesitamos dejar de proteger los secretos que lastiman y comenzar a proteger a quienes han sido lastimados.
Porque hablar del abuso sexual no debería ser un motivo de vergüenza para quien lo sufrió, sino una responsabilidad de toda una sociedad que tiene el deber de escuchar, prevenir y proteger.
Hay heridas que necesitan ser escuchadas para comenzar a sanar.
Carmen Guillermina de Jesús Bruno
Psicóloga Clínica M.A.











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