La historia de San Francisco de Macorís y de la región Nordeste no puede escribirse sin reservar un lugar especial a monseñor Jesús María de Jesús Moya. Su vida fue una expresión de entrega al sacerdocio, compromiso con la educación y sensibilidad ante los problemas sociales. Durante 28 años estuvo al frente de la Diócesis de San Francisco de Macorís, dejando una huella que trasciende el ámbito religioso y permanece en las instituciones, las comunidades y las generaciones que encontraron en él una referencia espiritual y humana.
Nació el 28 de noviembre de 1934 en Sabana Angosta, un paraje de Villa Tapia, en el seno de una familia profundamente católica. Sus padres, Gil de Jesús y Nicolasina Moya, procrearon dieciséis hijos, diez varones y seis hembras. Aunque su apellido paterno era De Jesús, fue conocido popularmente como el padre Moya.
Después de realizar sus primeros estudios en Villa Tapia, ingresó al Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino el 27 de septiembre de 1950, donde cursó Humanidades, Filosofía y Teología. Fue ordenado sacerdote el 18 de marzo de 1961, en la Catedral Santiago Apóstol, por monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, primer obispo de Santiago.
Desde los primeros años de su ministerio manifestó una especial vocación por la formación sacerdotal y la educación. Fue vicerrector y posteriormente rector del Seminario San Pío X, en Licey al Medio. También ejerció responsabilidades pastorales en Santiago y Puerto Plata, fue capellán del Politécnico Nuestra Señora de las Mercedes y de la Escuela Normal Superior Emilio Prud’Homme, y realizó estudios de posgrado en Madrid y Quito.
Su preparación y experiencia lo llevaron a participar en espacios de reflexión pastoral del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), donde también colaboró en el ámbito de la liturgia. En 1977 fue nombrado obispo auxiliar de Santiago de los Caballeros, recibiendo la ordenación episcopal el 21 de mayo de ese año.
El 20 de abril de 1984, el papa san Juan Pablo II lo designó segundo obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís. Tomó posesión el 5 de mayo, iniciando un episcopado de 28 años que concluyó el 31 de mayo de 2012, cuando el papa Benedicto XVI aceptó su renuncia por razones de edad.
Durante su gobierno pastoral acompañó el crecimiento y la consolidación de la Iglesia diocesana, fortaleciendo la vida parroquial, la formación de los agentes de pastoral, las vocaciones sacerdotales y la participación de los laicos. Su ministerio se caracterizó por la preocupación de que la Iglesia estuviera presente en las realidades concretas de las personas y comprometida con sus necesidades y esperanzas.
La educación como camino de transformación social
Uno de los aportes más significativos de monseñor Moya fue su contribución al desarrollo de la Universidad Católica Nordestana (UCNE). Su visión educativa le permitió comprender que la evangelización también debía expresarse en la formación integral de las personas y en la creación de oportunidades para la juventud.
Durante su vinculación con la universidad, de la que fue cuarto rector, impulsó decisivamente su consolidación institucional. Bajo su gestión se adquirieron los terrenos y se construyó el campus de Los Arroyos, una obra fundamental para el desarrollo de la educación superior en la región Nordeste.
La UCNE representó una oportunidad para que numerosos jóvenes pudieran acceder a estudios universitarios sin tener que trasladarse a otras ciudades. Su crecimiento contribuyó significativamente al desarrollo profesional, económico, cultural y social de San Francisco de Macorís y de toda la región. Monseñor Moya permaneció vinculado a la institución como Gran Canciller, convencido de que una universidad católica debía ser también un instrumento de servicio al bien común.
Un pastor preocupado por la justicia social
Su compromiso no se limitó al ámbito eclesial y educativo. Monseñor Moya defendió una concepción integral de la fe cristiana, convencido de que el anuncio del Evangelio debía traducirse en solidaridad, justicia social y promoción de la dignidad humana.
En una de sus reflexiones sobre el futuro del país identificó cinco prioridades fundamentales: educación, salud, producción, justicia social y claridad de ideas. Consideraba que el desarrollo nacional exigía preparar a las familias, formar buenos profesionales y crear condiciones que permitieran a las personas vivir dignamente.
Le preocupaban particularmente el crecimiento de la violencia, la delincuencia y el narcotráfico, males frente a los cuales reclamaba una justicia capaz de cumplir su responsabilidad. Su pensamiento expresaba la convicción de que la Iglesia no podía permanecer indiferente ante los problemas que afectan a la sociedad.
También desempeñó responsabilidades como vicario general castrense, ampliando su servicio a la Iglesia dominicana.
Un legado que permanece
Después de concluir su gobierno episcopal en 2012, continuó vinculado a la vida diocesana como obispo emérito. Mantuvo una relación cercana con sacerdotes, religiosos y comunidades parroquiales, siendo una referencia para las nuevas generaciones.
En septiembre de 2026 recibió el Premio Ciguayo, reconocimiento a su prolongada trayectoria pastoral y a sus aportes a la vida religiosa y social de San Francisco de Macorís.
El miércoles 4 de noviembre de 2026, la Diócesis comunicó su fallecimiento, provocando numerosas expresiones de pesar y reconocimiento.
Al valorar su vida, sería insuficiente recordar solamente los cargos que desempeñó o los años que permaneció al frente de la diócesis. Su verdadera trascendencia debe medirse por las personas que acompañó, las vocaciones que ayudó a formar, las instituciones que contribuyó a desarrollar y su compromiso con el bienestar de la sociedad.
Fue un sacerdote de profunda vocación pastoral, un obispo comprometido con su Iglesia, un educador convencido del poder transformador del conocimiento y un ciudadano preocupado por el destino de su pueblo.
Su historia comenzó en una pequeña comunidad de Villa Tapia, pero encontró en San Francisco de Macorís una tierra donde sembró buena parte de sus mejores esfuerzos. La diócesis tiene el desafío de mantener vivo el compromiso evangelizador que caracterizó su episcopado; la UCNE, de continuar desarrollando su vocación educativa; y la sociedad francomacorisana, de valorar la importancia de quienes ponen sus talentos al servicio del bien común.
Su episcopado terminó en 2012; su legado, sin embargo, continúa. Porque las vidas verdaderamente entregadas a Dios y al servicio de los demás permanecen en la historia, en las instituciones y en el corazón de los pueblos que tuvieron la dicha de recibir sus frutos.
Que el Señor, a quien sirvió durante más de seis décadas, le conceda participar de la gloria de la resurrección.
P. Angel Díaz Gil











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