Quien estudia, aprende; el que aprende, sabe; y el que sabe, vive bien.
Vivir bien es el supremo objetivo del hombre mientras exista en el planeta tierra. Para alcanzarlo desafía peligros, riesgos y es capaz de todos los heroísmos.
Además de vivir bien el ser humano percibe la necesidad de sentirse seguro y firme, sin temor a retrocesos. Es en esa búsqueda de vivir bien y con seguridad cuando aparecen las angustias y temores existenciales que atormentan al hombre. Sin dudas que para vivir bien, el hombre estudia carreras universitarias u oficios en talleres o en institutos tecnológicos.
Entonces al apropiarse o hacerse de una profesión o de un oficio, el hombre comienza a sentir la seguridad de que vivirá bien o con un mínimo de riesgos y temores, porque sabe que lo aprendido es un tesoro, un bien que nadie podrá robarle ni arrebatarle y puede trasladarlo a todos los climas y regiones del mundo sin pagar peajes, aduanas ni pasajes.
Una figura importante e insustituible aparece como guía-tutor a lo largo de los procesos de formación profesional o técnica. Ese duende tutelar se conoce desde mucho antes de que se empleara el método La letra con sangre entra, hasta los tiempos presentes cuando están en uso modernos sistemas psicopedagógicos de enseñanza.
Hablamos del maestro de la educación sistemática e institucionalizada, no de la educación ambiental y difusa en la cual el niño tiene un aprendizaje modelado repitiendo lo que hace el adulto.
En estos tiempos con más libertad de enseñanza -no toda la deseable por supuesto- al educador de hoy le corresponde, además de interiorizar y promover valores sociales tradicionales en los alumnos, procurar que los aprendizajes de sus estudiantes no sólo sean absorver conocimientos, sino adquirir entendimiento, inspirarlos e incitarlos al cambio.
Lo ideal es que la enseñanza se desarrolle creando curiosidad en los estudiantes, así el aprendizaje será un proceso para toda la vida, porque nunca se olvida lo que se aprende con placer.
Insistimos en que el maestro de hoy tiene que encender la imaginación al alumno, despertarle amor por el aprendizaje y generarle la esperanza de que es posible vivir en un mundo mejor.
El maestro de hoy tiene que convertirse en un agente activo en la construcción de ese mundo mejor motivando a los estudiantes a aprovechar el tiempo libre por horas libros, estimular a la juventud a hacer de la lectura el gimnasio del cerebro.
El maestro de hoy, por su influencia y cercanía con los estudiantes, tiene que encabezar una cruzada urgente y de duración indefinida, enfocada a pulir cerebros con el arma más eficaz de instrucción masiva, el libro.
Un maestro para estos tiempos tiene que contribuir a modelar el perfil de ciudadanos libres, con destrezas y dominio de las herramientas que les garanticen la mayor suma de felicidad.
Así y solo así, se podrá valorar la educación sistemática como un proceso productivo que agota recursos materiales, tiempo y esfuerzos humanos orientados a alcanzar un mejor estado social, visto desde la perspectiva de que el desarrollo privilegia al ser humano garantizándole bienestar con dignidad.
Tal como es y tiene que ser un verdadero promotor de cambios, planteamos aquí la propuesta que hemos reiterado de que el Día del Maestro se celebre en abril, mayo u otra fecha que no corresponda al período de vacaciones, no el 30 de junio ya que no deja espacio para valorar y ponderar de forma adecuada la trascendente labor del maestro.










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