Tal vez ustedes no van a creer lo que me sucedió hace varias semanas, pero es una auténtica verdad. Resulta que desde muy joven soy aficionado a la alquimia, y en el laboratorio, combinando muchas sustancias extrañas para lograr una que pudiera convertir las personas en animales, y después, cuando se quisiera, poder volver a ser el mismo individuo, conseguí un resultado exitoso, el Camaleonuro Sódico, si bien tenía el fallo de no saber en qué tipo de especie podría uno transformarse.
Así que, ni corto ni perezoso, alentado por el fantástico descubrimiento, me tomé una buena dosis del mejunje, dispuesto a correr ese riesgo, lo mismo podría volverme una enorme anaconda, que un delicado canario, o en buitre carroñero ¿Pero saben en qué me cambié?
Pues en un hermosísimo camaleón de los que habitan en la fascinante isla de Madagascar, lleno de vivísimos, variados y atractivos colores, y aunque el aspecto para los humanos es bastante feo y un tanto prehistórico, para los cánones de belleza de la comunidad camaleonil universal somos una especie de Brat Pitt en cuatro patas con una lengua muy larga y sensual, que vuelve locas a las hembras de nuestra especie, a las de las lagartas, lagartijas e iguanas.
Bien, como el experimento tuvo lugar en Santo Domingo, pensé en sacarle provecho a mi nueva situación, así que con mucha cautela para no ser visto por los peatones o atropellado por los carros, fui de patio en patio, de jardín en jardín y de parque en parque, hasta llegar al Palacio Nacional. Una vez allí, gracias a mi extraordinaria capacidad de mimetismo, en unos segundos ya tenía el color morado en todo mi cuerpo, al que agregué una pequeña mancha amarilla semejante a una estrella, en la frente.
No tuve ninguna dificultad para pasar por la puerta principal, y los guardias al verme caminar tan orondo se cuadraron y me hicieron el saludo militar, incluso uno de ellos llegó a comentar por lo bajito ‘’ese cameján del PLD se las sabe todas’’. Después anduve tan campante por los pasillos, entré en varios despachos y todos los funcionarios me saludaban con gran respeto y cariño ofreciéndome café, caramelos y hasta whisky de las más costosas y finas marcas.
Por fin llegué hasta la dependencia del Presidente, donde me recibió con los brazos abiertos y estaba muy contento de ver por primera vez un camaleón peledeista de verdad, en lugar de un peledeista camaleón, que como decía el eslogan aquel, no es lo mismo, ni es igual, lo cual, afirmó, era una señal inequívoca de que la ideología de su partido traspasaba los límites humanos.
Charlamos por un buen rato sobre temas diversos, y se sorprendió de que en lugar de gustarme comer cucarachas, saltamontes, orugas y mariposas como había visto en los reportajes de NatGeo, prefería cucharaditas de caviar b de la variedad Beluga, rodajitas auténtico salmón noruego, y bombones suizos, que me ofreció en abundancia, haciéndole mucha gracia la notable distancia y la rapidez con que mi larguísima lengua los atrapaba.
A continuación, le expliqué la promoción que le podría hacer si me ponía en algún puesto oficial y lo validó como una excelente idea. Así que salí del Palacio con el nombramiento de Embajador Camaleonil Peledeista y Plenipotenciario del Reino Animal, con yipeta de lujo, chofer uniformado, y buenos cheques en dólares provenientes de la Cancillería.
Después, viendo la potencialidad de ser camaleón en política, me dirigí con la piel ya de un color blanco tan fulgurante como la de las camisas de los comerciales de los detergentes OMO, a la sede del Partido Revolucionario Moderno, y utilizando la misma estrategia de disfraces, me consiguieron el puesto de Asesor Nacional de Camaleones Blancos Amigos de la Socialdemocracia, también con un sustancial borona, aunque algo menor que la primera, puesto que estaban desde hacía siglos en la oposición y no disponían de tantos recursos económicos.
Visto el éxito obtenido, sin pensarlo ni un momento y con el mismo color de piel de blanco, pero ahora con un el super blanco de Ajax, llegué hasta el Partido Revolucionario Dominicano y sucedió otro tanto, no tuve ningún problema en que me integraran como Enlace Interamericano de Camaleones Políticos Auténticos para las Relaciones Internacionales de Pacificación, con otro sueldecito que, aún siendo bastante modesto si lo comparamos con los anteriores, no viene nada mal cada treinta días.
Acto seguido , y decidido a seguir explotando las numerosas ventajas de ser un camaleón de verdad, llegué hasta la sede de Partido Revolucionario Social Cristiano cambiando mi vestimenta por un colorado intenso y destellante que causó gran furor entre los miembros de esa agrupación. Dado que llevaban años sin encaramarse al sabroso palo del poder y solo picando en sus proximidades, me ofrecieron un cargo menor en un municipio de una provincia declarada de interés ecológico, como Regidor de Regidores Camaleónicos Ecuménicos, con un pequeño salario, pero en compensación me llenarían amablemente todos los meses la despensa con salamis y pollos vivos.
Deseche visitar los restantes partidos, porque al ser minoritarios más que darme prebendas tendría, que darles yo ayudas a ellos, y los tiempos no están para esas generosidades. Y viendo las grandes utilidades que me reporta ser camaleón de verdad en el medio político dominicano, he decidido no volver a mi anterior condición de persona. Es verdad que los camaleones no duran tanto tiempo, pero entre vivir unos cuantos años de pura vida regalada o muchos de vida jodida, me he decantado por la primera opción. ¿Habré elegido bien? Ustedes qué opinan queridos lectores.
Sergio Forcadell










Discussion about this post