Jesús en persona nos ha enseñado cómo practicar esta Obra de Misericordia al ser paciente con las personas molestosas. Los episodios de su pasión y muerte nos presentan el punto más álgido de la paciencia. A su alrededor se dieron cita personas que se burlaron de él, le fastidiaron, lo escupieron, lo empujaron, lo abofetearon, lo ultrajaron y, sin embargo, mantuvo la calma (Mc 15,20).
La Biblia afirma que “más vale ser paciente que valiente” (Pr 16,32). En el Antiguo Testamento, el modelo de persona paciente se llama Job (Jb 1,21), mientras que en el Nuevo Testamento, es Jesús. El libro de Santiago los alaba a los dos: “Miren cómo proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Han oído la paciencia de Job en el sufrimiento y saben el final que el señor le dio; porque el Señor es compasivo y misericordioso” (5,11).
La paciencia divina no es pasividad, sino un respiro del amor de Dios por la humanidad. Por lo tanto, tener paciencia es brindar amor, porque “el amor es paciente” (1Cor 13,4) y “lo soporta todo” (1Cor 13,7). Dios tiene paciencia frente al hombre, porque espera su conversión, nos dice san Pedro (2Pe 3,9). Desde el punto de vista de la fe, la paciencia no es ausencia de ira, sino la posibilidad de manejarla, aprenderla, domarla; es el tiempo que pasa entre su manifestación y su explosión (Sal 78,38).
Para un cristiano, la paciencia, que es la perseverancia en medio de la tribulación y la prueba, es fruto del Espíritu Santo (Ga 5,22) y se obtiene en el ejercicio del don otorgado por la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Sin embargo, en esta Obra de Misericordia, el esfuerzo va un poco más allá de su ejercicio; se necesita tener paciencia con personas que molestan o fastidian. ¡Tremendo desafío!
Con ella se nos invita a tener tolerancia frente a las personas que se oponen a nosotros, frente a quienes vemos con defectos, con carencias o con faltas graves.
Soportar es visto como algo fastidioso, porque normalmente los defectos los encontramos en los demás. No obstante, en el descubrir una persona molestosa, también podemos hallar una revelación de nosotros mismos: pueden darse sentimientos de rabia, de egoísmos, de miedo e incluso de rechazo frente a la otra persona por cualquier motivo o circunstancia. De aquí que, esta Obra nos invite también a tener paciencia frente a nosotros mismos, a nuestras propias incongruencias, a nuestros propios defectos y a las cosas que hacemos contra nuestra propia voluntad, según el modelo de san Pablo: “No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rom 7,19). Por lo tanto, paciencia consigo mismo.
Soportar los defectos de los demás, contrario a pensar que sea sinónimo de debilidad y falta de personalidad, significa fortaleza e identidad de sí mismo frente a los otros; es la capacidad de no reaccionar violentamente en el momento de la prueba, es la espera del otro, la posibilidad de sostener, comprender y amar al otro en su mismidad, así como es, sin querer cambiarlo.
Esta Obra de Misericordia representa, además, un momento de suma importancia para la edificación de las relaciones interpersonales y eclesiales: “Sopórtense unos a otros y perdónense mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor les perdonó, perdónense también ustedes” (Col 3,13). Una persona violenta y volátil jamás tendrá amistades ni relaciones duraderas.
Soportar pacientemente los defectos de los demás, anima a verse reflejado en los otros, a tomar la iniciativa de hacer a los demás aquellas cosas que se quiere que los demás hagan con uno mismo (Mt 7,12). Soportar al otro, es motivar a que los demás también sobrelleven nuestros propios defectos. De aquí surgirá consecuentemente la correspondencia en el amor que conserva la unidad y la paz (Ef 4,1-2).
En fin, paciencia y misericordia van de la mano, porque a estas dos nobles virtudes las unen los dulces lazos del amor.











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