Por Ramon Antonio Jimenez Íntimo (RAJÍ)
Hablar, con justicia, de Carmen Pérez Valerio, no es solo referirse a una cultora modelo del ideario estético del Movimiento Interiorista, sino también a una intelectual recia, cuya sensibilidad y ejercicio de hondo pensamiento, la sitúa entre los que con mayor claridad han interpretado los postulados que funda esta mayoritaria y más activa fuerza literaria del país, concebida y presidida por el apóstol de las letras dominicanas, el Dr. Bruno Rosario Candelier. Carmen Pérez Valerio, prevalida de una agudeza singular, tiene la capacidad de sentir, estremecerse y ejercer una crítica y orientación literaria de certeza y sinceridad hecha, en la que hemos abrevado para hacer del hecho poético un amoroso mirar hacia lo luminoso, una estela de memoria de lo acontecido y lo que acontecerá. Sus aportes al Interiorismo hacen de ella una sacerdotisa quemando incienso en la casa de las esencias, la estancia donde todo y todos son el Todo, una única realidad trascendente que la llama con música y arcanos que su corazón conoce.
Como poeta, Pérez Valerio es singular por la temática que alienta su orbe poético y por el entramado discursivo que la distingue favorablemente en el concierto de las voces del Ateneo Insular. Llama a la atención como a esta poeta, dentro de la cotidianidad, para muchos hirientes, la ciudad se le revela como el espacio donde debe buscar su sentido de ser. Ella no fantasea ni teje imaginerías que la puedan perder entre laberintos hacia ninguna parte. Esta creadora de finísima sensibilidad e intuición aguda está habitada por la ciudad, abriéndole una ventana interior para que su conciencia dialogue con lo de afuera, y pueda ello asomarse y verse en lo que está dentro:
Tránsito el asfalto
descifrando la memoria.
Camino los extremos,
percibo esa otra forma que
atrapo y se diluye. Trazo
líneas sobre piedras,
invento números para fechar durezas,
luces encendidas,
eras,
hombres desnudos.
El fuego arde en neblina,
en amapola, y sobre mi cabeza el
tiempo, siempre el tiempo.
La ciudad, en Carmen Pérez Valerio, es también una mirada hacia adentro, hacia lo que pugna por revelarse. Y siendo el Movimiento Interiorista también una escuela, es natural que algunos creadores sean influidos por otros, que se perciban ecos que aproximen el lenguaje entre algunos cultores del ideario que formula el Interiorismo, sin embargo ese no es el caso de la poeta que celebramos. En ella canta una voz cuyo sello es la originalidad, en la búsqueda permanente de su identidad última. Como en toda su obra, es algo que se puede observar en el siguiente poema:
Una voz allá afuera me llama.
Abro la puerta camino repitiéndome
en las paredes y el asfalto.
De regreso mi sombra se alarga en su
fatiga,
sin embargo, aun escucho mi nombre
calle abajo.
Alguna vez he de encontrarme.
En la poética de esta creadora de la que tanto hemos aprendidos a ser nosotros, la clave es la mirada, ese modo de ser en vínculo con las cosas. Entonces, no es ella la que mira, la ciudad le mira, se mira a través de la mujer, y es mirada que se mira de blanco o en los laterales cristales de la lluvia que desanda descalza de tiempo, tocándose de antigua humedad. Y aunque a veces, tanta luz sin una mitad de sombra la ahonda en un pozo, expande su conciencia, y allí asiste a experiencias que la dejan desnuda de carne, vigorosa como un ala, y hace de esperanza un andamiaje para volver a la Fuente, al sosiego en la consciencia de estar con ella siendo todas las cosas:
La tarde me devuelve sus voces
mariposas amarillas que caen
una a una con la lluvia en furtiva
ternura.
Asciendo su vuelo hasta
el fondo del pozo ciega
de luz.
Su poesía cierra un círculo de ausencias hacia espacios etéreos, donde su herida abierta de ternura no duele, dejándola de niña en la otra ciudad, reservorio de memorias, calles que quieren regresar. De tanto andarlas, son las calles que caminan en los latidos de la memoria. En su poema En plenitud (el cual se lo dedica a Ramón Antonio Jiménez) nuestra poeta dice lo que solo de una vivencia trascendente es posible testimoniar:
Solo hay calles, pies
desnudos, horizontes que
agonizan, noche
naciendo
bajo el ala que pasa.
Me detengo en la brecha
vigilante de la penumbra a
escuchar el rumor de su vuelo y
mi corazón se posa en el
remanso del viento.
¿Qué aliento sigue la quietud?
¿Qué mano enciende destellos sobre el pavimento?
Trémula, acompaño su andar en plenitud.
Con esto, esta peculiar creadora logra, mediante una sintaxis diáfana, provocamos despertar en la ciudad que no vemos y en la que estamos entre espejos ciegos. En Pérez Valerio se articula una incisiva intuición que le permite acceder a vertientes de la realidad oculta a los profanos, al otro lado de lo denso, para contemplar el cisne que ve el nenúfar cuando se mira en el agua.
Para esta representativa exponente del ideario estético del Interiorismo, la poesía es su religión, su filosofía, su estilo de vida, todo lo percibe ella poéticamente, en todo se busca ella como parte del Todo. Sin tregua, se busca, y se encuentra con la otra que ya despacio conoce:
Despierto
y entra de golpe el día aferrándose a su existencia,
confundido en sus voces.
Me defino en su contorno,
en su ojo rodante,
reclamo de vida y fuente,
Y nuevamente despierto
corriendo hacia mí,
buscándome
en cada rincón de la casa,
escribiendo en páginas sueltas.
Digo Carmen Pérez Valerio, y tengo dificultad con el lenguaje para testimoniar mi gratitud por sus aportes, acrisolado diamante, del cual solo logro precisar sus contornos… A mí, tampoco tanta luz sin una mitad de sombra me permite verla en plenitud.











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