Todos hemos sido, unos más que otros, lesionados por un sistema educativo que en elevada escala no ha hecho más que tirarle zancadillas a la crítica, la reflexión y el análisis, componentes esenciales para construir un pensamiento de calidad desde la perspectiva científica. Percibo que a veces nos han educado al revés, otras veces cargada de mucha maraña y todas las formas o casi todas a conveniencia de una élite.
Esto se entiende porque ha sido marca de la educación formalizada de República Dominicana: escuelas, colegios, institutos, universidades … (aunque siempre habrá excepciones en la aceptación y cumplimiento de las reglas), enseñar a captar los fenómenos desde un solo ángulo, como si se tratara que los seres humanos tienen a disposición (absoluta e infinita) una opción para observar, estudiar y explicar la realidad y encontrar la verdad, que también será relativa, modificable y cambiable por el tiempo y el contexto.
El tipo de sociedad (sustancialmente de desarrollo capitalista rezagado y dependiente) que ha tenido República Dominicana, no educa para forjar sujetos cuestionadores y creadores, sino más bien simples receptores y consumidores de conocimientos técnicos y científicos que otros países tienen la capacidad de producir. El sistema educativo, en gran proporción, ha servido para embotar, no para amolar el pensamiento de nuestros jóvenes. Como expresara en una ocasión José Martí: “quien quiera pueblo, ha de habituar los hombres a crear”.
Ninguno de los procesos de reformas o cambios educativos emprendidos en este país (exceptos unos cuantos buenos enunciados), se conectó con una auténtica y bien intencionada filosofía educativa y un voluntariado de autoridades oficiales que asumiera con responsabilidad su rol gerencial. Pero es que el propio modelo de sociedad, cargado de muchas injusticias y desigualdades, lo ha impedido. Y como bien conoce el dominicano: donde manda Capitán, no manda soldado.
El ambiente educativo dominicano (a todos los niveles) en el que hemos nacido y desarrollado, nunca ha tenido como estandarte enseñar analizar a profundidad; enfocar los problemas desde diferentes perspectivas; inculcar desde la niñez el espíritu de cuestionar, interrogar constantemente la realidad circundante (todavía a muchos niños que preguntan demasiado, empezando por el hogar, se les ordena callar y no preguntar tanto. ¡Tremendo error!); a ver los problemas más de cerca y de modo más natural, pero sin el uso de anteojos; a olfatear mejor las ofertas de ideas y propuestas que regularmente nos llegan, pero sin la presencia de mascarillas que no hacen más que justificar por adelantado la ignorancia bien alimentada; no ha permitido a nuestros jóvenes estudiantes pensar con cabeza propia y no prestada, pensar (como dijera Marc Bloch) de manera menos barata.
2 Por consiguiente, esa cultura educativa permea todos los espacios sociales. De ahí que, la ausencia en alto porcentaje de la crítica, la reflexión y el análisis en el pensamiento colectivo de los sectores más empobrecidos de la sociedad dominicana (incluso hasta en algunos segmentos de la clase media), conduce a la mayoría de sus miembros a buscar una explicación mítica de cada fenómeno que les impacta. Un ejemplo (entre muchos) tiene que ver con el origen de la pobreza. No pocos aún siguen sosteniendo (o mejor dicho creyendo) que este fenómeno social proviene del cielo. Desde esta óptica ya la persona que vive en un escenario de pobreza, se echa en brazos del conformismo: ¡soy pobre porque así lo quiso Dios! O desde otro ángulo, tiene la esperanza que un día el señor le permita el dulce encuentro de un sueño con la lotería (ahora el loto, desde algo más de 20 años).
Aquí se necesita de una educación que provoque cambios trascendentales en la atmósfera mental de nuestros estudiantes; una educación que tipifique con claridad los verdaderos valores que nos pueden conducir a crear una sociedad con cultura de paz y justicia social; una educación que inspire a la constante búsqueda del porqué de las cosas, herramienta intelectual indispensable para el hallazgo del conocimiento objetivo y científico; una educación donde la cultura de la investigación empiece a construirse desde el nivel inicial; una educación que desde abajo estimule el desarrollo de la imaginación y la creatividad; una educación que enseñe a conocer el anverso como el reverso de los fenómenos que nos rodean y condicionan nuestra forma de pensar.
¿Quién ha dicho que el robar no es un valor? Es un valor como lo es la mentira, la deshonestidad, la irresponsabilidad, la maldad… y tiene tanto tinte valorativo como la humildad, la sinceridad, la lealtad, la puntualidad y todos los demás. (Pero de este tema trataremos en la próxima entrega. ¡No se lo pierda!).











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