Una de las ideas marxista sustenta que «no es la conciencia del ser humano lo que determina su existencia, sino a la inversa, es su existencia social lo que determina su conciencia».
La ética juega en la política un papel indispensable, siendo ambas de carácter práctico, capaces de trascender más allá de lo local.
La misión de la ética como normativa es guiar al político a ser el garante por antonomasia de la democracia, las leyes, la igualdad, la libertad, los derechos y los deberes de los ciudadanos; mediante políticas públicas que den legitimidad a esos derechos.
Por eso: “El Estado debe fundarse en la ética, y como árbitro de lo justo en las clases sociales” es lo que sostiene Platón. El político, deberá crear una conciencia de las problemáticas que adolecen los sectores más vulnerables, asumiendo un compromiso que contribuya a reducir la brecha que existe entre ricos y pobres como único defensor en el bienestar y el desarrollo de las clases sociales.
Y cuando de poder ser trata, la ética siempre estará vigilante, observando hasta qué tanto el político es capaz de hacer por los demás.
De su libertad y su privacidad estará cohibído, ya que en su accionar estará siendo observado y supervisado por todos los actores que integran la sociedad, ante cualquier conducta inapropiada.
La ética quiere crear en el político una conciencia capaz de ser su autotribunal, donde responda ante lo que está bien o mal durante el ejercicio en la administración pública. José Luis L. Aranguren, nos sugiere “dotar al político de una conciencia que pueda interiorizar» . El filósofo español agrega que sea “Una conciencia precedida de una moral de honor que quede como patrimonio del alma, cuya pauta emane de la sociedad”.
Todo esto lo caracteriza como virtuoso, competitivo y dotado de valores, asumida voluntariamente como una visión filosófica que inducirá al político a ser un mejor ciudadano y una mejor persona.
En este campo, la ética nunca dará nada por terminado porque “la finalidad de la política es la prosperidad de los hombres para que estos puedan alcanzar la felicidad” sostiene Aristóteles. Por tanto, será un trabajo continuo que dignifique y mejore las condiciones de la gente, y así puedan retornar el sentido a la vida cuando se les ha privado de sus derechos.
La ética y la política mantendrán una relación bajo conflicto permanente que les impedirá su reconciliación. Esto debido, a que la condición humana siempre pondrá sus ambiciones personales por encima de los intereses de la sociedad.
Un cambio empieza cuando rompemos con las viejas prácticas de la política, cuando le hacemos entender a los compañeros del partido que el Estado es de todos y que debe empezar a servir como tal.
A los ciudadanos consientes no nos basta un eslogan de campaña, o un presidente como el quijote y su Sancho Panza idealizando buenas intenciones; estos ciudadanos anhelamos una ética que funcione desde el aparato estatal.
La ética conjugará dos modos de ver la política dominicana. Por un lado están los idealistas, los que creen que la política del país puede cambiar con un PRM “MODERNO” que dice ser el cambio. Y por el otro lado se encuentran los realistas, los que logran ver que solo es un cambio de nombre, siendo en esencia el viejo PRD.











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