La comunicación a través de la lengua ha sido la pieza fundamental en el desarrollo de los pueblos. Gracias a ella, los seres humanos han logrado la complicidad requerida para hacer de su entorno un espacio que responda de forma cada vez más eficaz a sus necesidades. Es por esta razón que ha sido desde siempre uno de los tópicos más debatidos sobre todo en los escenarios educativos. Con todo, la infuncionalidad de los enfoques que han primado en su abordaje, caracterizados por la priorización de los aspectos metalingüísticos en detrimento de los sociolingüísticos, pragmáticos, discursivos, semióticos y neurolingüísticos, continúa constituyendo un riesgo ineludible para la formación de sujetos con las competencias comunicativas requeridas y su adecuada inserción como entes sociales.
La competencia comunicativa, sin duda, está estrechamente vinculada al éxito personal y profesional de los sujetos. En la actual era del conocimiento, en donde son cada vez mayores los avances de la ciencia y los medios para difundir dichos avances, las destrezas comunicativas son exigencias en crecimiento constante. En ese sentido, el triunfo del hombre en diferentes ámbitos de su vida está subordinado a su perfil como comunicador. Este perfil incluye habilidades diversas como la capacidad para escuchar, la capacidad para leer, capacidad para comprender y la capacidad para sintonizar con el enunciatario.
En el enfoque moderno de la comunicación, la sintonía enunciador-enunciatario es una pieza fundamental. Supone abandonar la concepción de la comunicación como un simple proceso de trasmisión y recepción de ideas para atender a una multiplicidad de factores que contribuyen a la comprensión y creación de empatía entre ambos sujetos del discurso. La ausencia de este elemento es una barrera insoslayable para una comunicación efectiva, ya que determina el grado de aceptación y rechazo de los enunciados. En ese sentido, la atención al contexto en el que se produce la actividad comunicativa resulta necesaria, pues éste condiciona las percepciones y, por tanto, el sentido de lo que escuchamos y vemos. En relación con lo dicho, Van Dijk (1980) explica que “los modelos del contexto controlan la producción y la recepción del discurso, de tal manera que la estructura del discurso (o su interpretación) sea apropiada a la situación interpersonal y social”. Así mismo, García (2014) sostiene que muchas veces personas con un dominio adecuado de la lengua no logran conectar con sus interlocutores debido a que pasan por alto el contexto discursivo.
Por su parte, el estado de ánimo del interlocutor proporciona valiosas pistas para moldear el discurso de forma oportuna. Un comunicador competente es consciente de las circunstancias en las que su interlocutor está más reacio ante ciertos gestos, tonos o actitudes y de aquellas en las que estará más receptivos. Por tal razón, la destreza comunicativa implica controlar el uso de estos elementos extralingüísticos y paralingüísticos a fin de lograr la afinidad con el interlocutor.
En ese mismo orden, un aspecto también muy importante para lograr que el proceso comunicativo se lleve a cabo de forma adecuada es tomar en cuenta los intereses de nuestro interlocutor. El conocimiento de los intereses y expectativas del enunciatario juega un papel relevante en la elaboración prudente de los enunciados. Es una medida de prevención contra las posibles laceraciones que podamos provocar en sus sentimientos al abordar temas inoportunos o de forma inoportuna. La búsqueda de esa armonía entre lo que comunicamos con las expectativas de aquellos a quienes nos dirigimos implica, además, la disposición de escucharlos. En ese sentido, Fonseca y Correa (2016) afirman que “saber escuchar activamente es responsabilidad indispensable para lograr la identificación con otras personas; además nos hace ser comprendidos y respetados”.
Por otro lado, el nivel sociocultural del enunciatario es un factor del cual es imposible prescindir a la hora de interactuar con los demás. Silva-Corvalán (2001) expresa que “la comunicación lingüística se entrelaza con lo social de formas diversas”. En ese orden, es sabido que la conducta lingüística tiene carácter convencional y que los diferentes grupos culturales y sociales poseen unas conductas particularidades (entre ellas las lingüísticas) a las que consideran correctas. Como resultado de esta diversidad, algunas actitudes pueden ser aceptables o inaceptables dependiendo del nivel sociocultural. Por tal razón, el comunicador debe asegurarse de que las palabras, los tonos y los gestos que emplee sean adecuados a dichos niveles.
Como podemos advertir, la comunicación es un proceso complejo. Su ejecución, además del de la actividad cognitiva que subyace en la elaboración lógica del tejido discursivo, implica tomar en cuenta una multiplicidad de factores que determinan el logro del efecto perlocucionario que se persigue con el acto ilocutivo. En ese sentido, dado que la comunicación es crucial para garantizar las relaciones sociales, los esfuerzos educativos deben orientarse a un abordaje de dicho proceso mediante un enfoque en donde se enfaticen las competencias pragmáticas, discursivas y sociolingüísticas de los pupilos, junto a las competencias tecnológicas que demanda la sociedad actual.
Para hacer posible los referidos cambios, es necesario que nuestros docentes cuenten con los medios de actualización requeridos para contemplar el proceso de comunicación desde una óptica distinta a la que ha primado tradicionalmente. De esta manera, los mismos contarán con herramientas que posibiliten convertir los escenarios educativos en espacios idóneos para la realización de actividades comunicativas reales. Así, los estudiantes tendrán la oportunidad de concienciarse sobre la multiplicidad de factores sociales, culturales y contextuales que intervienen en la transacción de enunciados y que complementan su sentido. Todo esto contribuirá a que los mismos se perfilen como comunicadores competentes y puedan insertarse de manera adecuada en diferentes ámbitos de la sociedad.











Discussion about this post