Nació saludable. Creció como un niño ejemplar, caracterizado por su prudencia y seriedad. Aprendió muchas cosas, entre ellas el ahorro.
«Debemos pensar en el mañana», decía a sus amiguitos de la primaria cuando solo tenía ocho años.
Cumplidos los diecisiete, ya concluyendo la secundaria enseñaba a sus amigos la importancia de pensar en el mañana.
Ahorraba la mitad de todo lo que conseguía porque estaba convencido de que había que pensar en el mañana.
Terminó su carrera universitaria a los veinticuatro; era muy aplicado, siendo el mejor calificado de su promoción habló en nombre de los graduandos, recordando a todos que debían pensar en el mañana.
A los treita y cinco, con una vida de disciplinada austeridad, buen sueldo y lucrativos negocios ya era millonario.
En las tantas conferencias que ofrecía, animaba siempre a pensar en el mañana.
Se casó y tuvo tres hijos, a los que disciplinó bajo el lema de siempre pensar en el mañana. Cumplido los cincuenta con tono grave y reflexivo llamaba a pensar en el mañana; se decía constantemente a simismo, debo pensar en el mañana.
A los setenta con aire de seguridad decía: «Hay que pensar en el mañana».
En la celebración de sus ochenta ante todos sus familiares, hijos y amigos con voz menos firme aseguraba que lo más importante en el ser humano era pensar en el mañana.
Nueve años mas tarde, de mañanita y ya moribundo, reunió a sus hijos alrededor de su lecho y les dijo: Hijos míos, perdonen a su padre que acaba de descubrir que se equivocó.
«Si mis hijos, me equivoqué; anoche fue cuando descubrí, que no será nada mi muerte que ya está cerca, pues siempre excepto ahora estuve muerto…»
«Así es mis amores… pensando en el mañana, no tuve tiempo para vivir».











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