La renovación del pensamiento, como motor de cambio en la forma de organizar y gobernar el Estado. Es lo que dice el filósofo español, Miguel de Unamuno en su artículo del 1886 “Evolución y Revolución”, y donde hasta la fecha, el mismo tiene vigencia en cultura como la nuestra en plano siglo XXI.
Aparece el concepto de evolución interna que, según dice, conducen irremisiblemente y por naturaleza, a la revolución: “Restringida la cuestión al terreno del desarrollo social, es un hecho histórico que la evolución basta para producir distintos grados de perfección en una constitución social dada, pero es necesaria la revolución para pasar de un estado social a otro más perfecto”.
Partiendo de la postura darwinista, de la “ley evolutiva a la transformación de las especies orgánicas”, sigue el ejemplo de Spencer, donde aplica la teoría biológica de la evolución al “desarrollo psicológico del hombre, y el moral y el social del género humano”. Tanto las sociedades, como las especies biológicas, se desarrollan en función de las dificultades y la lucha por superarlas. Es, precisamente esa lucha la que va modificando los sistemas políticos en orden al progreso social y/o Estado de bienestar.
La teoría evolucionista en donde considera que la evolución de las especies se produce gradualmente en virtud de pequeñas diferencias que, de modo lento y sucesivo, afectan a la genética interna de las especies, imprimiendo pequeños cambios imperceptibles a corto plazo que acaban produciendo nuevas especies. Y la de los que podríamos llamar saltacionistas, como Hartmann, para los que la evolución se da mediante pasos bruscos y heterogéneos que, tras distintas variaciones más o menos inapreciables, producen un salto drástico, dando lugar a una nueva especie.
El continuo cambio social es consecuencia de la propia evolución interna de la vida social. El hombre comprende que ha de agruparse y vivir en sociedad, que es un ser social por naturaleza, pero está en la propia naturaleza social las transformaciones de toda la sociedad. La evolución interna busca la adaptación a las circunstancias, resistiéndose a los grandes cambios hasta que se producen ciertas circunstancias determinantes capaces de producir un nuevo organismo tanto biológico como político, Unamuno diría: “las revoluciones no las hacen un hombre, ni dos, ni tres, las hacen los pueblos”. La marcha interna de una sociedad es lenta, es la evolución, la provocada desde el exterior es la revolución.
Como afirma Pascual “La contraposición entre la interioridad silenciosa de la evolución interna frente a la drástica exterioridad fenoménica de la revolución, se adelanta a la división dialéctica teórico-intuitiva entre historia e intrahistoria”. Ahora bien, en este primer momento biográfico, en lugar de dialéctica, sólo habla de complementariedad. En principio, parece partir de la contraposición evolución/ reacción, siguiendo la ley de las acciones y reacciones en que se inspira la obra de Pi y Margall “La reacción y la revolución” como fuente necesario y culminante del progreso social o Estado de Bienestar.
El tradicionalismo inmovilista, al no cambiar el sistema político en su forma de gobernar, provoca que los individuos, cansados de soportar la dejadez de un Estado incompetente, se organicen o como llamaría el PNUD “empodere” poco a poco, para pasar a un estado que satisfaga las demandas de los pueblos, paso que muchas veces es violento.
Unamuno, en “Evolución y revolución” se complementan entre sí, nos deja claro que para que haya una revolución debe haber necesariamente la acumulación secuencial de circunstancias que detonan el carácter social de hombres preocupados por el futuro de su país: “Los cambios que produce la evolución interna del pueblo oscuro y silencioso resultan inapreciables, y, sin embargo, es precisamente sobre esta labor secular del pueblo donde se cimienta y construye de modo continuo y anónimo la basamenta intrahistórica y toda la vida social. Los grandes cambios exteriores que dibujan los sucesos históricos —fenoménicos— no tendrían efecto sin una realidad permanente que le sirve de sustrato y sustento.”
Al final los gobiernos vienen y van, el progreso social “es un tejer y destejer, es un adelantar y retrasar” que nos lleva a la sempiternidad. Y donde siempre la sociedad girara en el mismo círculo entre evolución y revolución; y como sujeto social que necesita de un proceso de transformación gradual. La historia, según esto, nunca queda hecha ni puede acabarse definitivamente, se hace y rehace de continuo.
La búsqueda del “estado de bienestar” al que aspiramos todos y muchos de los sistemas políticos, se basan en la igualdad social. Pero las formas de gobernar que se han desarrollado a través de las décadas han contribuido más bien a la desigualdadde los individuos, desigualdad que provoca el reagrupamiento y/o empoderamiento que se rebelan, para exigir a los que gobiernan mejoras y derechos sociales.
Los gobernantes, funcionarios y políticos tienen la responsabilidad de realizar una buena gestión durante el periodo en que estos se eligen para el futuro de una nación, si la sociedad no está conforme con la gestión, lo prudente es el cambio violento, el filosofo español nos dice: “Cuidarse y no culpar al tiempo. La transición de una estación á otra es brusca”.
Por tanto, los cambios sociales son inevitables, los encargados de mantener el orden son los que provocan la inestabilidad social, provocando la conformación de los grupos que se rebelan contra un mal gobierno. En ese conflicto y lucha de intereses que son, al final, los que provocan el desarrollo mediante la evolución y revolución de los pueblos.
Fuentes:
Articulo de Unamuno 1-2:“Evolución y revolución I,II, III y IV”, marzo. 1886 CMU.
La urgencia de la defensa ha llevado a ignorar los problemas reales del EB y a descuidar el análisis de los valores comprometidos en el EB. Exactamente en ese terreno, entran las razones de la crisis y los valores en juego, que sitúa el concepto de ciudadano. Véase pág. 93. Ovejero Lucas. Félix.: “Tres ciudadanos y el Bienestar “, Barcelona. 1997. Pág. 93-116.
PASCUAL, E: “El principio de continuidad histórica en Unamuno”,nº 43. (2007), pp. 53-87 2007.










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