Comencé a escribir este artículo unas horas después de haberme enterado de su fallecimiento. German García, conocido por todos como Germansito, era lo que yo llamo un “abogadazo”. Abrevado en el conocimiento de los grandes maestros del derecho dominicano, que convirtieron la carrera en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, antiguamente Universidad de Santo Domingo, en un verdadero claustro de intelectuales. Andrés Aybar, Hugo Tolentino, Rafael Kasse Acta, Bienvenido Mejía y Mejía, Castaños Espaillat, Andrés y Antonio Avelino, por solo mencionar algunos lo más granado de la intelectualidad jurídica del país.
Mientras estudiaba derecho en la universidad, se desempeñaba como mecanógrafo auxiliar en la Procuraduría General de la República, me contaba que había que acudir al trabajo vestido de saco, una regia camisa blanca y corbata negra, no importa el rango que se tuviera; de esa época recuerdo una anécdota que me hacía. Germansito recorría a pie parte de la calle Teniente Amado García Guerrero para llegar a su trabajo y una mañana mientras hacía su acostumbrado recorrido escuchó un alboroto y se detuvo a ver cuando, de uno de esos callejones, un señor moreno, alto, musculoso golpeaba con los puños a una joven de estatura menuda que solo se sostenía de pie por lo estrecho del callejón.
Como buen francomacorisano aquello lo indignó y se despojó del saco que dejó caer al piso mientras le voceaba al tipo:
–¡Ven dame a mi! Ven!, abusador.-desde el suelo la pobre mujer que ya había salido del callejón, apenas levantó la cabeza con un ojo morado y sangrando por la boca y encaró a héroe de ocasión:
–Y uté, entremetío, ese hombre e´mi marío y me puede dar cuando quiera!
No le quedó más remedio que recoger su saco y marcharse raudo del lugar, con el rabo entre las piernas. A partir de ahí—me decía—“aprendí a no meterme en pleito ajeno, a menos que me paguen como abogado”.
Germansito no era un teórico, ni le gustaba pasearse por la filosofía, ni hacer grandes escaramuzas verbales para llegar a la conclusión que deseaba eso, decía, se lo dejo a Vincho, pero indudablemente que era un pragmático del derecho y la litigación. Tenía una estrategia que era infalible, en la medida en que el proceso desarrollaba iba preparando su estrategia sesgando lo abundante o lo que sobraba, así llegaba al final de su acción con un golpe de gracia mortal. Era como si después de la defensa necesaria en cada movimiento, terminará con un golpe final de su “Hatori Hanson” tan afilada que podía abrir una hebra de cabello por la mitad.
Uno de mis primeros enfrentamientos con este mago del derecho, ocurrió en un caso sobre la ley 2402 antigua ley de manutención de menores. Hasta mi oficina llegó una dama buscando mis servicios a fin de “llamar a sueldo” a su exmarido por una menor procreada entre ambos, el abogado de la defensa era German García. En la audiencia me constituí como una “parte civil”, me resultó raro en el juicio que la defensa no argumentó mucho y concluyó mientras yo me explaye e hice lo propio, pero deje un flanco sin cubrir, olvide que la antigua ley 1014 sobre procesos correccionales mandaba que cuando la parte civil concluía se le cerraba la posibilidad de réplica. Esa era la oportunidad que esperaba el abogado, me cerró el paso y me dio el golpe de gracia, acabó conmigo irremediablemente. Al finalizar el juicio se me acercó con una media sonrisa, socarrona, me toco el hombro y me dijo: “El diablo sabe por viejo”. A partir de ese momento me cuide como parte civil de dar conclusiones finales.
Germansito fue abogado de mi papá por muchos años—También lo fueron Fausto E. Rosario Castillo (Jobito), del cual escribiré algún día, a Ysócrates Andrés Peña—cuando me recibí de abogado me llamó a su oficina y me entregó los expedientes que le había trabajado a mi papá y me dijo: “Ya Ramoncito no me necesita, él tiene su propio abogado”, a partir de ese momento me convertí en el abogado de mi padre hasta la fecha.
Este German García era un tipazo, así como manejaba el derecho y la notaría con total destreza, era tremendo tercio, participante de las tertulias vespertinas en el parque Duarte, junto a Jobito, Ezequiel, Luisito Espinal, Manolito Mora, César Pimentel, entre otros apuradores de la quinta esencia de la melaza; era un hombre metódico, en horas de la tarde era común encontrarlo en un mismo lugar tomándose un trago en horas establecidas. Donde Calderón, luego dónde Chino o el Toronado, callado, pensativo, solo o con un compañero, pero nunca fue partícipe de escándalos o barahúnda que le convirtieran en cliente desafecto del lugar, era todo un caballero.
Hoy a pocas horas de su fallecimiento, me coloco bajo la evocación de su vida y su paso terrenal, sobre todo, el enorme desempeño de su oficio de abogado, agradezco a la vida haberlo conocido y tener ese acercamiento en su momento con él, que me permiten relatar su impronta. Vaya en paz amigo querido, algún día de estos nos encontraremos no sé en qué lugar, ojalá fuera en un estrado aunque sienta la amenaza de otra paliza jurídica.











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