Francomacorisano de nacimiento, producto de una hermosa, numerosa y bella familia, como muchos conciudadanos. Acepté hace ya varios meses una oferta laboral en el exterior. En busca de poder brindar mejores oportunidades para ya mi descendencia establecida, me trasladé, diferentes a muchos que van hacia Estados Unidos o Europa, vine hacia nuestro vecino país.
Varios esquemas psicológicos a vencer, más allá del propio aventurero que llevo por dentro, la preocupación de un gran número de allegados ante las garantías de mi propia seguridad.
Una vez llegado, como extranjero al fin, la misión desde el día 1 ha sido la de entender cómo funciona la cuidad y a su vez el país. Encontré una subdivisión por departamentos de la capital, dependiendo a quien le preguntes, lo sitúan entre 7 y 12. De todos ellos, los correspondientes a la parte sur, son los que presentan mayores conflictos, entre 4 a 5 de estos. Dependiendo la zona está el nivel de riesgo, desde un simple hurto, pasando por asaltos hasta llegar a secuestros. Por el contrario, en las áreas donde se denominan bajo riesgo, hacia la zona de montaña, existe una gran actividad económica y pareciera de repente que te encuentras hasta en otro país.
Las zonas en tradicionales conflictos, está en medio del acceso a puntos estratégicos como lo son, cruce hacia los puertos o carreteras que te llevan al interior que comunica con las otras ciudades.
Vine pues la localidad, tanto laboral como de residencia y en medio, está en categoría de baja dificultad. Hasta la fecha, se ha mantenido así, no ha habido situaciones en las que pudiera a lo personal decir que uno se haya podido sentir que corre algún tipo de peligro.
Con el pasar de los días, he aprendido, constatado, comprobado… esta nación, que está inmersa en una profunda crisis desde hace tantos años que vida tengo, se compone de ciudadanos que, pese a sus precariedades, manifiesta un alto grado de interés por el trabajo honesto, por la subsistencia y por salir adelante en la medida de lo posible. Como en todos lados, hay grupos que toman atajos, aun siendo minoría, atemorizan a la mayoría; aterran. Los medios se enfocan en esa minoría, lo que sale al exterior empaña lo laborioso de su gente y en su mayoría resaltan solo lo que dicha minoría hace. Con esto quiero decir que mucho de lo que se ve, es cierto; en otras ocasiones informaciones con un grado de extravagancia para magnificar el sensacionalismo. Con esto no se pretende menospreciar el hecho de que hay todo tipo de violencia y de hecho en mayor proporción a la que se pudiera comparar con otras localidades, solo que en zonas específicas y la población que desea un mejor porvenir en cantidad, supera los vándalos que atormentan.
A raíz de los hechos acontecidos, que en principio no debió ser bajo ninguna de las circunstancias. Existe una sobre carga de información, una mezcla entre eventos del pasado, especulación, amarillismo y realidad. Juntos, no hacen más que provocar teorías conspirativas que por tener cierto grado de veracidad cobran fuerzas. El hecho es que ha sido, sin entrar en materia política, un gobierno con una alta tasa de rechazo, que muchos entienden ya no debió estar por haber culminado su período y que todos sus poderes le han tronchado el camino, no hay poder judicial ni parlamentario. Esto ha dejado a su suerte para que los actos de violencia se incrementen pues nadie los contrarresta. Tan solo un día después del desastroso magnicidio, ya el pueblo está volviendo a salir a las calles, en las esquinas se pueden observar a motoconchistas, fritureros, personas desplazándose, dando a entender que la calma existente no es tensa, es mas bien un respiro de confianza en que las cosas deberán cambiar, no se sabe si a mejor o peor, pero sí que serán diferentes.
Desde adentro (Haití), de este lado de la frontera, podemos asegurar, que el único peligro que corre nuestra nación, República Dominicana, es que sus dirigentes dejen de escuchar a su pueblo, que se les prive de los derechos fundamentales y básicos, que se permita llegar al agotamiento y provoque que sus ciudadanos se levanten en voz alta para ser escuchados. Nuestro peor enemigo, somos nosotros mismos. La gran amenaza viene desde el interior. Debemos dejar de buscar en ojo ajeno, la paja que nos nubla. Tenemos el deber de ir mejorando en cada momento de nuestra existencia. Esto no significa dejar de estar alerta. Más bien tener en cuenta trabajar nuestras prioridades internas más allá que desgastarnos en señalamientos y conspiratoria que nos desvíen de lo que debe ser nuestro norte. Nuestro país posee muchas zonas suburbanas, donde la ley del caos impera, que se ha convertido en tierra de nadie, los “teteo” son incontrolables. Quienes están llamados a mantener el orden, conspiran o no disponen la fuerza para contrarrestarlos.
Empecemos por cambiar las cosas que están en nuestro control que a su vez, irá encausando hacia un mayor porvenir colectivo, siempre manteniendo el optimismo y mirando hacia la meta pero disfrutando del camino.











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